Feminismo

Natalia y la danza – Parte I

Parte I: Sobre las mentiras que aprende la cuerpa. Natalia y su caparazón

Por Litzy Mariana

A Natalia le dijeron que no servía para bailar. Recuerda que de pequeñita, cuando tenía 6 años, escuchaba canciones en la radio de la casa de su abuela y bailaba.  En esos momentos sentía cómo un tambor retumbaba dentro de ella, rítmica, ¿es su corazón?, ¿su útera?, ¡quién sabe!, pero la hacía querer moverse de muchas maneras: rebotaba flexionando las rodillas, movía la cadera, derecha-izquierda, impulsaba el torso hacia atrás y hacia adelante, giraba hasta marearse, se sentía bien.

Un día eso cambió, un día un compañerito del kinder la miró, la interrumpió, llamó a otros niños y todos le dijeron que bailaba mal. Otros niños y adultos se burlaron de ella, ellos cuchicheaban, decían que se veía ridícula zangoloteándose así. Natalia se dio cuenta, les creyó y dejó de moverse. Lloró por la humillación, lloró tanto que sus ojitos se le hincharon, se cansó de llorar, ya no le salían lágrimas, pero el dolor siguió ahí.

Desde ese día, la vergüenza se le transformó en un agujerito dentro del pecho, un vacío que se sentía como una herida, un saquito que hizo que encorvara levemente la espalda, como si así pudiera cubrirlo, como si las clavículas, las costillas, la columna y toda su estructura ósea quisieran acercarse a él para esconderlo, hacerle un caparazón al corazón.

Natalia fue creciendo, ya era una adolescente. El mundo nunca dejó de recordarle que jamás podría bailar, había mensajes donde hacían ver a las mujeres ridículas haciendo cualquier cosa, mensajes que encontraba hasta en la sopa. Entonces, ya ni siquiera intentaba bailar, “¿para qué lo hago si me veo toda torpe?, me sale mal, no sé cómo hacerlo, no es lo mío”, se decía a sí misma. Y cada vez que se decía a sí misma esas palabras y cada vez que veía que el mundo le decía a otras mujeres esas palabras, su saquito en el pecho crecía y, desde el miedo, el caparazón se volvía cada vez más duro, se engrosaba.

Pero los mensajes cotidianos no eran suficientes para censurar por completo sus propios deseos de danzar. A veces, en los trayectos de regreso a casa, Natalia se cachaba dando palmaditas en sus piernas al ritmo de la electrocumbia que sonaba en el microbús. A veces, en los quince años de sus primas, se sentía tentada por la invitación de sus tías que se paraban a bailar la batucada en bolita, ella se negaba por vergüenza, pero su pie derecho golpeaba el suelo al ritmo del merengue. A veces, cuando tenía un rato a solas, escuchaba sus canciones favoritas, se aseguraba de que nadie la viera y bailaba poquito, como cuando era niña.

Sin embargo, en esa temprana adolescencia, a la posibilidad de bailar se le fueron sumando obstáculos. A modo de trámite gubernamental, descubrió que a las mujeres sí se les permite danzar si, y sólo si, cumplían con ciertos requerimientos:

México D.F. a 22 de agosto del 2013

A quien corresponda,

Se le informa que cada solicitud de mujeres que deseen bailar será revisada por un panel de machos expertos, expertos en ser machos, no en danza. A continuación, el listado de los lineamientos necesarios para las candidatas:

  • Bailar con hombres
  • Bailar para los hombres
  • Traer una carta de buena conducta 

Asimismo, se requiere que toda aspirante luzca linda, femenina y sexualmente disponible. Está obligada a cumplir los requisitos de cada género dancístico sin descuidar los tres puntos señalados anteriormente. Favor de renovar la carta de buena conducta mensualmente, la cual deberá contener el visto bueno de su tutor legal (o de algún otro varón acreditado por éste a través de una carta poder).

Con tanto recordatorio de fracaso asegurado, con tanto requisito humillante, Natalia andaba incómoda, lastimada, decepcionada y con miedo. Así iba ella, con una leve, casi imperceptible curvatura en la espalda que no se iba y sólo se acentuaba, la curvatura que buscaba crearle una cueva al dolor, una trinchera a la vergüenza, un escondite frente al terror.

Natalia cochinilla, Natalia armadillo, Natalia cangrejo de río. Natalia no veía su propio caparazón porque aquí a las mujeres se les negaron los espejos. No podía reconocer que había un huequito en ella. Sí, lo sentía, dolía y mucho, pero no precisaba de dónde y por qué no se iba.

Con el tiempo dejó de preguntárselo, era más importante que nadie lo notara. “Si no lo veo yo y no lo ve nadie, entonces no existe”, pensaba. Como quien esconde el polvo que acaba de barrer bajo un mueble, por ahí escuchó que hay que barrer nomás por donde vea la suegra. Así fue como la armadura y la herida empezaron a encarnarse en ella, a tal grado que parecía que siempre estuvieron ahí, siempre había sido un armadillo arrítmico, había nacido como cangrejita descoordinada.

Ya de adulta, una vez le preguntaron por qué no quería echarse un bailecito con sus amigas o meterse a una clase de danza, respondió: “Nunca fui buena bailando, ni lo soy, ni lo seré. Cuando lo he intentado, me ha salido mal, si lo intento ahora pasará lo mismo. Se supo que no sabía moverme desde que mi madre me estaba gestando. De niña, como a los 6 años, ya era tan evidente que mis compañeritos de escuela se dieron cuenta y me lo señalaron. Tenían razón.”

Unos minutos después de esas afirmaciones, Natalia se fue a casa, se puso sus audífonos, le puso play a una balada e inconscientemente empezó a caminar con cierta cadencia, de forma casi involuntaria movía la cabeza al tiempo de la canción y empezó a imaginarse a sí misma en un escenario.

De repente, alzó la mirada y se percató de que un hombre la observaba del otro lado de la calle. “Este tipo o se va a burlar de mí o me va a acosar”, pensó. Reprimió sus movimientos de golpe e intentó seguir su camino. Sintió miedo. La espalda se le encorvó un poquito más.

Sigue leyendo la serie de esta misma autora: Parte II y Parte III.

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La Crítica