Literatura

Parte II: Sobre la teoría, la práctica y las caídas

Natalia se vuelve experta en danza, pero no baila

Por Litzy Mariana

Son las 8 PM, Natalia se recuesta en su cama y revisa su celular. Por curiosidad comienza a ver videos de mujeres bailando, está hipnotizada. Las encuentra decididas, hechiceras, magnéticas. Viene un sentimiento: “Me gusta la danza, sí quiero intentarlo”.

Iniciar en ese mundo era todo un reto para una mujer de su edad, muchas empezaron desde muy pequeñitas, ¿por dónde comenzar si ya era una adulta? Aunque con sigilo, se animó a aprender todo lo que pudo.

Como por ahí escuchó que, como el timón de un barco, la mente domina al cuerpo, y que la teoría sería su mapa del tesoro, leyó todo lo que estuviera a su alcance sobre danza. Había que nutrir al cerebro para que le diera dirección a lo demás, a todo lo otro que era Natalia, lo tangible, su piel, su sangre, su estómago, sus muslos, sus plantas de los pies. Que las ideas corrijan a la Natalia-armadillo.

Los libros se le apilaban, aprender todo parecía una tarea interminable, pero Natalia tenía mucha sed. Cada texto que leía fue escrito por bailarinas del pasado y del presente, en donde analizaban un montonal de temas: historia de la danza, filosofía de la danza, historia de la filosofía de la danza, filosofía de la historia de la danza, la danza en el mundo, la danza en México, danza de México en el mundo, la danza y las industrias culturales, la danza y la apropiación cultural, la danza y la salud, la danza y la muerte, la danza y los espíritus chocarreros, biografías de las 4 bailarinas más importantes hoy, la danza y la identidad nacional, y la lista sigue.

También tenía libros que hablaban de los elementos para crear una coreografía, la función del espacio, de la iluminación en el escenario, sobre los vestuarios, el movimiento, los distintos compases musicales, el ritmo. Hasta aprendió sobre anatomía humana para entender técnica y cómo en cada tipo de baile se requieren distintos niveles de fuerza, de flexibilidad, de resistencia. Se volvió una verdadera experta. De tanto conocimiento, de tanta información, hasta le creció la cabeza.

Asistía a funciones, tomaba notas, se fijaba en los detalles. Compartía lo que sabía, daba su opinión. Sobre todo, ponía sus energías en identificar las equivocaciones de diferentes compañías de danza, detectaba sus errores, señalaba a la bailarina Fulanita de Tal por su falta de destreza y a la coreógrafa Perenganita por los descuidos en sus montajes. Ganó reconocimiento por ello. Era muy atinada. Se volvió una crítica de la danza muy exigente, convirtiéndose en una jueza de bailarinas muy severa y temida.

Ella se sentía satisfecha por ese camino recorrido, por su cabeza grandotota. Aunque de tanto peso, se le iba de lado. Aunque por usarla de día y de noche, sufría de insomnio.

Ser experta en danza le dio claridad, le sirvió de brújula para saber hacia dónde dirigir su cuerpo-barco. Pero se sentía atada, impaciente, frustrada, seguía siendo un armadillo, ahí estaba la curvatura en la espalda, el dolor no se iba, el caparazón la anclaba al fondo del mar.

“Natalia, ¡baila!”, la incentivaban sus amigas. “Natalia, ¡baila!, seguro lo harás increíble”, le decían las conocidas. “Natalia, ¡baila!, lo vas a disfrutar mucho”, la invitaban otras bailarinas. “Natalia, ¡baila!”, se decía a sí misma, consciente de que tenía muchas ganas, consciente de que era posible porque lo había visto en otras; consciente de que era la más capaz porque sabía todas las instrucciones para hacerlo; consciente de que, habiendo leído todos los manuales, ya era momento de intentarlo. Se sentía convencida, segura de que tenía todas las claves: “Está bien, lo haré”, dijo entusiasmada.

Eligió bailar un son jarocho, el son de La Bruja.

Es el día de la función. Ya está aquí todo el mundo para verte, Natalia. Estamos todas, hasta la narradora de este cuento, hasta las vecinas y vecinos de la colonia, estamos aquí en el teatro del municipio. Queremos verte bailar.

Natalia se está alistando, se está terminando de maquillar. Primera llamada, primera. Se pone su vestuario de Veracruz sotavento. Ya está envuelta en encajes blancos y se amarra su mandil de terciopelo negro y flores a la cintura. Ya está enjoyada, sus arracadas y sus collares tintinean, aunque son de imitación. Segunda llamada, segunda. Ya tiene lista su veladora encendida, la tendrá que poner sobre su cabeza y mantener el equilibrio. Respira hondo y… Tercera llamada, tercera, ¡comenzamos!

Inicia la canción. Suena el arpa. Ay qué bonito es volar a las dos de la mañana, a las dos de la mañana, ay qué bonito es volar, ay mamá. Natalia sale a escena. El público aplaude de emoción, aplaudimos de emoción. Natalia coloca la veladora en su cabeza, toma la falda y extiende sus brazos. Mariposa blanca.

¿Qué pasa? Natalia no mueve ni el dedo gordo de sus pies. Las piernas se le congelaron, los músculos están hechos piedra. Entra en pánico. Piensa: “Vamos, Natalia, muévete. Es un zapateado muy básico. Sólo hay que avanzar con cepillos sencillos y remates.”

Pero sigue congelada, el público sigue observándola, la música sigue sonando: Me agarra la bruja, me lleva a su casa, me vuelve maceta y una calabaza. Me agarra la bruja, me lleva al cerrito, me vuelve maceta y un calabacito.

La tensión aumenta, ella se siente llena de miedo. “Vamos, Natalia. Te sabes de memoria la canción y los pasos”. El cuerpo no le responde, el timón le está dando órdenes al barco, pero éste no se mueve, está anclado. “Vamos, Natalia. ¿Qué te pasa? ¡Tonta! ¡Torpe! ¡Inservible!”, se recrimina, se regaña a sí misma.

Finalmente, Natalia da un pasito, pierde el equilibrio y se cae, con ella cae la veladora que tenía en la cabeza. ¡Traz! Se rompe el vaso de la veladora. Los vidrios se esparcen por el suelo. Natalia se levanta como resorte y sale corriendo del escenario. Se encierra en un baño a llorar.

Quién sabe de dónde salieron tantas lágrimas. No entiende por qué ocurrió eso, ¿cómo es posible si ella era la experta y había entendido cada parte del instructivo y de la teoría? “No merezco estar en el mundo de la danza, soy una farsante, una vergënza, ¿cómo me atreví a bailar aquí?”, piensa.

Después de un rato ahí, resignada y consciente de que no puede quedarse ahí encerrada para siempre, se calma, se endereza y alza la mirada. Accidentalmente ve su reflejo en el espejo del baño. No puede creer lo que ven sus ojos. No ve a una adulta, ve a una niña atemorizada, tiene seis años de nuevo.

La imagen que observa es difusa. Se talla los ojos y ya no ve a Natalia. Ve un caparazón duro y café, su cráneo parece bolillo, tiene unas orejas medio puntiagudas, una cola larga y unas patitas temblorosas: “¡Soy un armadillo!” Por primera vez mira su herida. Se talla de nuevo los ojos, se mira. Recupera su forma humana.

Entre la vergüenza y el terror, Natalia busca respuestas, pero, sobre todo, busca responsables: «¿Por qué me caí? ¿Por qué pasó lo que pasó?», como si fuera examen de opción múltiple, piensa en las posibilidades:

  • a) Todas las que me incentivaron para que bailara son malas y están equivocadas. Seguramente sabían que no me saldría bien, me querían humillar, querían exhibirme, burlarse de mis errores y hacerme una crítica severa frente a todos como las que yo le hacía a otras.
  • b) Todas las bailarinas que escribieron los libros que leí son malas y están equivocadas. Además, son mentirosas y todo lo escrito ahí es basura, no funciona.
  • c) Los que se burlaron de mí cuando era niña están en lo correcto, no puedo bailar y me veo ridícula. También son acertados los recordatorios en el mundo sobre la incapacidad de las mujeres de bailar sin la tutela de los hombres.
  • d) Todas las anteriores
  • e) Ninguna de las anteriores

Como todo era muy reciente, como ella seguía en el baño deshecha y el público afuera quedó tieso por la confusión, eligió el inciso d) Todas las anteriores.

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