Feminismo

“No quiero casarme”, un grito ahogado en el retrato de familia

Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

No quiero casarme. Nunca lo he deseado, ni de niña ni de adolescente. De hecho es una idea que me asusta: he soñado que es el día de mi boda, toda mi familia está allí esperándome y yo lloro, lloro mucho, de tristeza, frustración y miedo. No quiero casarme y pienso que ninguna mujer debería hacerlo porque para mí (y las historias en las que lo sustento) el matrimonio es el sonido antagónico de la libertad. 

Mi abuela materna tampoco quería casarse. Me lo dijo desde que yo era una niña. Me contó su historia mil veces, como una maestra que te repite una instrucción. Ella vivía en un pueblo en el Estado de México. Al cumplir 16 años vendría a la Ciudad de México a trabajar. Quería ganar dinero, cocinar profesionalmente y comprar zapatos. Ése era su sueño. 

Tenía un novio que para ella era de poca importancia. Le avisó por carta que terminaba con él porque se venía a la ciudad. Él la citó en un cerro cerca de donde ella vivía, se llama el cerro de las Promesas, en Tepetitlán, un pueblo panadero. Ahí la esperó con un caballo y un ayudante. 

Ella tuvo miedo de ir sola y se llevó a sus hermanitos. Cuando la tuvo enfrente, él le dijo: “Conque me dejas”, luego lanzó una mirada a su ayudante y juntos la subieron contra su voluntad en el caballo. Le pusieron una pistola en la cabeza. Así atravesaron los cerros. Su familia vio el caballo de lejos, pero se resignó: “Mira, ya se llevan a Toña”. La llevó a vivir al pueblo que ella más despreciaba porque de niña su papá la llevaba a vender pan los 31 de diciembre, se emborrachaba y la dejaba sola toda la noche en un puesto de feria. En cuanto llegó a la que sería su nueva casa y se enteró de que ahora debía dejar a su familia para ofrecer todo su trabajo a un hombre, mi abuela buscó un juez para denunciar el rapto. No hubo quien la ayudara. 

Mi abuela y su raptor, mi abuelo, cumplieron 74 años de casados hace unas semanas. Ella dice que, aunque siempre ha sentido que tiene un grillete en la cabeza, aprendió a ser feliz porque huyó de otras formas que alimentaron su alma: hizo negocios, cocinó, viajó un poco, inventó recetas, y plantó huertos y jardines. 

Desde que conocí esta historia no puedo ver los retratos familiares sin pensar en qué hubiera sido de mi abuela, si no se la hubieran robado. Se lo he preguntado, incluso. Se hubiera vuelto cocinera, viajaría, dice que hubiera puesto un restaurante, sería rica y, con suerte, no estaría cuidando a un hombre que nunca se ha valido totalmente de sí mismo. Ella tiene un proyecto de vida memorizado en el que ni siquiera menciona el amor de un hombre. 

Luego vino la historia de mi madre. Fue la única en una familia de siete hijas e hijos que concluyó una carrera universitaria. También fue la única que no tuvo el apoyo de su papá para hacerlo. Después estudió una especialidad y puso su consultorio. Viajó al extranjero y tenía sed de mundo. 

Mi mamá tenía la edad que tengo yo en este momento cuando mi abuelo le dijo que no aceptaría una “solterona” en la familia. Al mismo tiempo, el que entonces era su novio le propuso matrimonio y le dio un ultimátum: si no te casas conmigo ahora, no volvemos a vernos. Mi mamá aceptó casarse, pero no por estas amenazas, sino porque su hermana menor, su compañera de vida, iba a casarse también. 

Quince días antes de su boda, mi mamá recibió otro ultimátum: a partir de entonces dejas a tus amigos, te vistes diferentes y dejas de trabajar. Ella quiso huir de su boda, pero el miedo a la condena social le impidió salir. Tuvo dos hijos, yo la más grande y la única mujer. Siempre me dijo: para ti hay otros mundos, no necesitas casarte. 

Después de muchos años, mi mamá también se convirtió en la primera mujer en mi familia en separarse y enfrentar, de todos modos, la condena social. Hoy continúa con su carrera y es la mujer más autónoma e independiente que conozco, pero no dejo de pensar en qué habría sido de ella si no se hubiera casado.

Imagen tomada de Pinterest

 

¿Por qué pienso que sus vidas hubiesen sido diferentes? Desde niña veo los matrimonios con ojo de lince y encuentro en estas historias, y miles de otras que he escuchado a lo largo de los años, un común denominador: el matrimonio. Aún en su forma moderna, es la vía en la que se cancela la libertad plena de las mujeres, se usa su energía y vitalidad para trabajar por “los otros” y se dispone de su capacidad creativa para construir formas de vida en familia y no proyectos individuales para ellas. 

Esto, sin duda, debe cambiar el rumbo de sus vidas, ya que, convencidas o no, terminarán concediéndoles a ellos y sus necesidades el tiempo que sería para la creación de sí mismas, sus ideas, sus convicciones políticas y sus proyectos, no sólo profesionales. Es ahí como el matrimonio es una forma en la que los hombres consiguen mujeres a su servicio para que ellos sí tengan todo lo que ellas pierden. 

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi), del total de mujeres casadas o unidas de 12 años y más, 99.1% participa en quehaceres domésticos, mientras que los hombres en ese mismo estado conyugal apenas lo hacen en 61.1%. “Lo anterior sugiere que los varones unidos toman ventaja de su situación conyugal ya que el mero hecho de tener pareja hace que depositen en ella la parcial o total responsabilidad del trabajo doméstico. Cuando no se tiene cónyuge, de no ser por el trabajo doméstico realizado por las madres u otras personas de la familia, muy probablemente de sexo femenino, los varones seguramente se ven obligados a realizar tareas domésticas”, dijo Inegi. 

No conozco, ni en los matrimonios modernos o de mujeres jóvenes, alguno que no termine por ser sobrecarga de trabajo para las mujeres. ¿Cuál es el costo para ellas del matrimonio, la unión libre, el concubinato, o cualquier forma de unión heterosexual? Su potencial creativo, el desarrollo pleno de su identidad, su autonomía, su riqueza y, con el tiempo, su salud, su bienestar físico y mental. Lo que está en riesgo es su capacidad plena de inventarse a sí mismas y su libertad. 

¿Y a cambio de qué? Hay múltiples razones por las que las mujeres deciden unirse aún actualmente, muchas de ellas que son motivo de análisis para otro texto, pero hay al menos dos respuestas que me parecen preocupantes: 1) “Él quiso” (claro que ellos lo desean porque así se garantizan alguien a su servicio) y 2) “Porque es el paso siguiente en nuestras vidas”

Para muchas mujeres aún está cancelada la posibilidad de imaginar un futuro sin la vida en pareja con un hombre. No hemos alimentado lo suficiente esas otras múltiples posibilidades en las que hay historias de éxito, de amor, de colectividad, de compañía y de familia en otros términos. Es decir, la mayoría de las mujeres buscan en el feminismo la respuestas para construir nuevos acuerdos de vida que les permita salir más o menos bien libradas de los raspones del patriarcado en las relaciones románticas, para que les vaya menos peor que a sus madres. 

Todas esas estrategias o nuevos acuerdos están permitidos, e incluso son impulsados socialmente, porque no ponen en riesgo la institución de la familia heterosexual, porque no atentan contra la vida en pareja. Al contrario, están allí para sofisticar el lazo que une a una mujer libre con un hombre que, mediana o mayormente, la limitará a experimentar una posibilidad de vida en la que el centro sea ella. 

Por ello pienso que aún es imprescindible decidir y decir, en mayúsculas, “No voy casarme” ni vivir ninguna forma de unión heterosexual moderna. Este NO categórico es, para mí, la forma de asignar un final diferente a esa cadena de historias personales que me anteceden, pero también es (y acá les devuelvo el favor a mi mamá y mi abuela) una forma de poner en el imaginario de otras mujeres jóvenes la posibilidad de trazar nuevas líneas de vida en una vereda en dirección contraria al matrimonio y en sentido directo a su libertad y pleno potencial creativo.  

Imagen tomada de Pinterest

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2 thoughts on ““No quiero casarme”, un grito ahogado en el retrato de familia

  1. De echo yo si quería «dar el siguiente paso», pero él me decía «dentro de un año» después «dentro de año y medio», el caso es que ambos perdimos mucho tiempo, el uno con el otro y viceversa, pero de qué le salió su lado de «machín» eso que ni que. Muchas gracias por el artículo 😘🌹.

  2. Es una historia tan real, en la que todas las mujeres nos identificamos ya sea por nuestras abuelas, madres, tías o vivencias propias. Estoy a punto de casarme, veo estos comentarios y veo los matrimonios de mis familiares más cercanos, cómo una manera de imposibilitar el hecho de seguir realizando sueños, metas, objetivos de manera indivual. En lo personal veo el matrimonio cómo la frase de Erich Fromm «El amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad». Es una frase que me sigue desde que decidí casarme, es un trabajo de dos, conocernos, respetarnos y sobretodo alentar a realizar todos nuestros planes. Me siento libre y plena viviendo en pareja, y si en algún momento está idea se ve amenazada o mi libertad se pierde no dudaría en seguir mi camino sola… Respeto y aliento a qué todas vivamos de una manera libre, amarnos, amar y sobretodo dejarnos amar. Crearnos y mejorar la todos los días, ser protagonistas de todas nuestras historias, ser consientes de todas las decisiones y recordar que somos únicas siempre y cuando nos respetemos y respetemos nuestra individualidad

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