Entrevista

No era dañarme por ser yo, sino por ser la hija de mi mamá [Las voces de las niñas y los niños sobrevivientes a violencia vicaria]

Segunda entrega 

Por Patricia Karina Vergara Sánchez

En esta entrega, Ale comparte que fue sustraída por un par de meses siendo muy pequeña y, aun cuando fue recuperada, la violencia no se detuvo, se acrecentó hasta casi matarla de muchas formas.

Los hombres que deciden dañar a las hijas e hijos de las mujeres como forma de control, de castigo y por el placer de hacer daño, están incurriendo en formas de tortura, tanto de menores como de la madre.

Este testimonio permite dimensionar el dolor de esa niña violentada, la total desestabilización emocional de la madre, la negligencia de tantas autoridades y personal de salud que cerraron los ojos, fueron indolentes o directamente cómplices del horror.

No es posible seguir sin nombrar y sin actuar ante esta forma en que los progenitores abusan del poder socialmente asignado y hacen que menores crezcan en medio de verdaderas pesadillas.  La indiferencia ante tanto dolor no es una opción.

ALE

Soy Ale Oyosa, tengo 48 años y estudié una maestría en Estudios de la Mujer, también soy activista antigordofobia y por la diversidad corporal y comunicadora feminista.

Mi papá ejerció violencia contra mi mamá desde que tengo uso de razón. Es el primer recuerdo que tengo de él, golpeando a mi mamá y yo tratando de picarle los ojos para que la suelte. Tenía como 2-3 años. Al principio él “sólo” me aventaba o empujaba, pero con el tiempo los golpes fueron todo el tiempo y con el puño cerrado. Además de la violencia física, viví una vigilancia espantosa, él revisaba todos mis cuadernos todos los días y si encontraba cualquier mensajito en la parte de atrás del cuaderno o cualquier cosa sospechosa, me pegaba y humillaba. Además, revisaba mis cajones y debajo del colchón, buscando quién sabe qué. La violencia hacia mi mamá también se incrementó, llegando a uno de los puntos máximos, que fue amenazar con matarnos a mi hermana y a mí con un cuchillo en mano, y mi mamá se encerró con nosotras en el baño, mientras gritábamos a los vecinos porque teníamos mucho miedo.

Recuerdo que varias navidades nos jalaba a mi hermana y a mí para ir con su madre, mi abuela. Uno de los recuerdos más dolorosos es ver a mi mamá asomada en el balcón, diciéndonos adiós y llorando, nosotras también llorábamos. Esto ocurría después de que él había tirado al piso la cena o había hecho algo para echarla a perder, todo el trabajo de mi mamá a la basura. Cuando llegábamos a casa de mi abuela, que vivía a cuadra y media, él se dedicaba a alcoholizarse y se olvidaba de nosotras. Una vez mi hermana se orinó en un sillón de mi abuela, porque extrañaba a mi mamá, en ese momento mi hermana tenía 4 años y yo 7. En ese abandono de mi papá, yo sólo podía pensar en el dolor de mi mamá, en sus lágrimas, en qué estaría haciendo y preocupada por que no se hiciera daño a sí misma.

Mi mamá me cuenta que cuando yo tenía 1 año, mi papá me llevó con él y me desapareció por dos meses. Ella estaba desesperada, pero nadie de la familia de mi papá quería decirle dónde estaba.

Años después, cuando ya tenía como 12-13 años y mi papá golpeaba a mi mamá, yo me ponía frente a él y le gritaba que me pegara a mí, poco a poco logré lo que pedía y nos pegaba a las dos.

El episodio más doloroso para mí, por el cual he estado en varios procesos terapéuticos, es cuando intenté suicidarme a los 16 años. En lugar de llevarme de inmediato al hospital, me golpeó y le decía a mi mamá que era su culpa por consentirme. Mi mamá tenía que cuidar a mi hermana de 3 años y mi hermano de año y medio, además de mi hermana que tiene 4 años menos que yo, por eso le rogaba que me llevara al hospital. Él nos engañó, hizo como que me iba a llevar, pero en las escaleras (vivíamos en cuarto piso) no me ayudó a bajar, me caí varias veces y se burlaba de mí. En ese momento decidí que tenía que vivir, no podía darme por vencida o mis hermanas y hermano vivirían lo mismo que yo. Saqué fuerzas y caminé, entré a su auto y pensé que me llevaría al hospital, pero no fue así. Me llevó a la “delegación”, a la doceava que está por Portales. Me desmayaba por momentos y él abrió la puerta del auto, me caí y me raspé toda la cara y un costado del cuerpo, vi que no era un hospital y me asusté mucho, muchísimo. Pensé que me iba a golpear hasta matarme. Lo que hizo fue gritarme que por su culpa iban a meterlo a la cárcel y que eso era lo que yo quería, hacerle daño, que siempre había querido eso y que, además, mi mamá iba a sufrir por mi culpa, que de una vez me muriera para que mis hermanas y hermano se quedaran sin padre y madre por mi culpa, al fin iba a estar muerta y no me iba a importar. Todo eso, mientras me pateaba, jalaba el cabello y azotaba mi cabeza contra el piso.

Me desmayé varias veces y, cuando me di cuenta, estábamos de regreso en el departamento. Nuevamente mi mamá le suplicó que me llevará al hospital y después de cuatro horas me llevaron, esta vez mi mamá fue con nosotros en el coche. No recuerdo nada más hasta que estoy en una cama de hospital. Un médico me preguntó qué me había pasado y le dije que todo era mi culpa, que no le hicieran nada a mi mamá. Me preguntó si sabía en qué condiciones estaba, y yo sólo podía pensar que mi papá estaba golpeando a mi mamá o a mis hermanas o hermano. Estaba aterrada. Acercaron un espejo a mi cara y me di cuenta de todo, estaba con moretones en los ojos, ambas mejillas con raspones y los brazos con golpes, además la parte interna de mis muslos estaba totalmente morada y negra. Les dije que no sabía que había pasado, porque no quería que llevaran a la cárcel a mi mamá.

Después de un tiempo, mi mamá pasó a verme y le pregunté por mi papá, me dijo que nos dejó en urgencias y se fue, que había ido a trabajar y no había regresado. Mi mamá estaba devastada, yo no entendía nada, tal vez todavía no entiendo nada. Muchos años después, muchísimos, quizá 20, mi mamá me platicó que sí la llamaron del Ministerio Público para que denunciara lo ocurrido, todavía no sé de qué podrían haberles acusado a ella y mi papá, quizá sólo a ella, no lo sé… Llegaron a un acuerdo en el que debían llevarme a terapia física y psicológica, eso nunca ocurrió porque mi papá no lo permitió. Sé que mi mamá sufrió mucho por ello, porque, como lo platicamos después, él me usaba para hacerle más daño, además de dañarme a mí.

La vida en mi infancia y adolescencia fue una vida de terror, como vivir en una cueva oscura, tener miedo todo el tiempo. Escuchar que llegaba y esconderme. Preguntarme qué había hecho mal, preguntarme por qué mi mamá “permitía” esa violencia hacia mí. Al mismo tiempo me sentía culpable por “provocar” la violencia de mi papá con tan sólo respirar. Para mí él era un monstruo del que no podía escapar, porque me vigilaba hasta en la escuela, en todas partes y además me hacía quedar en ridículo ante su familia como gorda, sucia, tonta. Sin embargo, a mi hermana, a quien le llevo 4 años, no la violentaba de esa manera, pero sí de otras formas, diciendo que era bonita, pero tonta.

Todavía hoy en día lloro cuando recuerdo ciertas cosas, la violencia nunca se va, se queda, aprendemos a vivir con sus consecuencias, tratamos de sanar, pero siempre está ahí.

En un principio y hasta los 10 años la defendía (a mi mamá) a capa y espada, me le aventaba a mi papá, con todo el terror del mundo, y éramos como cómplices. Con el tiempo, mi mamá también ejerció violencia física y psicológica hacia mí. Va a sonar repetitivo, pero no entendía nada. Algunas veces recibía dos golpizas por el mismo “error”, por parte de mi mamá y luego por parte de mi papá, cuando llegaba del trabajo. Yo amaba profundamente a mi mamá, y lo sigo haciendo, pero no entendía qué hacía mal para merecer doble castigo, fueron al menos 5-6 años así, de hecho, eso fue lo que me llevó a intentar suicidarme, estaba harta de no hacer nada bien, de la violencia por todas partes, no veía salida y sólo sentía culpa por todo.

Ese mismo año que intenté suicidarme, a los 3-4 meses el monstruo se fue con una mujer, pobre mujer pienso ahora, y nos liberamos de sus garras. Pero nos dejó con enormes deudas que no eran por nosotras, con deuda de pagar el departamento, deuda en las escuelas particulares que él eligió para nosotras. Nuevamente hice equipo con mi mamá, comencé a trabajar para pagar deudas y que hubiera de comer en la casa. Nos costó mucho, pero salimos adelante, nos costó casi 6 años pagar las deudas, al final lo logramos. Él seguía yendo a molestar, a patear la puerta. Mi mamá quiso regresar con él en un par de ocasiones y me lo dijo, yo le contestaba que, si él regresaba, yo me iba, porque me iba a matar él, o yo lo iba a matar.

La relación con mi mamá ha sido muy complicada, porque yo le decía que sus decisiones nos afectan como hijas e hijo, no para culparla, sólo porque a veces parecía que eso se le olvidaba. Supongo que la relación enferma que tenía con mi papá la llevaba a hacer cosas que nos dañaban o abrían heridas.

Mi mamá es una mujer increíble, a pesar de sus errores y de lo que la vida le puso enfrente y resolvió como pudo, y cuando yo tenía 40 años me pidió perdón por el daño que pudo haberme hecho y no lo pensé dos veces, le dije que sí, pero además que ambas habíamos sido víctimas de violencia y todo es turbio en esa época.

Hoy nos llevamos mejor, pero tenemos grandes diferencias, nos respetamos y procuro evadir conversaciones que nos llenen de dolor, estoy en terapia desde hace 12 años, en un ir y venir. Sólo puedo decir que me duele su dolor (todavía), que la entiendo, que quisiera que no se sienta mal por lo que pasó y le digo que eso que pasó está allá atrás, ya fue. Aunque sé bien que de una forma u otra sigue en nuestras vidas, incluso con la muerte del monstruo.

Con la terapia sé que no era dañarme por ser yo, sino por ser la hija de mi mamá, porque la defendía, porque me le ponía al tú por tú, porque era envalentonada.

Las secuelas de la violencia son brutales: inseguridades, miedos, ser sujeta de violencias en varios ámbitos, incluso el laboral. Por muchos años creí que no merecía ser amada ni hacer lo que quería, ni sentir placer, nada. También he llegado a ser violenta con mi pareja, hace varios años, no recientemente. Pero el feminismo llegó a salvarme, a levantarme, a mostrarme que sí valgo mucho, que tengo cosas buenas y que puedo ayudar a otras niñas, adolescentes y mujeres que han vivido violencia. No me he atrevido a trabajar directamente violencia, pero estoy en otros temas que sé que aportan, creo que no podría con lo que implica el dolor de la violencia vivida.

En todo este camino de violencia mi mamá jamás recibió apoyo de ninguna autoridad. La primera vez que se atrevió a denunciar fue como en 1980-81 y me cuenta que en el Ministerio Público le dijeron que ya se portara bien, que atendiera a mi papá y ya no le iba a pegar. Me ha contado que se sintió devastada, porque en esa ocasión lo quería denunciar por intento de homicidio hacia ella, mi hermana y hacia mí, nadie, ni su familia ni autoridades, le dio importancia a que tenía un cuchillo en las manos, que lo enterró en la puerta del baño mientras mi mamá nos sacaba por la ventana a mi hermana y a mí, temerosa de que saliera y nos matara en el pasillo.

Años después, cuando yo tenía como 34 años, lo corrí de la casa de mi mamá porque empezó a violentar. Siguió así por 12 horas o más, azotando la puerta. Sí teníamos miedo, pero ahora ya sabía qué hacer. Llamé a una patrulla y lo agarraron en la puerta del edificio (ya estaba huyendo el cobarde), los policías preguntaron cuál era el problema y el señor monstruo dijo que era nuestro papá y que nos estaba regañando por malas hijas. Uno de los policías me dijo ya pórtense bien con su papá y le respondí: «Sé cuáles son mis derechos y quiero que lo lleves a la delegación, voy a denunciarlo por violencia familiar». El policía se burló de mí y le dije, «si no me llevas, también te voy a denunciar a ti, porque no estás cumpliendo lo que tienes que hacer. Este señor nos ha querido asesinar en varias ocasiones, si algo pasa tú serás responsable y no estoy jugando». Le repetí como cien veces sé cuáles son mis derechos. Al final llegamos con el juez de paz y le dije todo, todos los años de golpes e intentos de homicidio. Sí, nos tardamos mucho, pero al menos estuvo encerrado 72 horas y mientras se lo llevaban me decía “me voy a morir de un infarto por tu culpa, me voy a morir solo y encerrado por tu culpa” y el juez de paz le dijo, “ya cállese”.

Después, mi mamá intentó divorciarse y nunca pudo hacerlo, si no era una cosa, era otra, pero no lo logró. También fuimos a una UAPVIF (Unidad de Atención y Prevención de la Violencia Familiar) para denunciar la violencia y buscar apoyo psicológico. Aquí tengo dos críticas principales, la primera es que en aquel momento estas unidades sólo daban un papel en el que avalaban que había violencia familiar, pero era necesario encarar al violentador sin medidas de protección adecuadas, lo que provocó que el monstruo se burlara de nosotras y dijera que era su palabra contra la nuestra. Al final nos dieron un papel con el cual podíamos ir a denunciar al ministerio público, o sea nada útil. La segunda crítica es que a mi mamá le dieron atención psicológica inmediata, pero a mis hermanas, hermano y a mí nos dieron atención casi 6 meses después, considero que también debe ser inmediato, porque el daño ocurre simultáneo, no seis meses después.

¿Qué les diría a las madres y a los pequeños y pequeñas que lo padecen?

Que sí es posible escapar del monstruo y empezar de cero. No les diré que lo hagan ahora mismo, creo que no se puede juzgar jamás a nadie por no comenzar la ruta de salida, es muy complicado, hay emociones y sentimientos implicados.

Sí sé lo que yo quería escuchar, que hay salida, que esos momentos van a pasar, que la vida merece ser vivida con amor y paz, que el camino es difícil, pero posible.

Que no escuchen al monstruo, sus palabras son puñales para que nos sintamos derrotadas, pero somos más que este momento de violencia, que ahora nos marca, pero pasará. Y que sí hay ayuda, que pueden pedirla, que el monstruo no es omnipresente ni ultrapoderoso, eso nos quiere hacer creer, pero es debilucho en el fondo.

Y, sobre todo, les daría un abrazo fuerte y largo.

 

*Si deseas compartir tu testimonio como menor sobreviviente de violencia vicaria, escribe a pakave@gmail.com

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La Crítica