Por Luisa Velázquez Herrera

Con frecuencia me han dicho desde lugares hegemónicos que no es correcto “generalizar” porque la realidad es muy “compleja” y no es posible “reducir” todo a un par de sentencias. Es su respuesta a cuando una de nosotras señala que hay un sistema de opresión por sexo que determinó que todos los nacidos con pene, violaran y se apropiaran de todas las nacidas con vagina, mujeres, resultado de la guerra ginocida ocurrida en tiempos distintos según cada territorio, se calcula entre siete mil a tres mil años atrás según la zona.

Al sistema patriarcal no le gusta que afirmemos que existe un sistema de sexos a tal punto que han relativizado el patriarcado, no hace mucho me dijo una conocida: «tener una vagina no sitúa a alguien en un lugar de opresión», pues entonces ha sido una casual y funesta coincidencia que las mujeres corramos atemorizadas porque un violador nos persiga en nuestra vida cotidiana, mucho más si eres una mujer racializada y empobrecida de la Abya Yala, qué extraño tener que defender la vida del hombre local y del hombre blanco, qué extraño que seamos las de estas cuerpas, qué desafortunada «coincidencia».

En las redes sociales yo suelo ser muy categórica sin dejar puntos medios, hay que comprender que se está en la arena pública, lo cual simplemente significa estar en espacios mixtos con vigilancia de hombres, donde cada palabra que digas será tergiversada, así que no me pesa decir nada de lo que escribo, lo creo, lo siento, me es necesario afirmar que la lesbiandad desde el lesbofeminismo es una salida de libertad ante el sistema patriarcal, heterosexual, capitalista, racista, colonial. Además, en redes no se conversa, se expone, dejas una idea que estará ahí destinada a ser desbaratada, mejor dejarla blindada para que no ocurra.

Mis acciones desde ese trabajo son leídas como “militancia”, este concepto es usado para referirse a la actividad política en grupos mixtos, por ejemplo, la lógica de asambleas, el lenguaje de “moción de orden”, “moción de procedimiento”, “minutas”, “arenga”, “tiempo límite” para “debatir”. Si me preguntan, yo nunca he militado en nada, las asambleas universitarias me dieron miedo siempre. ¿Y en el feminismo? En México eso no se usa, al menos no cuando yo era joven, quizá hoy que el feminismo alcanzó las universidades, puede ser que sí, pero yo no conozco las asambleas feministas, ni me eduqué ahí ni soy parte de eso, no hay más que descripción en mis palabras, no sé los alcances y límites de haber sido educada ahí como de no hacerlo. 

Mi actividad política, si se le compara, por ejemplo, a la actividad política de las feministas más acostumbradas a una organización colectiva más ordenada, se podría decir que es nula, yo diría que he conocido una política feminista de amigas, no tenemos debates encarnizados, ni hay asambleas qué cumplir, tampoco hay mociones de nada, lo que yo he conocido son reuniones para comer, para festejar un cumpleaños, para tomar el café, para cantar o tocar, como las diosas nos den a entender, instrumentos musicales, para reunirnos porque hay fuga de agua en una de las tuberías, porque tembló, alguna está enferma, también hemos hecho festivales y nos hablamos a diario para intercambiar ideas o sentires, esa es la política que yo conozco.

No conozco la militancia política, y antes me daba pena decirlo, pero no la conozco, no sé qué es “tirar línea”, ni tampoco los acuerdos colectivos de papel, tampoco hacemos manifiestos, yo conozco la política entre mujeres como amigas, por ejemplo, hemos estado tanto en convivencia entre nosotras que sabemos que no iremos al cine a esa hora porque no nos gusta la cantidad de gente o el ruido. Ya ni siquiera hay que decirlo, yo sé que te molesta, a mí también, no iremos ese día ni en ese horario. Pero como grupos de amigas, si a ti te gusta ir a bailar y a mí no, pues quizá las acompañe aunque no me guste o quizá decidan ir con alguiena más, eso es libertad, ¿no?

Esa convivencia es la más sólida porque fue una trayecto compartido que se fue haciendo en el camino, como los senderos que solitos se hacen en la tierra cuando no hay pavimento, los mismos pies lo hicieron y se anda ahí más suavemente que entre las piedritas de la terracería, es un camino conocido, es un camino que alimenta porque es tuyo, mío, de nosotras. Así se hacen las bases lesbofeministas.  Hoy sabemos entre todas como pacto implícito que no queremos poliamor ni que alabamos el consumo de estupefacientes, que no nos gusta el ruido y que preferimos amarnos, entre muchas cosas, no hubo check list, nosotras creamos los acuerdos con el tiempo, con el diálogo, con el amor, por eso no se sienten a otra cosa más que a nuestra propia piel.

Y si alguna vez nos damos cuenta que somos tan diferentes que no podemos ser más amigas, pues no lo seremos, se nos olvidará llamar por teléfono, el tiempo se hará más largo, o  te escribiré porque hay algo que no me sienta bien o tú me lo escribirás, así nos despediremos según nos alcancen nuestros saberes emocionales. Yo espero que nos alcance para una charlita de despedida, pero no siempre los sueños se cumplen y está bien.

En esa política entre mujeres, he aprendido que en los puntos medios se sitúa todo, pero es necesario reconocer que ya hay un piso compartido, en el caso del lesbofeminismo: la lesbiandad antirracista y anticolonial, el caminito que vamos recorriendo. Y desde ahí identifico los puntos medios.

He entendido en la lesbiandad que podríamos lastimarnos entre mujeres sin ser violentadoras, alguien que carezca de puntos medios, por ejemplo, sería incapaz de reconocer la herida como resultado de la convivencia y la situaría siempre en la violencia, lo cual es lejano a la realidad y una herencia de la ideología patriarcal de la culpabilidad judeocristiana: solo una tiene razón y una es la culpable. Cabe decir que eso no quiere decir que no haya mujeres violentadoras, por supuesto las hay y en esos casos no se ameritan puntos medios sino ser categóricas con no solapar violencia porque es como un germen que crece si le abrimos la puerta de entrada.

En cambio, por ejemplo, olvidaste mi cumpleaños o se te olvidó llamarme y me heriste, pero sé que no lo hiciste con esa intención, pero me heriste, me lastimó que no llamaras, es lo que siento y es válido, al mismo tiempo, entiendo el punto medio, ese día estabas cansada por tu despido laboral o tu jornada cotidiana, tu sentir es válido tanto como el mío, todo se sitúa en los claroscuros, ninguna, en este ejemplo, es la violentadora de la otra, no estamos buscando culpables ni castigos, sino entendernos.

O qué tal que estabas de malas y contestaste poco amable o yo estaba harta y te hablé sin ternura, ¿podríamos hablar para saber qué nos pasa, cierto? Podríamos acordar un protocolo para respirar juntas, para reconocer nuestros silencios, para permitirnos caminar juntas sin estropearnos. La maravillosidad de los puntos medios, de encontrar en donde fallamos juntas y autocriticarnos desde la amora para inventarnos algo más que sí nos alimente. 

A veces nos herimos (no sé si me gusta la palabra herir) también en el enamoramiento entre amigas, ¿no les ha pasado que su amiga no les da like en un post? A nosotras nos pasa y a veces mis amigas bromean que si no daré “me encanta” que no dé nada, lo digo en un cuestionamiento a la validación entre mujeres que se parece a la exigencia a la madre. Pero yo misma me he sentido como alumna en busca de estrellita en la frente cuando una de mis amigas no me da like, ¿no le gustará lo que digo? ¿estará molesta hoy? ¿dije algo muy incoherente?  No vivo así de atormentada, pero es ese pensamiento que nos pasa en fracciones de segundo, ¿algo estará pasando y no sé? O más bien estoy asumiendo que mi amiga tiene que cumplir toda exigencia de mí y la estoy cosificando al mirarla como máquina dadora de likes y me encanta. Por fortuna, esa cosquilla de inseguridad se va pronto y suelo dejar pasar los días, casi siempre olvido y si empieza a ser constante la sensación, me detengo a analizar y a dialogar, las busco para compartirles lo que me atraviesa.

También hay puntos medios en el cuestionamiento a todo. «¿Te gusta? Hazlo, pero no dejes de preguntarte y cuestionarte«, también se los digo en los espacios de talleres, quizá las desconocidas se sorprenden de mis puntos medios, ellas esperan que sea categórica, pero no lo puedo ser porque estamos compartiendo piso, por eso abordamos en las primeras sesiones: crítica a la categoría sexo, a la heterosexualidad y al patriarcado, desde este piso los puntos medios existen.

Les he dicho a las convencidas de ser heterosexuales que sigan con sus relaciones si eso quieren, y no porque crea que no puedan salir o que realmente «lo eligen», sino porque en los puntos medios está situada la opresión, ve sintiéndote, analiza tú, pregúntate tú, a mí no me tienes que cuentear, no me interesa ser tu jueza, sé honesta contigo. «¿Quieres seguir con Juan? Sigue con Juan», qué te puedo decir si es tu vida, pero no dejes de hacerte preguntas, no se alteren, amables lectoras, les digo esto porque sé que si no dejan de hacerse preguntas, el tal Juan será un mal recuerdo pronto, es el tiempo de ella. Paciencia.

Una puede asumir sus errores, sus debilidades, sus procesos y disfrutar los puntos medios. He llorado mucho por la muerte de mi hermano menor, es un hombre, lo sé de sobra, y voy a llorar más, sin duda, desde la posición categórica de redes sociales si bien nunca escribiría «no hay que llorar por hombres fallecidos», sí escribiría: «la heterosexualidad es también el amor a varones hermanos, padres e hijos», estoy de acuerdo con esa sentencia y estoy de acuerdo también con sobrellevar los afectos que me impuso el patriarcado a través de mi llanto que me anega a ratos inesperados, si me permiten, me es fácil llorar a un hombre que murió porque ya no repercute su existencia en la faz de la tierra, pero reconozco que ese afecto sin cuestionarlo es peligroso porque se conserva el poder patriarcal a un grado incluso de misticidad de la muerte.

Cuando empecé la lesbiandad, también me vi de nueva cuenta atraída por un hombre, no corrí atormentada pensando que había “fallado” a mi «secta», como por fuera ridiculizan, en cambio, exploré lo que me estaba pasando, lo hablé también con mis amigas, faltó poco tiempo para descubrir que me atraía su seguridad económica y no para hacerla de esposa-novia sino porque yo quería también tener ese local gigante, bien diseñado, bien iluminado para hacer mi trabajo y lo estaba confundiendo con atracción a él, la cual se pasó apenas supe que quería un buen espacio iluminado, lo detecté yo en primera persona y me resultó un agasajo encontrarme entera, en lugar de aferrarme a confundir esa imposición de heterosexualidad como «mi verdadero deseo», pues no es nada mío lo que me impusieron los hombres en su sistema patriarcal. 

Esto que narro aquí no es sorpresa para las compañeras con las que he convivido en cursos y talleres, en los puntos medios exploramos todo, pero recuerden, desde un piso esencial, en este caso el lesbofeminismo, la lesbofeminisma, de otra forma, nos volvemos relativizadoras de todo hasta no analizar nada. Si partimos de un piso, el camino se vuelve más divertido, más personal, más provocador, no hay pretextos para claudicar, no hay corte ni juezas, no hay asambleas ni tribunal, eres tú que hizo esos pasos en la tierra y ese camino lo anduviste tú, ¿a quién le vas a reclamar?

Es por eso que tampoco me gustan las colectivas como proyecto, me gustan como amigas, la colectiva de la que formo parte es resultado de la vida, llegaron quienes debían llegar, nos acomodamos en el tiempo, se fueron las que debían irse, nos acomodamos en el tiempo. ¿Te has sentido fuera de lugar cuando llegas a un grupo de amigas que tienen tantos chistes en común que parece hablan su propio lenguaje? Quizá somos así de insoportables por fuera, quizá, pero ni modo que nuestro amor no floreciera, teníamos de enredarnos en flores exquisitas y tallos zigzagueantes. Por eso yo digo que no hay lugar a donde yo las pueda recibir, ustedas tienen que creárselos, ustedas y sus sentires, ustedas y sus diálogos, ustedas y la experiencia.

Diría entonces que hay dos grados de política entre mujeres, según lo que yo he vivido, esa política aún impregnada de vigilancia en redes y espacios mixtos, que nos hace ser lo suficientemente categóricas para no dialogar con ellos. Y los espacios separatistas entre nosotras, donde todo está en los matices, eso sí, desde este piso compartido, así que explora, siente, averigua y no dejes de preguntarte.

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La Crítica