Convocatoria

[Las mujeres ante la contingencia sanitaria] Para quien la lee en el porvenir

Por Indra Cano 

Ciudad de las flores, abril 2020.

Para quien la lee en el porvenir. Para mí que la escribo.

Constantemente me escribo cartas, sobre todo porque las palabras me parecen la máquina del tiempo más asequible que tenemos los humanos. Sin embargo durante este tiempo he llorado más palabras de las que he llegado a escribir.

Hace una década que un virus no me obligaba a permanecer en casa, porque vaya, adoro pasar tiempo conmigo misma, pero en esta ocasión, por más que me recluten cuatro paredes,  el ruido del exterior consigue alcanzarme. A pesar de ello, ignoro qué tan valiosas sean estas líneas si quien las dicta es una versión de 18 años y por ende, el lugar que mejor conoce es el que le pertenece a la duda. Quizás la única certeza con la que cuento es que lo más difícil de esta pandemia es adolecer y abogar por la idea de creer que no eres digna de sentirte afligida puesto que estás consciente de las mentes cerradas y perversas que habitan en lo que dicen llamar hogar y arrebatan las vidas a quienes suelen llamar esposa o hija. Sabes que la cifra aumenta y que afuera hay gente intentando sobrevivir a una pandemia y al hambre. Sabes del constante desabasto de empatía y por ello te detienes. Tú no puedes sufrir, tú no puedes sentirte mal, tú sólo debes gritar para que tu voz sea escuchada a través del cubrebocas, tú sólo debes adaptarte a un nuevo estilo de vida que te ha pateado a la incertidumbre en el ámbito que más seguridad te propiciaba, la educación. Tú tienes acceso a ese privilegio, tú puedes ser autodidacta, tú puedes afrontar el semestre, tú puedes, tú puedes…

No es hasta que te descubres en YouTube con una serie de videos que en los primeros segundos mencionan “if you need a study buddy”  (si necesitas un compañero de estudios) y te quedas ahí por horas, no es hasta calzas tus botas preferidas y la preocupación acecha susurrando, ¿regresando podré caminar tanto como lo hacía antes? No es hasta que te ves comprando la despensa acompañada de un audio que más que provenir de una simple bocina parece sirena anunciando la catástrofe cada dos minutos, exigiendo el uso del cubrebocas y los dos metros de distancia entre ser y ser. No es hasta que lloras y arrumbas las palabras.

Qué ridículo, tú no puedes padecer la pandemia.

Tú no puedes.

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