Feminismo

Hasta que me pasó a mí… [Las voces de las niñas y los niños sobrevivientes a violencia vicaria]

Quinta entrega

Por Patricia Karina Vergara Sánchez

Las diversas escuelas de la psicología patriarcal nos han hecho pensar que es indispensable la presencia de un progenitor en el desarrollo de un niño o de una niña. Sin embargo, la experiencia de múltiples familias, de madres y de sobrevivientes, así como una contrapropuesta de psicología emancipatoria nos invitan a reflexionar sobre si privilegiar a todo costo la presencia de un violentador es, en realidad, un beneficio para la crianza o sólo una forma de validar el derecho del progenitor a violentar impunemente e imponer su presencia, aun cuando ésta implique confusión en las niñas y niños en algunos casos y, en otros, terror y dolor para sus víctimas.

Dulce, en su testimonio, nos dice que más que padres, esos hombres son agresores e invita a imaginar un mundo en donde las madres estén advertidas de ello.

DULCE

Soy Dulce Monserrat Monzón Díaz. Soy maestra de bachillerato y actriz.

Sé que mi padre golpeó a mi madre cuando ella estaba embarazada de mí y la corrió ese día del departamento.

Yo de niña creía que mi papá me amaba, porque él era un hombre muy espléndido con lo que me daba. Él tenía dinero y yo una cantidad impresionante de juguetes, ropa y demás. Incluso llegué a decirle a mi mamá que yo sabía que mi papá no la quería a ella, pero a mí sí.

Mi madre se quedó 17 años al lado de él, porque él, en repetidas ocasiones, la amenazó con que, si lo dejaba, ella nunca me iba a volver a ver.

Al final pudo separarse porque ambas lo encontramos con su amante, una adolescente con la que empezó a salir cuando ella tenía 17 años. No le quedó más remedio que la separación. Yo tenía 17. Actualmente no le hablo a mi papá.

De niña, yo creía que mi mamá se la pasaba hablando mal de mi papá, incluso llegué a defenderlo varias veces. No entendía la violencia económica, física, psicológica y vicaria que mi mamá resistía.

Igualmente, pensaba que mi mamá había permitido que mi papá la tratara mal y por eso le había ido así con él.

La mirada sin piedad para con mi madre continuó hasta que me pasó a mí…

Años después, ya de adulta, estuve en una relación de tres años con un hombre que me golpeó, y entendí a mi madre y su historia.

Adquirí nociones feministas, (estuve en el curso de Ímpetu de «Introducción a los feminismos» y me he acercado a mi mamá muchísimo). Ya no le reprocho el no haberse ido antes, porque entiendo que ella estaba aterrada por las amenazas de mi papá, con indefensión aprendida y sin muchos recursos para poder enfrentarlo. Ella sabía que él sí me alejaría de su lado y, peor aún, con todo lo que él me daba yo hubiera ido sin poner resistencia.

Entre las consecuencias de lo vivido en mí, está el relacionarme con hombres creyendo que yo los puedo cambiar. En ello se me ha ido un montón de energía y tiempo muy valioso. Tiempo que pude ocupar para ser feliz y disfrutar la vida.

Me encantaría que podamos vivir en un mundo donde las madres estuvieran advertidas de que no es lo más importante mantener el vínculo con el padre, como nos han hecho creer; más allá de ser padres de sus peques, esos hombres son sus agresores y pueden y tienen derecho a vivir una vida sin ellos.

El mensaje que tengo a las niñas y adolescentes que viven una situación así es:

Cree en la palabra de tu madre, cree en ella. No la juzgues, te ahorras mucho tiempo de normalizar la violencia.

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La Crítica