Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa 

Este 2020 ha sido un año de grandes retos para las mujeres. No sólo lo fue para aquellas que enfrentaron la enfermedad por COVID-19, sino también para quienes padecieron las consecuencias económicas y sociales de ella, como el desempleo, la pobreza, la sobre carga de cuidados y de limpieza, la violencia o la represión. Todo ello nos arrastra a un 2021 con nuevas circunstancias y mucha incertidumbre, ¿será desde ese nuevo lugar desde donde podamos recuperar la esperanza?

Para ninguna mujer fue una temporada fácil. Tan sólo vivir en confinamiento significó varios retos: limitar o suspender las actividades creativas, políticas o de sanación; pelear los espacios personales en nuestros hogares; o, para quienes viven solas, enfrentar un aislamiento obligado y profundo.

Imagen: Pixabay

Ser mujer en una crisis mundial de cualquier tipo nunca ha sido fácil. Un estudio llamado “La naturaleza de género de los desastres naturales: el impacto de eventos catastróficos en la brecha de género en la esperanza de vida, 1981-2002”, difundido por ONU Hábitat, demostró que durante desastres naturales de cualquier tipo, las mujeres y las niñas tienen 14 veces más probabilidades de morir que los hombres debido a las diferencias de género y a las desigualdades existentes relacionadas con sus derechos económicos y sociales. 

Por ejemplo, en 1991, durante los desastres del ciclón en Bangladesh, el 90% (140 mil) de las personas que murieron eran mujeres. En los países industrializados, murieron más mujeres que hombres durante la ola de calor que afectó a Europa en 2003. Durante el huracán Katrina en los Estados Unidos, la mayoría de las víctimas atrapadas en Nueva Orleans eran mujeres afroamericanas con sus hijas e hijos; y en Sri Lanka, fue más fácil para los hombres sobrevivir durante el tsunami porque a los niños y no a las niñas, se les enseña a nadar y trepar a los árboles. 

Una pandemia por un virus de rápido contagio que amenaza la vida de todas las personas, (especialmente las adultas mayores, las enfermas, el personal médico en la primera línea de atención, las que tienen que trabajar cada día en las calles, las que no tienen agua en sus hogares o que no pueden costear servicios médicos), no puede ser la excepción de las desigualdades en medio de una crisis. 

Imagen: Pixabay

La COVID-19 se expresó con diferencias sustanciales en la vida de las mujeres: la participación femenina en los mercados de trabajo de todo el mundo (donde de por sí había una brecha por sexo) retrocedieron 10 puntos porcentuales, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo; el nuevo virus se convirtió en la primera causa de muerte materna en México, de acuerdo con el Observatorio de Mortalidad Materna; crecieron las víctimas de feminicidio y homicidios dolosos, según datos del Secretarido Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública; y cambiaron los patrones de otras formas de violencia, con un aumento  la violencia sexual, la trata de mujeres y la desaparición en contra de niñas, de acuerdo con el informe “La violencia contra las mujeres frente a las medidas dirigidas a disminuir el contagio del COVID-19”. 

No es sólo el panorama general. Es la tristeza, la angustia, la opresión en el corazón que sentimos cada una cuando nos enteramos que una persona cercana o nosotras estamos contagiadas de este virus que cuyo comportamiento no alcanzamos a explicar, que se perdió el empleo, bajó el ingreso, que una fue agredida o está desaparecida. Es la impotencia de saber que las Fiscalías y los Ministerios Públicos están cerrados o que la vía para alcanzar justicia sólo puede ser en línea, frente a una computadora y no de cara a una persona que al menos escuche.   

¿Cómo salir bien librada del caos emocional que nos deja todo esto? Mirarnos desde ahí, desde las pérdidas, las frustraciones, la crisis o la desolación es absolutamente válido, incluso necesario, pero nos coloca en un lugar muy oscuro del que, aún con el corazón apretado, podemos salir poco. 

Foto: Tamara Vazquez-Pexels

Tal vez ahora mismo no consigamos verlo, pero este año fue importantísimo en las vidas de todas nosotras, especialmente en la organización. Nos vimos obligadas a fortalecer, reducir o cambiar nuestros círculos sociales, y fue precisamente en ese nuevo lugar de incertidumbre, angustia, pero empatía y solidaridad, que muchas mujeres crearon nuevas alternativas de vida y nació con más fuerza una conciencia sobre las circunstancias que nos rodean y las que nos llevaron hasta acá. 2021 fue un año de transformaciones.   

Este año vimos con más auge los trueques y bazares feministas. En línea o en las paradas de los metros, las mujeres se organizaron para intercambiar productos, bienes y servicios y apoyar la economía de todas. También vimos cómo varias colectivas de mujeres en la periferia de la Ciudad de México organizaron entregas de despensas y de comida para las habitantes de las colonias más empobrecidas. En este camino también proliferaron las entregas de comida a domicilio, muchos de estos proyectos eran alternativas vegetarianas. 

Las mujeres en los hogares fueron quienes principalmente se hicieron cargo de las personas enfermas, pues los hospitales recibieron a 3 de cada 10 personas que adquieren el nuevo virus. Muchas de estas cuidadoras se apoyaron de enfermeras, médicas y otras cuidadoras, quienes les acercaron medicamentos, equipo especializado, saberes y consejos de salud.

En lo que va de 10 meses de pandemia por COVID-19, 217 parteras en Chiapas atendieron más de mil 397 partos, todos ellos sin ninguna muerte materna, de acuerdo con el movimiento de parteras en Chiapas Nich Ixim, integrado por más de 600 parteras indígenas y no indígenas de 30 municipios de Chiapas. 

Ante la ausencia de servicios médicos, las mujeres indígenas buscaron alternativas a través de la recuperación e implementación de la medicina tradicional. Por ejemplo, las mujeres garífunas de la Organización Fraternal Negra Hondureña (OFRANEH) elaboraron, publicaron y compartieron la guía “Medicina tradicional garífuna. Alternativas para combatir el coronavirus”, que contiene un cúmulo de sabidurías y prácticas del pueblo de Barauda para enfrentar la pandemia. 

Foto: Yunuhen Rangel Medina vía Cimac Noticias

En varias comunidades de México y otros países de América Latina donde no hay agua, las mujeres se organizaron para construir embalses para recoger agua de lluvia y, como lo han venido haciendo durante años, dedican varias horas del día a esperar las pipas y recolectar agua para sus familias. 

De acuerdo con información de ONU Mujeres, las organizaciones de mujeres de Lesotho, Nigeria, la República Democrática del Congo, Sudán y Uganda, usan las redes sociales para compartir información sobre las formas de prevenir la propagación del virus y tienen comunicación directa con las mujeres y las niñas cuando las comunidades que atienden no cuentan con acceso a Internet. Además, las organizaciones de mujeres de la India, Kirguistán, Rwanda y Serbia, entre otros países, han intensificado su labor contra la violencia hacia las mujeres, mediante la provisión de apoyo legal y psicosocial inmediato y gratuito para las sobrevivientes de violencia, a través de líneas telefónicas de atención directa disponibles las 24 horas y canales para conversar en línea.

El mensaje es claro: en todo el mundo, en todas las emergencias, las mujeres se organizan para crear espacios, alternativas y nuevas formas de vida más solidarias, más sanas y más justas. Esta pandemia nos habrá cambiado el mundo, pero no necesariamente el rumbo que históricamente hemos trazado. Ahí donde más duele, ahí recuperamos la esperanza para conseguir este 2021 lo que nos guía: por la autonomía, la dignidad y la libertad de todas las mujeres. 

 

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La Crítica