Por Patricia Karina Vergara Sánchez
pakave@gmail.com

Pues, me acuerdo de que unas chavas, de esas “feministonas”, de las que andan con huaraches y tienen pelos en los sobacos y que hasta algo de miedo me daban por raras, fueron a la secundaria en que yo estudiaba y pegaron un cartelito que anunciaba una conferencia que se llamaba “literatura femenina o literatura ñora”. Miré y miré el dichoso letrerito y no entendí de qué se trataba. Sin embargo, fascinada por algo desconocido que me llamaba, asistí y quedé peor de confusa que antes.

Hablaban de cómo mucho de lo escrito por algunos hombres y mujeres, dirigido al público femenino era algo así como un “lava cocos”, no siempre de forma intencional, pero que funcionaba bastante bien para perpetuar la idea de “feminidad” que implicaba renuncia, sacrificio, abnegación y, ellas, dejaban abierta la pregunta acerca de la posibilidad de escribir cosas distintas de las mujeres y dirigidas a las mujeres.

Yo me asusté, y mucho. Criticaban a grandes autores y decían que lo que escribían reproducía modelos de sujeción.

¿Cómo se atrevían?

Llegué corriendo a contarle a mi maestro de literatura lo que había escuchado. Tenía mucho que preguntarle, si él conocía acaso esa “otra” literatura no precisamente de lo “femenino”, pero sí escrita por mujeres, que no forzosamente tendría que llamar a la musa o a la puta, y en donde a las protagonistas no les tocara un trágico destino si transgredían. Bueno, no pregunté exactamente con esas palabras, porque todavía no las conocía, pero sí era la idea.

El maestro, a quien yo admiraba, barba recortada, oloroso a loción costosa y de voz profunda, me miró con condescendencia y sentenció: “No hay literatura femenina o masculina, sólo hay literatura buena o mala, buen arte o mal arte”. Yo guardé silencio ante su sabiduría.

Pasé años bajo la tutela de ese señor, ¿o no? ¿Es que todos los maestros que me tocaron eran clones unos de otros?

Durante ese tiempo no recuerdo haber leído escritoras, es más, creo que ni sabía que existían. Yo soñaba con ser escritor.

Sin embargo, había algo, algo que se movía; algo imperceptible ahí, dentro de mí. Entonces, pasaba que yo me enamoraba de María, la rebelde personaja de Agustín Yáñez en “Al filo del agua” y la acompañaba una y otra vez, maravillada por su escapatoria a revolucionaria y leía a Mario Puzzo en “La mamma”, cuando hace concluir un pensamiento de su protagonista, respecto a que los hombres de su alrededor no se sentirían tan fascinados por el dolor y la violencia, por el desprecio a la vida, si pudiesen haber entendido lo que significaba convertir el cuerpo, cada año y sin poderlo evitar, en una caverna hinchada y sangrante que da paso al nacimiento de los hijos. También me gustaba asustarme cuando B. Traven, en “La carreta”, ponía a una malvada lesbiana que quería sentar a la jovencita en sus piernas, con fines perversos. Releía, una y otra vez, los pasajes que me hablaban, a veces muy entre líneas, de ese algo íntimo que, yo intuía, tenía que ver conmigo. Creo que era ese reflejo de la palabra sobre la vida de las mujeres, de la cual yo tenía sed y no sabía que la tenía.

Había un sentimiento de soledad, de inapetencia, de que era insuficiente. No sabía qué faltaba.

Yo escribía y reescribía en ese neutro que mis maestros decían era universal, inclusivo, plural, objetivo. Ellos así lo aseguraban.

Pero, no podía evitar observar la forma en que a mis compañeros se les llamaba colegas, la forma en que a mis compañeros se les daba el espaldarazo. Había una diferencia, que yo creía sutil, en el trato, en la atención a sus textos, en el impulso.

Imagen tomada de Pinterest

Sin embargo, de verdad, no entendía yo de qué se trataba, no comprendía a qué se debía el contraste, aun cuando yo era muchas veces la única mujer en los talleres literarios de Cuatitlán Izcalli, en donde vivía en ese entonces.

Era aquella la época en que me sentía orgullosa si me decían que no se notaba que mi texto lo había escrito una mujer.

Hasta que un día ocurrió lo inevitable. En la biblioteca encontré una novela escrita por una autora. Ni siquiera puedo recordar cuál fue. Sólo sé que fue un golpe en la cabeza. Sólo sé que comencé a buscar con ansiedad. Entre las primeras fueron las que estaban más a la mano: Rosario Castellanos, Gabriela Mistral, Sor Juana, Isabel Allende, Oriana Fallaci, Virginia Woolf. Biógrafas, novelistas, poetas y luego otras. Llegar a leer a las mujeres, en especial a las feministas, significó que dejé de ser huérfana.

Bebí sedienta a todas las escritoras que estuvieron a mi alcance. Casi no dormí una temporada, tenía que recuperar los años perdidos, encontrarlas, encontrarme. Saber que se podía escribir de la consistencia exacta de la salsa para la carne, dentro de una novela, pero también, en otra obra, hablar de lo que duele hasta el llanto sin parar de madrugada, sin fingir falsa grandeza moral. En otra, cuestionar con humor la forma en que se desgasta la vida cada día. La palabra distinta, a otra tinta, de mujer.

Por supuesto, cuando volví a mis antiguos senderos, ya no era la misma. Ni siquiera podía, aun cuando lo intentara, escribir en ese neutro, con “o”, ni en lo que llaman “incluyente”, pero que con “x” o “e”, sigue invisibilizando a las que nunca fueron nombradas. Para mí, ya era engañoso, no era plural ni universal. Ya entendía que hablaban al mundo y del mundo en masculino.

Comencé a escribir con la conciencia de ser, entender y escribir desde este cuerpo que tiene este sexo entre las piernas. De lo que desde el exterior se ha apostado sobre él y, al mismo tiempo, desde lo que yo he elegido en forma consciente en resistencia. Desde lo poco o mucho que resulta desde esta contradicción constante. Partir del principio fundamental: esta soy yo y no ése o la que tú decretas.

Mis maestros me hicieron saber que lo que yo estaba haciendo era muy inconveniente, porque ni siquiera era literatura “femenina”, de esa que se vende muy bien, por ejemplo, en revistas del corazón o en “best-sellers” de heroínas fantásticas, de mujeres extraordinarias, locas que se convierten en reinas legendarias o reinas que se vuelven locas señaladas, o de cómo ser una gran mujer.

No, yo no escribía literatura femenina o de la feminidad. Yo escribía en femenina, y eso era, es: imperdonable.

Me eché a perder. Me había puesto ya las gafas violeta y, hasta ahora, no he deseado, aunque duela a veces, quitarlas de mis ojos.

Me hicieron saber que escribir en femenina era y es terrible de muchas formas:

-“Hace sentir excluidos a los varones”.
– No es vendible, no atrae a numerosos lectores, ni a las grandes casas editoriales: “Ahora que la industria editorial está en crisis”.
– Sólo explora a la mitad del mundo: “No se ocupa de lo que a todos nos hace humanos”.
– Resulta ridículo, más cuando se me ocurre escribir la letra “a” al final de algunas palabras, sobre todo cuando reivindica.
-“Está modificando y atentando contra el idioma”.

Además, porque escribir así es “impúdico”, porque es “soberbio”, “pasado de moda”. Creo que, también, porque les hacía, hace, sentir un poco incómodos.

Para ser justa, debo decir, que cuando me fui de ese lugarcito en el Estado de México donde habitaba, soñando encontrar otros aires, no hubo en la ciudad respuestas muy diferentes.

En fin, ahora yo soy de esas, de las feministonas que alguna vez escuché, soy de huaraches en los pies, los pelos en los sobacos, de las raras, de las que se organizan entre mujeres, invitan a otras a cuestionar y no rinden culto a los grandes autores.

Por ello, me han hecho saber que, haber logrado que creciera está voz, es un camino desafortunado y me costó algunas lágrimas reconocer que tenían razón. Dolió resignarme, me costó trabajo que me quedara claro el que, entre las principales razones, a causa de esta voz, voz inconveniente, que no es vendible ni se vende, que no se adueña de lo universal, que se ocupa sólo de esta parte que me toca del mundo, de lo que me hace humana, ridícula, impúdica, soberbia, pasada de moda, incómoda:

Nunca seré la escritora, mucho menos el escritor, que América Latina y el mundo esperaban.

Los maestros que me asignó el patriarcado y que tanto dijeron que esperaban de mí, me han borrado de sus listas y yo los he borrado a ellos de las mías.

Sin embargo, me quedan los días que vivo entre mis compañeras y me queda esta mirada insistente que se enoja, que se indigna, que se alegra, que se conmueve, que me provoca a gritar muy fuerte a los vientos y, lo cierto, es que no he encontrado nada más ruidoso que estas letras necias, letras de mujer, encantadas de salir y andar rodando.

(Hace 10 años que «Escribir en femenina» se publicó en Mujeres. Net)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

La Crítica