Literatura

El significado de mis lágrimas

Por Paula Rebeca León Hernández*

Hay días en los que lloro tanto que me parece que toda el agua de mi cuerpa ha salido a través de mis lagrimales; es imposible, lo sé, pero así se siente. Me dreno. Todo lo que me agobiaba sale por mis ojos y las lágrimas, que forman ríos, lavan todo vestigio de culpa, derrumban todos mis muros y me dejan ver, tan cristalina, como el lago en calma después de una tormenta. Siento mi llanto como un apapacho suave y cariñoso a mi esquizofrénico e irreverente corazón, lo calma, lo entibia, lo derrite y lo llena de ternura.

Así como el arcoíris que sale a consecuencia de la lluvia torrencial, después del llanto viene la calma. Los colores se ven más vivos, el aire es más ligero y la vida me parece más sencilla. Me dejo fluir como el agua, liviana e indomable. Disfruto la sensación que aparece en mi cuerpa después de hacerme bolita y dejar que este líquido vital recorra mis mejillas. Mi cuerpa haya un momento de paz, puedo ver la luz al final del túnel, se desvanecen los colores grises, saboreo mi existencia agridulce. Gracias lluvia ocular por lavar mis culpas y regar mis flores.

Esta reflexión me hace evocar a la yo del pasado. Aquella adolescenta herida que se vanagloriaba de ser tan ruda que no mostraba emoción, iba por la vida sintiéndome orgullosa de no derramar lágrima alguna.  Al principio dejé de llorar porque pensaba que de esa forma la carga que soportaba mi familia sería menor; quería ser lo último en lo que se preocuparan, ya que tenían mucho que pensar. Después, seguí cultivando dicha actitud porque me reusaba a la idea de la feminidad que implantaron en mi cabeza, “llorar es para mujeres y yo no quiero ser como las demás, yo soy diferente”. El discurso del deber superar a las otras me tenía comida la cabeza. Me perdí a mí y la oportunidad de conectar con otras. Me zambullí en el mundo de las dietas, las enemistades con otras, la desconexión conmigo misma, al grado que llegué a creer que jamás me encontraría de nuevo.

No me había dado cuenta de lo lastimada que estaba, hasta ahora que me permití pensar en ello. Abrazo a la adolescenta que creía que una actitud hostil le abriría un hueco en el mundo de los hombres, estaba tan hambrienta de validación, que suprimí mis emociones y las dejé en el fondo del baúl.

Creo que es una consecuencia obvia el hecho de que hoy disfrute tanto llorar. Es medicina y sanación que proviene de mi propia cuerpa. A veces esto es lo único que necesito, llorar, liberar la presión y continuar resistiendo en este mundo que a veces parece ser de hielo.

Una vez una sabia mujer me dijo: “llorar es el último vestigio de emoción que no puede ser arrebatado”. Cuanta verdad en esa frase. Mi llanto no puede ser controlado, tal como el agua que tarde o temprano logra filtrarse por las grietas. Mis lágrimas me sanan, calman mi sed y refrescan mi alma. Mis lágrimas son el agua en la que me sumerjo en los momentos de agobio, me permiten nadar al fondo de mí misma para poder reconocerme cambiante, cristalina, fluida y transparente.

No me asusta mi llanto, al contrario, me llena de valentía y fortaleza para seguir resistiendo y rebelándome en este patriarcado que me quiere quieta y callada. Mis lágrimas riegan la semilla de mi nueva vida. A propósito de esta última frase, también me reconozco como tierra: sólida y estable, enraizada y firme. Medito y contemplo ante mis ojos la posibilidad de ir trazando mi propio camino, ya que soy la tierra por donde camino. Soy la tierra, el agua y la semilla. Qué fascinante me resulta encontrarme de esta forma, entenderme como mi propio hogar y sentir todo este potencial de transformación, toda esta vida, todas esta energía y toda electricidad yace en mí.

Miro hacia el futuro y siento miedo, la incertidumbre es como un fantasma que espera mi descuido para saltarme a la cara. Sin embargo, sé que me tengo a mí misma. Saborearé cada bocado que me lleve a la boca, admiraré cada jacaranda y cada trébol que me encuentre, sentiré al viento acariciar mi piel, disfrutaré andar con los pies descalzos sobre el césped, amaré a cada mujer que me acompañe en la caminata. Evolucionaré, cambiaré y creceré en complejidad. Aún no está claro el destino, pero tengo seguro el camino que voy a tomar, estoy convencida de que voy a disfrutar cada paso.

*Texto elaborado a propósito del curso Cartas a mí de Ímpetu Centro de Estudios.

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La Crítica