Karina Vergara Sánchez

Rogelio es el progenitor de Lucía, una niña de siete años. Hace un año y medio se separó de Magda, la mamá. No aportaba ni en dinero ni en especie para la manutención de la pequeña y, cuando se fue, se llevó el auto, la pantalla, la lavadora y otros enseres de casa que habían comprado entre Magda y él.

A pesar de esas violencias económicas, Magda se ha esforzado por tratar de mantener el vínculo entre su hija y Rogelio, pues el saber popular y algún “especialista” le han hecho creer que dicho vínculo paternal es indispensable para el sano desarrollo de Lucía.

Hace dos meses, Rogelio le dijo a Magda que llevaría ese día, un sábado, a Lucía a comprar unos zapatos que le hacían ya falta y la regresaría a las seis de la tarde. Magda se alegró de que, por fin, Rogelio comenzara a responsabilizarse de las necesidades de la niña.

A las seis de la tarde no llegó Lucía y Rogelio no respondió el teléfono ni los mensajes. Magda se volvió loca de preocupación buscando a ambos. Hasta el lunes recibió un mensaje del teléfono de Rogelio en donde le hacía saber que había decidido ser él quien va a criar a la niña, ya que ganaba mucho más que ella y no estaba de acuerdo con la forma en que Magda educaba a su hija.

A pesar de los reclamos primeros y, luego, de los ruegos, hace dos meses que Magda no ha visto a Lucía. Sólo han tenido una corta conversación telefónica en dónde Lucía preguntó a Magda por qué la había abandonado y, ante el desconcierto por esa pregunta injusta e inesperada, Magda no supo qué responder.

La sustracción mediante engaños de Lucía no es un caso único. A diario ocurren este tipo de sustracciones de niñas y niños, desde lactantes hasta adolescentes, por sus progenitores. Las cifras son subregistradas, pero quienes acompañamos víctimas de violencia sabemos que son hechos que suceden a diario.

Las madres dejan de ver a sus hijas e hijos por horas, por días, por meses o por años.

Por supuesto que también hay madres que evitan a sus hijos el contacto paterno. Sin embargo, ambas situaciones no pueden ponerse en una misma balanza, debido a que, por las diferencias de poder social entre hombres y mujeres, las motivaciones difieren, lo métodos difieren, los recursos económicos y apoyos de una mujer que escapa con sus menores son distintos y la reacción de familiares y entorno social no es la misma.

Por ejemplo, en caso de necesitarlo, una mujer que pidiera asilo a sus familiares lejanos junto con sus niños, será considerada como una mujer más, de tantas, en problemas con el marido. Un hombre en las mismas circunstancias es considerado como noble y responsable por ser un padre que pelea por sus hijos.

Invito a recordar el éxito del papel de Will Smith en “En busca de la Felicidad”, película taquillera estadounidense que muestra a un hombre haciendo cosas como poner a dormir a su hijo pequeño dentro de un baño y es considerada una historia conmovedora e ícono de la paternidad. Entre tanto, si una mujer pusiera a su hijo a dormir en un baño, sería entregada como maltratadora a las autoridades, entre otras imágenes por el estilo que aparecen en esa película.

Igualmente, dejando de lado las situaciones de violencia infantil, que ameritan otro tipo de análisis, los argumentos para las sustracciones paternas se relacionan con el desacuerdo con la forma de crianza o educación, la falta de capacidad económica de la madre, la falta de tiempo para el cuidado -debido a muchas horas que se dedica al trabajo asalariado- o, que la madre sale a divertirse y “descuida” a sus menores. Entonces, se le arrebatan sus hijas y sus hijos, porque ella no es lo bastante “buena” madre.

La fachada que se otorga a estas acciones es la preocupación por el bienestar de menores. Sin embargo, basta poner atención para mirar otro horizonte. Los sustractores no trabajan en la conciliación de las formas de crianza y educación antes de llevarse a las pequeñas o pequeños; no proponen un apoyo económico generoso o, cuando menos, más justo para facilitarle a ella la crianza y que no tenga que trabajar tantas horas asalariadas; no se reconoce la necesidad y mucho menos se negocian espacios y tiempos de esparcimiento para ella, no se privilegia el vínculo materno antes de arrancar a una o un menor de su cotidianidad… Entonces no están ocupándose del bienestar infantil, están justificando un acto de abuso de confianza y de control.

Socialmente, poca comprensión y contención hay para la madre. Se le exige tener niñas y niños bien disciplinados, limpios, cuidados y atendidos, aunque trabaje ella jornadas largas; que no pida pensión o no pida más pensión porque entonces es una mantenida, ambiciosa o aprovechada; pero, que no trabaje tanto porque los descuida; que no pida apoyo para el cuidado porque es una comodina; mucho menos, que pida apoyo de cuidados para poder salir a buscar esparcimiento. De una u otra forma será denostada como “madre luchona” y cualquier necesidad que exprese dejará de ser válida.

En cambio, un padre “solo” conmueve socialmente. Solidaridad de otros hombres en lo laboral y en lo cotidiano, porque saben su situación. Se le toma como ejemplo de equidad de género, responsable, «no los abandonó». Es bueno, alejo a sus hijas e hijos de una madre que, siempre se le cree, era “inconveniente”, “mala” o “loca”. Manos de madres, abuelas, novias, hermanas, tías, vecinas, maestras, sobran; desde ayudar a cambiar un pañal, preparar la comida, cuidar durante el día mientras él trabaja, cuidar una fiebre durante la noche porque “pobrecito” o criar por años porque una nunca debe ser como la luchona que les descuidó. Él no está nunca solo.  

Es necesario mostrar que, dado ese clima de apoyo e impunidad sociocultural, los progenitores pueden darse el lujo de llevar a cabo estas sustracciones con frecuencia y de decidir si la sustracción durará unas horas, un fin de semana, sólo como “un susto” para reafirmar su control sobre una mujer que ha dejado de ser su pareja y a la que ya no pueden controlarla de otras formas. También, la sustracción puede durar más o ser para siempre como un castigo porque ella tiene una nueva pareja, porque ha decidió entrar a estudiar o trabajar, cambiarse de casa o por cualquier otro ejercicio de autonomía que, lo sepa ella o no, a ellos los haga sentirse afrentados.

Es legal en México. Cualquier hombre puede llevarse a su hija o hijo del cobijo materno, mientras no haya un dictamen de guarda y custodia asignada a alguno de los progenitores. Y, las madres, generalmente, no promueven en primera instancia esa sentencia tras la separación pues desean mostrar buena voluntad, que “confían en él”, para “llevar las cosas en paz” o porque temen desatar su ira y su violencia. No logran hacerlo, con frecuencia, hasta que ya es tarde.

Los hombres, una vez realizada la sustracción, para tener las ventajas legales y sociales necesarias para mantener la custodia, sólo necesitan crear una red de cuidados en la cual los familiares colaboran gustosamente, y los sustractores aprovechan para establecerla mientras las madres intentan encontrarlos, digerir el golpe, tratar de entender, de negociar o de llegar acuerdos. Es decir, desde el principio ellos tienen todas las prerrogativas. Por ello, la madre, que fracasa en la negociación interpersonal, cuando llega a instancias jurídicas, se enfrenta a un proceso en que recuperar la custodia de la/el menor será largo y difícil. 

Recuperando o no la guarda y custodia, el poder reencontrarse, ver, llamar por teléfono o salir a solas con su hija o hijo se convierte en el enfrentamiento con una maquinaria en donde tendrá que demostrar que es capaz de hacerse cargo de aquello que ya hacía, pero bajo una doble vigilancia y tutela del Estado cómplice del padre sustractor. Porque esa es la función del Estado, garantizar el derecho del padre a su paternidad y al control.

En tanto, las diferencias socioculturales, los diferentes accesos a la justicia entre hombres y mujeres, las distinciones de valor entre la paternidad y la maternidad son ignorados por un discurso “igualitario” del sistema legal. Ese fingido “mismo trato” -al no reconocer el contexto- no es que trata por igual, más bien acrecienta la injusticia y perpetúa el privilegio de aquellos que ya lo tienen.

Legalmente entonces, Rogelio, el padre del que hablaba al inicio de esta columna, puede retener a la niña porque mientras no hay custodia asignada, no hay delito alguno en la forma en que se llevó a la menor, se está desconociendo todo el entramado de injusticia que separa a Magda y a su niña.

Magda no ha vuelto a ver a Lucía, está apenas iniciando un proceso formal en materia de juicios familiares y pidiendo, aunque sea, visitas regulares. Podría ser que tarde meses o años en regularizar el reencuentro con Lucía.

Que Rogelio se llevara a Lucía es legal. Que cada día haya progenitores que sustraen a niñas y a niños es de una legalidad que desconoce y no sirve a la realidad de las mujeres. Por lo tanto, la sustracción paternal legal de menores es uno de los tentáculos con los que actúa la legalidad patriarcal.

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