Cuento

[Cuento] Hora de partir

Por Alejandra Peña López, Magda Calderón Rodríguez, Nayeli Granados Pérez y Montserrat Pérez Campos

 

Llevaba horas dando clic en páginas de renta de inmuebles. La mayoría de los espacios que le gustaban eran caros o alejados de la zona de la ciudad donde era feliz. ¿Por qué es tan difícil encontrar casa? Bueno, departamento, porque las casas definitivamente estaban fuera de su presupuesto. Qué bello sería encontrar una casita, sí, con un pequeño jardín donde tener un huerto o para colocar una hamaca y ver cómo pasan las horas.

Un clic más. “No se aceptan mascotas”. Otro clic. “Aval con propiedad en la ciudad, no niños, no perros, no fiestas, dos rentas de anticipo”. Clic… “Habitación en azotea. No incluye servicios”. Sintió un dolor punzante en la cabeza y cerró la computadora.

¡Ana! ¿Estás ahí? – oyó gritar a su amiga Carmen en la calle. Hacía tiempo que el timbre de su departamento no servía, así que tenía un letrero indicando que gritaran si la buscaban. Casi siempre, quienes lo hacían eran cobradores de deudas. Y algunas veces, mujeres que querían ver sus productos de bisutería con los que ganaba al menos para completar el pago de la renta. A Carmen tenía rato que no la veía. Bajó a abrirle.

-¿Te mudas? – fue lo primero que le preguntó al ver cajas y bultos por todos lados.

Ana la puso al corriente en pocas palabras: la ruptura con su ex, la renta que para ella sola era impagable, las ventas cada vez más escasas, el poco tiempo que tenía para encontrar otro espacio… para entonces, su voz quebrada hizo que Carmen se acercara y la tomara de las manos.

– Ana, aquí estoy. No vas a pasar por esto sola. – le dijo.

Meses después, Ana recordaría ese momento. El alivio que sintió al compartir su angustia y la paz que la invadió a través de las manos de su amiga. ¡Cuántas cosas cambiaron desde ese día! La repentina visita de Carmen fue lo mejor que le pasó en el torbellino que era su vida en ese momento.

Carmen le ayudó por un par de horas a buscar algún departamento, pero nada parecía lo suficientemente accesible para el poco salario de Ana. Y lo que se podía acercar a su presupuesto implicaba compartir departamento con alguien que no conocía. Cansada, Ana suelta un suspiro.

—Quizá necesitamos tomar un descanso- le comenta Carmen al percatarse la mirada perdida de su amiga.

—Sí, podemos tomar un descanso. Iré a comprar un par de cervezas a la tienda y para hacer jochos , ¿te parece?

—Está bien. ¿Quieres que te acompañe?- le pregunta Carmen

—No, no te preocupes. No tardo nada.- le responde Ana al momento que se levanta.

Después de tomar llaves, una bolsa de tela y su cartera Ana sale del departamento.

Era la tarde de un sábado a media quincena, por lo que la gente no abarrotaba las calles paseando por la ciudad. Ana miró el cielo azul despejado. Miró los árboles olvidados, el pasto que crece en las grietas del piso. ¿Qué la ataba tan fuerte a un edificio descuidado? ¿Qué la ataba tanto a un barrio inseguro? ¿Qué la ataba tanto a una calle, a un departamento, a un recuerdo?

Cuando su mente parece escabullirse en el camino de una grieta, Ana olvida. Olvida que la misma flora que sale entre el pavimento es la que aparece por casi todas las calles de la ciudad. Cuando su mente camina entre los locales alrededor del departamento, olvida que no existen ruidos nuevos que descubrir sobre la acera. Ana olvida y no olvida. Que existen más calles en las que vivir y que los ruidos; pasajes de ciudad y su sonrisa será las mismas en cualquier lugar. La nostalgia la acecha, pero ella la disfraza de miedo.

Hundida en sus pensamientos, apenas se percató cuando ya había regresado a su edificio. Girando las llaves de la puerta del departamento, con todo listo para comer.

Carmen la esperaba con una media sonrisa. Ana abrió una cerveza para cada una y brindaron por el momento que tenían para ellas. Entre las dos comenzaron a preparar la comida mientras la cabeza de Ana no dejaba de trabajar pensando en qué pasaría con ella.

—Lo que más me pesa- le dijo Ana a Carmen rompiendo el silencio de imprevisto – es que nunca he sentido que tengo un espacio para mí. Siempre he vivido en casa de alguien más o con alguien más. Y en un principio está bien, pero siempre termino sintiéndome como una invasora.

Carmen abrazó a su amiga. No sabía qué decirle. Y no importaba porque era una de esas veces en las que no era necesario decir nada. Ana regresó el abrazo, se limpió las lágrimas del rostro y le dio otro trago a su cerveza.

—Gracias por estar aquí,- le dijo a Ana sonriendo.- No sé si hoy encontraré depa, pero que estés aquí escuchándome y ayudándome es un respiro de aire fresco.

—Cuenta conmigo siempre, amiga.- contestó Carmen.- Y, si definitivamente no encuentras nada y tienes que salirte de aquí, puedes venir a mi depa. Es pequeño, pero nos apañamos en lo que sale algo.

Ana agradeció el gesto de su amiga. Y así, en esa atmósfera de amor y apoyo, se sentaron a comer, a reír y a seguir platicando. En la semana que siguió a la visita de Carmen, Ana encontró un departamento que se ajustaba a su presupuesto y aceptaba a sus mascotas. No era para nada la casita con jardín con la que fantaseaba, pero era un buen lugar, y aunque quedaba un poco lejos de donde Carmen vivía, ambas encontraron un cafecito acogedor a mitad de camino. Ahí sentadas comenzaron a crear nuevos recuerdos.

 

 

*Este texto es resultado de un ejercicio de escritura colectiva que se realizó en el taller de lectura y creación literaria de Ímpetu Centro de Estudios, A.C. impartido por Montserrat Pérez.

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