Feminismo

Claudia Zenteno, una guardiana de los humedales en la Ciudad de México

Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

 

En el sur de la Ciudad de México hay un humedal en riesgo de desaparecer. Su extinción significaría la pérdida de un sistema vivo en el que habitan plantas y animales endémicos, y que aporta un sinfín de beneficios ambientales para la quinta urbe más poblada del mundo. 

Una de sus protectoras principales, una señora de 56 años de edad que documenta día a día la degradación de esta Área Natural Protegida, vive bajo hostigamiento y amenazas por parte de quienes buscan expandir la marcha urbana y cometer un ecocidio.  

 

La maravilla detrás del monte

Claudia Érika Zenteno Saldivar es la guardiana de los humedales y defensora de los derechos ambientales. Conoció el Sistema Lacustre Ejidos de Xochimilco y San Gregorio Atlapulco en 1984. Tenía 29 años y buscaba dónde vivir junto con sus dos hijas, un hijo y su esposo. Le advirtieron que no buscara vivienda en esa zona de Xochimilco porque no tenía desarrollo urbano; sin embargo, fue precisamente la posibilidad de habitar un lugar rodeado de naturaleza y alejado del caos citadino lo que la animó a seguir una oferta de terreno hasta allá. 

El día que le mostraron una propiedad sobre el Circuito Cuemanco Sur, en Xochimilco, Claudia observó un pequeño monte que estaba exactamente enfrente de donde viviría. Guiada por su personalidad exploradora y su gusto por la naturaleza, trepó el monte y lo que vio la convenció de cerrar el trato ese mismo día.

“Me quedé maravillada de lo que vi, porque lo que yo vi fue extraordinario: estaban las chinampas; vi el agua, no era totalmente transparente, pero estaba hermosa. Lo que más que quedé así (sorprendida) fue unos pajarotes, vi una garza. Todo esto estaba limpio, no había una sola casa. Estaba abierto, estaban los ahuejotes (árboles oriundos cuyas raíces ayudan a contener las chinampas) pero alcanzaba a ver toda la biodiversidad”, relató la defensora en entrevista con La Crítica. 

Pelícanos, chinampas, lirios, ajolotes, rana moctezuma, aves migratorias (como golondrinas y pájaros carpinteros), garzas, patos canadienses, gallinitas de agua, loro, muérdago, y otras especies únicas habitaban la zona chinampera de Xochimilco y lo que -después se enteraría Claudia- era uno de los últimos humedales de la Ciudad de México. 

Por su sistema de chinampas, una forma de cultivo única en el mundo, en 1987 esta zona lacustre fue inscrita en el Catálogo del Patrimonio de la Humanidad, por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Después, el 7 de mayo de 1992, el gobierno federal declaró ese lugar como Área Natural Protegida (ANP), lo que quiere decir que es una zona prioritaria de preservación y conservación del equilibrio ecológico. 

El 2 de febrero de 2004, la Convención Internacional sobre Humedales Ramsar inscribió a la zona lacustre de Xochimilco en la Lista de Humedales de Importancia Internacional.

Además de su riqueza ambiental, la zona lacustre de Xochimilco es de relevancia cultural, ya que en la época prehispánica fue un centro de manejo productivo agrícola de gran importancia en la cuenca sur-oriental del Valle de México. 

 

La invasión

Claudia visitaba continuamente el escenario natural que le ofrecía la zona chinampera, hasta que un día, en 1996, se percató de la introducción de camiones con desechos de la construcción y mudanzas sobre el área de conservación. 

Al alertar al gobierno de la alcaldía de Xochimilco, las y los funcionarios de entonces minimizaron el problema. “No son más de cuatro casas”, le habrían respondido. Veinticinco años después, esas cuatro casas suman ya más de mil 500 viviendas con 140 mil personas, quienes, de acuerdo con la Procuraduría Ambiental y de Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México, integran 300 asentamientos humanos irregulares, 17 de los cuales están en el pueblo de San Gregorio Atlapulco. Hasta 2019 se estimaba que estos asentamientos irregulares han devastado 70 por ciento de la zona chinampera y del suelo de conservación, así como de la zona cerril. 

Un año después de su descubrimiento, en 1997, Claudia empezó a denunciar y documentar formalmente el cambio sistemático y gradual del uso de suelo en los humedales de Xochimilco. Para tal tarea, la defensora ha hecho de todo, desde presentar escritos, demandas penales, participar en mesas de trabajo con el funcionariado de la Ciudad, hasta investigar por cuenta propia y reunir la evidencia que sustente cada una de sus denuncias.

“Me meto al suelo de conservación. Así como me ves me pongo gorras. Genero una serie de artimañas para hacerlo. En mi bicicleta, en mi motocicleta (…) aprendí a documentar en el Registro Nacional Agrario, en el Registro Público de la Propiedad, ante no querer ser cómplice de la autoridad”, explicó.

Como parte de su documentación, Clauida conoció y se vinculó con los propietarios originales y legítimos del predio en conservación; se trata de personas ejidatarias y dueñas individuales, quienes fueron despojadas bajo intimidaciones y violencia  -de acuerdo con lo que ha investigado la defensora- por una primera familia que, aliada con partidos políticos y la delegación, se asentó ilegalmente en la zona chinampera, rellenó los humedales, dividió la zona en lotes, construyó accesos y viviendas de concreto que renta y vende lo mismo a personas de muy escasos recursos que a funcionarios y personas adineradas que han aprovechado el espacio natural para construir grandes casas, vivir en ellas, venderlas o rentarlas.

 

Casas y autos de lujo

De camino a la casa de Claudia se observa un canalito de agua de calidad casi residual. En cosa de horas, un grupo de personas iniciará trabajos para rellenar con concreto lo que debería ser un paso natural de agua limpia. En las inmediaciones se observa también tomas de aguas clandestinas que provocan pequeñas fugas de agua potable, y los bordes de los asentamientos están rodeados de nudos de cableados inseguros.

Este asentamiento tiene lo mismo viviendas de lámina y cartón que casas de hasta cuatro pisos de alto, algunas con acabados de lujo y otras con grandes extensiones de pasto que se convirtieron en patios privatizados con rejas metálicas. Por sus calles entran y salen camionetas y vehículos costosos, además de camiones con material de construcción que indican que, a pesar de las recomendaciones de la Comisión de Derechos Humanos y la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial de la CDMX de regresar la zona de conversación a su estado original, la mancha urbana se expande diariamente frente a los ojos de todo el mundo.

“Esto es un coto de poder político, económico y social porque las personas que viven dentro van a la alcaldía con un recibo de teléfono y les dan un comprobante de que habitan ahí, y en el INE ya tienen acuerdos para extenderles la credencial de elector. Con eso van y votan”, explicó. 

El riesgo no es menor. Un humedal representa ecosistemas estratégicos para la conservación de la biodiversidad y la salud humana. Estos cuerpos de agua, que pueden ser pantanos, lagos, ríos, turberas, oasis, estuarios y otros cuerpos de agua regulan y nos protegen de inundaciones, tormentas y huracanes; además de que almacenan agua y recargan los mantos acuíferos; contribuyen al mejoramiento de la calidad del agua; estabilizan los suelos y prevén deslaves. 

El humedal de Xochimilco tiene a su cargo, además, la permanencia de los agrosistemas tradicionales chinamperas. Asimismo, mantiene la calidad y dinámica del agua de la Cuenca de México, que es la más importante del país porque provee de agua a más de 21 millones de habitantes del Estado de México, Ciudad de México, Hidalgo, Tlaxcala y Puebla. Su rescate es impostergable. 

Foto: Pixabay

Dos décadas en defensa del agua

Antes de casarse y formar una familia, Claudia estudiaba Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México. A semejanza de sus abuelas, su papá y su mamá -que alguna vez se plantó afuera de Los Pinos para exigir se respetaran sus derechos-,  desde niña aprendió a defender lo que consideraba que era justo. 

Si bien Claudia dejó los estudios para dedicarse al hogar, nunca abandonó su vocación de defensora, por lo que, en cuanto descubrió el daño inminente que se vendría contra el humedal, interpuso dos denuncias penales contra las familias invasoras.

Además de denunciar penalmente por delitos ambientales, Claudia se ha dedicado a investigar y documentar cada uno de los pasos que ha dado la mancha urbana en el humedal. Se “ajolotea” (disfraza), como ella dice, para investigar de forma discreta con fotografías, notas, documentos, además de que ejerce su derecho de acceso a la información a través de solicitudes por Transparencia. 

Producto de la batalla legal, Claudia consiguió que se emitiera una sentencia penal por el cambio del uso de suelo en la que, además de condenar a una persona a tres años en prisión y el pago de 53 millones de pesos por el daño a la zona de conservación, exige a las autoridades de la Ciudad de México la recuperación inmediata de los humedales. 

También ha incidido en el Poder Legislativo para que se presenten puntos de acuerdo a favor del rescate de la zona chinampera y en instancias internacionales, como las Naciones Unidas, para dar a conocer el ecocidio que ocurre en México. 

Si bien este trabajo constante le ha ganado fama como defensora de los derechos humanos y del medio ambiente en la Ciudad de México, también le ha traído los dolores más grandes que ha tenido que enfrentar en la vida. 

 

Amenazas contra la tranquilidad

En estos 20 años de defensa del medio ambiente, Claudia y su familia han vivido represalias de todo tipo: recién que interpuso las primeras acciones legales contra los invasores, sujetos no identificados asaltaron a su hija afuera de su casa. En 2006 enfrentó una batalla legal que duró un año por un procedimiento administrativo que le interpusieron para que derribara toda su casa. En 2010, también sujetos no identificados picaron en el estómago a su hijo, de entonces 20 años de edad; meses después, el joven fue torturado y privado de la libertad por nueve días, lo que lo llevó a hospitalizarse y, más tarde, a un intento de suicidio. También destruyeron su automóvil familiar y les robaron; personas que habitan el asentamiento irregular la agredieron físicamente, cuando su familia intentó defenderla también la agredieron, incluyendo a su nieto de dos años; y una camioneta que carga material de construcción para el asentamiento intentó atropellarla. En 2020, funcionarios públicos de la Alcaldía Xochimilco la acusaron de tener una toma de agua clandestina dentro de su casa y clausuraron la entrada.  

Por todos estos hechos, Claudia está incorporada desde 2019 al Mecanismo Federal de Protección de Personas Defensoras y Periodistas. No obstante, las medidas que le han dictado hasta ahora no han servido para detener el hostigamiento en su contra. En julio pasado, personal de la Comisión Federal de Electricidad intentó quitarle los reflectores que tiene en su casa, dos que le puso el Mecanismo y otros dos que puso ella para proteger su casa de un nuevo ataque. 

A pesar de todo, continuará la defensa porque lo que está en juego, dice, “son más de 2 mil hectáreas de Área Natural Protegida que se la está tragando la mancha urbana, se la está tragando las obras urbanas, y se la está tragando el mismo Estado por su acción y omisión, con su set de grabaciones, con su puente vehicular y con su permisividad para el cambio de uso de suelo”.

 

Árbol Guerrero 

Claudia, que es integrante de la Coordinación de Pueblos, Barrios Originarios y Colonias de Xochimilco (en defensa de la biodiversidad de esa región), ciclista y bombera honoraria, viste un pantalón deportivo y un mandil con manchas de pintura azul. 

En el trayecto de camino a su casa recoge un tronco ancho que encontró en medio del concreto. Lo carga todo el trayecto hasta llegar al espacio en el que concede la entrevista: un pedazo de camellón frente a su casa en el que sembró al menos cinco árboles frutales y una decena de plantas con flores y hierbas; puso un arco de ramas e instaló troncos grandes para hacerlos centros sagrados. Los pintó de azul agua y rojo. 

Entre su casa y el humedal devastado, Claudia construyó un oasis donde el tiempo pasa sin que se mida, me explica. Ahí convive con sus nietos y les explica la importancia de la naturaleza y les construyó un camino azul para que sepan dónde pararse sin caerse.

Claudia se acerca a un par de árboles y le da los buenos días a los abejorros que tomaron dos troncos como casa. Se acerca a un árbol en específico y lo abraza. Se llama “Guerrero”.

Como parte de un proceso de sanación que ha llevado con la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos, Claudia se ha dado a la tarea de buscar a sus ancestras. Así descubrió que su linaje femenino proviene del pueblo nahuatlaca, que está vinculada con la diosa Chalchiuhtlicue (la deidad de las aguas terrestres). Sus abuelas y bisabuelas fueron defensoras de la madre tierra, del agua y curanderas. 

“Tengo un enamoramiento hacia la madre tierra. Siempre me enseñaron tanto mi madre como mi padre a tenerle un respeto. Vengo de gente campesina, gente humilde, trabajadora y gente respetuosa. Y tengo una madre luchadora, activista (…) yo siempre vi que mi madre andaba defendiendo a todo mundo”, explicó.

Por eso, a pesar de los embates que significan su defensa de los humedales, Claudia no piensa detenerse. Por el contrario, además del asentamiento irregular, ahora participa en la resistencia de pueblos contra el Puente vehícular Periférico-Cuemanco que el actual gobierno de la Ciudad de México terminará de construir antes de que concluya 2021 a pesar del gran rechazo que ha tenido este proyecto entre las y los vecinos de la zona.

Mientras vamos de regreso en la “escoba voladora” de Claudia (como llama a su moto, que aprendió a conducir después de las agresiones que vivió para trasladarse lo más pronto posible), la defensora se detiene al menos tres veces frente a las obras del puente y, sin miedo a la respuesta de los trabajadores de la construcción, toma fotografías. Ahí donde la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum asegura que se mejorará la vialidad con más infraestructura para vehículos, decenas de residuos de construcción flotan entre pequeños lirios, los remanentes de un lago antiguo que aún podría salvarse. 

Foto: Pixabay

 

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La Crítica