Por Andrea Vega Sánchez

Rosario, hija de Lucia y José, vive en Taponas, Huimilpan, un municipio a las afueras de Querétaro. Desde pequeña aprendió de su madre los saberes de la medicina tradicional herbolaria.

Cuando era pequeña me encantaba visitarla y perderme en su cuarto pintado de color verde adornado con colgantes de colores y paredes llenas de imágenes de varios santos, ahora solo quedan esas fotografías en mi mente.

Junto a una pileta tenía un espacio donde habían infinidad de plantas, entre ellas se asomaban firmes y radiantes unas hojas de marihuana. Una de las fotografías en mi mente es tocándolas y admirando sus formas, era uno de los lugares favoritos para pasar el rato cuando la visitaba.

Cuando llegaba la noche, mis primos entraban a la casa corriendo anunciando la llegada de las brujas al cerro que se observaba desde el patio de su casa: “¡Vengan a ver a las brujas!”, gritaban. Eran bolas de fuego que se movían saltarinas de un lado a otro. Yo las observaba tratando de buscar una explicación.

Qué tiempos tan bonitos pasaba de niña en ese pueblito, donde junto con las primas y los primos nos íbamos a nadar a un cauce de agua de dudosa procedencia, incluso hasta se me llegaron a pegar los piojos, pero siendo niñas no nos importaba.

Al regresar del juego mi abuela nos esperaba ya con la comida, porque mientras las y los niños nos íbamos a jugar, las y los adultos se quedaban a platicar “cosas de grandes”.

Mientras crecíamos, las cosas iban cambiando. Mi madre cada vez ponía más pretextos para no ir de visita al rancho y por lo tanto yo tampoco iba. Al principio no entendía el porqué, hasta que ella me contó de los comentarios hirientes que alguna vez le llegaron a hacer. Claro, yo también recuerdo esos comentarios que siempre hacían sobre mi cuerpo.

Siempre ha habido en esa familia prácticas poco honestas y machistas. Reproduciendo ese sistema patriarcal y misógino. Los tíos violentando a las tías y las tías callando.

Tal vez mi abuela permitió que esas prácticas se fueran gestando cuando solapaba a sus hijos, tal vez. Y qué decir del ejemplo de mi abuelo con su indiferencia y los golpes que les propiciaba a las mujeres.

Mi abuela Rosario fue la primera que rompió y puso un alto a esa violencia. Un día con cuchillo en mano le dijo a mi abuelo Chano: “Me vuelves a poner una mano encima y te lo encajó”, jamás la volvió a violentar.

Poco a poco dejé de ir a visitarla.

El patriarcado me alejó de ella. Me impidió aprender como mi prima Tere a hacer una limpia con un huevo, a curar de empacho como mi tía Mari, a preparar pócimas y brebajes mágicos para sanar la cuerpa y el alma. Me alejó de sus ojos llenos de flores, de sus valentía para bailar en las calles, de sus risas desbordantes, de sus palabras que reconfortan.

La violencia me alejó de Taponas, de los bonitos recuerdos de cuando era niña. De mis primas, de mis tías, de las brujas. Y no sé cómo volver. ¿Cómo se vuelve a dónde se fue feliz pero como en un río, ya no corre la misma agua?

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