Arte

[Verano Feminista Literario] Agujas

Imagen: Pinterest

Por Lorena Castro Castro

Con la edad, le ha empezado a temer a todas las situaciones en las que no puede ocultar la vulnerabilidad de su cuerpo. Para conjurar el susto, mentalmente repite una lección aprendida hace poco: “Toda transformación implica un poco de dolor”.

Un piquete en cada antebrazo, otro en el borde externo de ambas manos, justo en la mitad: “Respírelo, que este va a doler”. Una exhalación después de cada pinchazo. Le levanta la camiseta: tres agujas más en la barriga. La acupunturista parece saber lo que hace. Se acercan dos mujeres a ayudarle. Supone que son aprendices. Le sonríen. En un momento, las tres mujeres están sobre ella, le ponen una manta encima, le remangan el pantalón. Cuatro agujas más, dos en cada pierna. La que más sabe le dice que respire profundamente, sin que el pecho suba, y que imagine que tiene la nariz en el ombligo: “Respire así un ratico. Se va a sentir diferente”.

Su abdomen es el lomo de una gran ballena que —nadando, nadando— expulsa agua a presión a través de su espiráculo. Con el aire empieza el frío. Frío, mucho frío. No se escucha nada, no hay música, salvo un regaño mental por sentirse cómoda al ser cuidada, por la autoindulgencia. Y ahora, un dolor intermitente, un nudo justo debajo del ombligo que se empieza a soltar.

Antes de este momento, la acupunturista le dice que escoja la camilla que quiera. Gotas diminutas de sangre seca sobre las sábanas de color rosado. Viene el asco, el miedo de contagiarse. Recuerda una campaña en Brasil en contra de la estigmatización de las personas con VIH y sida. Hicieron carteles impresos con tinta hecha a base de sangre seropositiva. Un joven besando uno de los afiches; sus ojos llenitos de compasión y amor. Exhala aliviada.

Le clavan una aguja en la coronilla, para ayudar a la mente a quedarse en blanco. Tan grande, tan independiente, tan autosuficiente: “Eres un tigre”, le dijo cierto hombre gentil. Soy un león. Soy una cazadora. Soy un guerrero espartano, se dice. Un guerrero espartano con miedo a que lo toquen con ternura. Soy yo la que no sabe abrazar, se dice.

**

Las agujas siempre presentes en la vida. Primer referente: el cuento de la chica vudú de Tim Burton. Ella se clavaba alfileres en el corazón para no sentir, para no sufrir… Hasta que se le olvidó cómo eran las emociones, cómo era querer. Si alguien se le acercaba, los alfileres se hundían cada vez más dentro de ella.

Las agujas siempre: para zurcir, para bordar en punto de cruz, para tejer bufandas y cobijas de lana, tejer para dejar hechas nudo las tristezas, para hacer prendas para abrigar —a sí misma y a otros—.

Las agujas en la música, al cantar le han dicho que el sonido, los stacatti —notas cortas y rápidas, ejecutadas con un buen golpe de diafragma y aire suficiente— deben ser precisos, “como la punta de una agujita”.

Y más recientemente, agujas y puntadas, hilvanar el deseo con los actos concretos, los hilos se rompen y surge la sensación esquizoide, de mentira y simulacro, el desdoblamiento, el extrañamiento y, por ende, la mezquindad.

La última aguja, el dolor más reciente, el más placentero: una aguja en el labio, una aguja de piercing. La inyección de neurotransmisores de una herida de ese calibre da calma y gran somnolencia. Una aguja que fue una muleta, un adorno para poder seguir caminando.

**

Viene la acupunturista y le quita las agujas. Debe quedarse recostada un rato. Una de las mujeres que la atendió le pregunta qué pasa. Ni sabe por qué se le llenan los ojos de lágrimas de esa manera. Le acaricia la frente, el cabello y la deja estar. Con la liviandad residual del llanto, se levanta, se viste. Ya no hay más pacientes. Ya oscureció y emprende el camino a casa. Pesa 10 kilos menos. Afuera hace frío y ventea

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

La Crítica