Feminismo

[Vencer el miedo] Gritar para vivir

Erika Villalobos

Hace muchos años, más de 25, recuerdo que jugaba tranquilamente en el patio de la vecindad donde vivía con mi familia, que en ese entonces se conformaba por mi mamá, mi papá y mi hermana mayor.

Jugaba con mi hermana mayor y un par de amigas más, que también vivían en la vecindad. Principalmente jugábamos a la casita, a las muñecas o imaginarnos cómo serían nuestros esposos.

Desde que tengo uso de mi memoria las palabras: “Qué quietecita niña”, “qué dulce se ve con sus zapatitos rosas”, “se ve que va a ser muy tranquila, eso es bueno”, “qué voz tan suavecita tiene, ojalá que así siga”, fueron sentencias para mí.

Crecí con la idea de que, para ser una mujer es necesario mesurar la voz, no enojarse, no reclamar, no gritar y por supuesto, tener muchos zapatos. Crecí con un modelo fijo en el que la mujer no protesta, eso solo lo hacen las marimachas, porque una verdadera mujer tiene que cuidar la imagen que dé.

Así que la vida transcurrió, crecí, y tuve que salir a la calle sola. Al caminar en la calle escuchaba de todo, desde chiflidos hasta un “mamita que rico culo”. Nunca dije nada y siempre ignoré todo, porque yo me consideraba una mujer hecha y derecha, cuya prioridad era no hacer el ridículo en la calle al contestar a esa gente.

Cuando hice mi servicio social, en el primer día noté que varios hombres me veían sin ningún recato las nalgas. Ese día me había puesto un pantalón de vestir negro, una blusa blanca y unas zapatillas negras, pero fue más que suficiente para que me sintiera desnuda y expuesta. Todos los 5 meses y 29 días que transcurrieron para que terminara el servicio viví la misma situación, siempre en silencio porque no quería hacer “un escándalo por nada”. Después de todo, si hacía bien las cosas me contratarían, así que hice lo que siempre, callé.

La vida transcurrió rápidamente entre un trabajo y otro, y las miradas, las palabras, los gestos, los murmullos, las risitas, todo se fue quedando acumulado en mi cerebro. Hasta que un día cualquiera, cuando ya había cumplido mis 26 años, tomé un descanso del trabajo, tomé 10 minutos para ir a comprar un jugo de naranja porque no había desayunado. Caminaba tranquilamente, pensaba en todos los pendientes que tenía que hacer, hasta que un chico que caminaba en el sentido contrario me dijo: “Estás bien buena, mami”. Inmediatamente sentí como la sangre me hirvió, subió a la cabeza y sin poder controlarme le grité todas mis frustraciones acumuladas por cada chiflido, mirada o palabra. Ya no recuerdo las palabras exactas que le grité, pero lo que sí recuerdo es que esa vez yo no callé, sino que dejé al chico completa y absolutamente callado.

Ese día sentí la liberación de no reprimir mi coraje. Así que entendí que no podía seguir fingiendo, odiaba que los hombres me chiflaran, que me dijeran cosas obscenas y que me vieran las nalgas y más. Me prometí no volver a guardar silencio.

Ilustración tomada de Pinterest

Las primeras veces que respondí insultos me sentía mal conmigo. Frecuentemente pensaba que si mi mamá me viera se avergonzaría, pero no dejé de hacerlo, en cambio fui puliendo mis palabras para siempre estar lista cada vez que fuera atacada.

En poco tiempo de defenderme entendí dos cosas. La primera, todos esos hombres que siempre chiflan o te intimidan con palabras, no esperan que se les conteste, y menos con tanta agudeza. La segunda, cuando son confrontados, todos, sin excepción, niegan haberte dicho o hecho algo y siempre, siempre te dirán que estás loca.

Pues bien, ahora tengo 31 años y puedo decir que no solo no me dejo de las palabras o gestos de ningún hombre, sino que me he preparado físicamente para cualquier encuentro que ponga en riesgo mi integridad o mi vida. Claro que esto ha ocasionado que me digan que ese comportamiento no es de mujeres que se den a respetar y que debería quedarme callada, a lo cual yo contesto con gusto y con orgullo: “Nuestro silencio puede llevarnos a la tumba”.

Así que voy a gritar y voy a pelear, porque merezco una vida plena y merezco vivir sin miedo.

Detrás de cada mujer que ignora la situación por la que todas atravesamos, existe una carga social asfixiante, pero nuestro presente demanda acciones inmediatas. Nuestro ahora no esperará un después.

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