Cuento

Una nueva anormalidad

Por Utópica violeta

 

Era el año 2020. Una epidemia de alcance mundial impidió que Diana saliera de su casa por casi cuatro meses. El confinamiento la sorprendió en el proceso entre salir de la universidad y buscar trabajo, y pasaba el día entero mirando la televisión para espantar un pensamiento que la acosaba: “¿Qué lugar tendría en la ‘nueva normalidad’ que se avecinaba tras la pandemia, si ya no sería estudiante ni podría decirse trabajadora?”. Un sábado de mucho sol encontró la respuesta.

Ese día Diana se sintió inquieta. No soportaba estar un minuto más dentro del departamento en el que vivía con toda su familia. Apagó la televisión. No avisó a nadie, agarró su mochila (arrumbada a lado de la puerta desde hace meses que empezó el confinamiento) y salió a caminar por su colonia, en el Centro de la Ciudad de México.   

Caminó por media hora. Había poca gente en la calle y mucho silencio, el suficiente como para ensimismarse largo rato. Diana no podía dejar de pensar en que no había sido una buena época para ella ni para otras mujeres. Ese año, la pandemia dejó a más de 400 mil mujeres desempleadas en México.

Diana sabía que varias de sus amigas fueron despedidas a penas un mes después de que inició el confinamiento, a muchísimas otras les redujo su salario. También supo por las noticias que algunas obreras habían muerto en el norte del país porque, a pesar de que la epidemia era por un virus altamente contagioso, las maquiladoras las obligaron a seguir trabajando. Varias trabajadoras del sector de limpia en las ciudades también murieron ese año, todas contagiadas.

Luego de diez minutos de caminata, unas risas escandalosas la sorprendieron. Las risas eran tan diversas que el sonido parecía baile. Seguro había como 10 mujeres distintas ahí dentro. Diana se sorprendió del contraste: en su casa y en la calle permeaba un ambiente tenso y silencioso, mientras que las risas evocaban un ambiente festivo y alegre como el que hace muchos meses no escuchaba.

Diana miró a todos lados, pero la calle estaba absolutamente sola. Siguió las risas y caminó más lento hasta que dio con una ventana con cortinas moradas que no dejaban ver hacia dentro. De ahí salían risas. Diana se pegó lentamente a la ventana para escuchar mejor. Alcanzó a oír la voz de una mujer como de 50 años. 

— Bienvenidas a todas. Ya estamos listas para arrancar con esta nueva anormalidad– dijo la mujer con voz pausada.

¿De qué estaba hablando? ¿Se refería al regreso a actividades normales que está preparando el gobierno cuando disminuyan los contagios? ¿Por qué usó la palabra “anormalidad”?, se preguntó Diana. Continuó escuchando. 

— Una vez que iniciemos con esto ya nada será igual. La vida que conocíamos hasta entonces habrá cambiado por completo– siguió la mujer. 

Claro que la vida no será como antes, pensó Diana. La COVID-19 (como se llamaba la enfermedad) se convirtió en la primera causa de muerte materna en México, donde de por sí cada día morían 37 mujeres por razones ligadas con el embarazo. Al número de muertes de mujeres por el contagio se sumaban las 11 mujeres asesinadas en México cada día y 18 mil niñas y mujeres desaparecidas en el país. 

Diana pensaba en eso, cuando de pronto se oyó la voz de una niña como de 10 años: 

–No será como antes, pero será mejor. Podremos comer manzanas. Habrá higos. Mi mamá y yo vamos a estar juntas todo el día. Vamos a sembrar bugambilias y jacarandas– dijo efusiva. 

Definitivamente no están hablando de la nueva normalidad de la que habla el gobierno, porque, según las noticias, lo que vienen son muchas muertes, más pobreza e incertidumbre, dijo Diana cada vez más intrigada. 

–Bueno–  retomó la palabra una mujer como de 15 años, –estos son los planes: en dos días todas saldremos a las cuatro de la madrugada de nuestras casas. Ninguna irá a trabajar ese día. Ya estará todo listo para entonces.– 

–Conforme nos vayamos encontrando por la calle nos iremos tomando de las manos– dijo una voz más grande, como de 40 años –Caminaremos así hasta llegar a las avenidas principales. Haremos una valla humana alrededor de la colonia–. 

–Una vez que todas estemos entrelazadas gritaremos fuerte: Somos mujeres libres y hoy honramos nuestra libertad– dijo una mujer como de 30.   

–Después, todas nos dispersaremos en grupos. Revisen las rutas que hemos mapeado. Tomaremos las sedes principales de los partidos políticos, los inmuebles que fueron asegurados a los narcotraficantes o a políticos porque los obtuvieron mediante la corrupción, la violencia y el abuso de poder, y todos los edificios del gobierno federal que están desocupados. Vamos a empezar por esto, pero en los meses siguientes recuperaremos las casas de las que nos expulsaron, los jardines que convirtieron oficinas y todos los bienes que nos despojaron volverán a ser nuestros– dijo una mujer de voz joven pero enérgica.

— Lo tomaremos todos. Nadie podrá sacarnos. Ahí viviremos, trabajaremos, nos cuidaremos y de ahí comeremos todas– dijo una anciana.

— Ya estamos organizadas. Están listas las de los huertos, las de los invernaderos y las que harán la tierra más fértil. Ya están listas las maestras, las cocineras, las sabias, las brujas, las parteras y las médicas. Ya se organizó la cuadrilla de vigilantas– dijo otra anciana.  

A cada intervención le seguía una bulla de aplausos y gritos de felicidad. Lo que parecía la fiesta de un grupo de 10 mujeres, se volvió el bullicio de unas miles de mujeres detrás de una ventana con cortinas moradas.  

Luego de escuchar todo el plan, Diana sintió que pertenecía ahí más que ningún otro lado. No tuvo miedo; al contrario, tuvo ganas de abrir la ventana, descubrir las caras de todas esas mujeres que hablaban. Quería decirles que la dejaran entrar. 

Se armó de valor. Se acercó a la ventana y jaló lentamente la cortina. Estaba a punto de asomar por completo su cara, cuando su papá la despertó bruscamente del sillón frente a la televisión en el que se quedó dormida. 

— Deja de dormir y ponte a buscar trabajo que cuando pase esta pandemia no te quiero todo el día metida en la casa– le dijo el hombre.  

Dina miró con profunda tristeza a su alrededor y vio que todo estaba exactamente igual que siempre, excepto su mochila. No estaba a lado de la puerta, sino en sus pies, como si recién la hubiera utilizado. La abrió por curiosidad y dentro encontró un pedazo de hoja morada que decía con diversas tipografías: “la nueva anormalidad para las mujeres será aquella que nos regale oportunidades para vivir en libertad y dignidad. Levántate. Es hora de construir y vivir juntas nuestras utopías”. 

 

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