Stephanie Sánchez Vasconcelos

Siempre me contaron que mi abuela murió muy joven ahogada en el mar, y aunque nunca la conocí, a través de sus fotos supe que tenía un alma aventurera, intrépida, pero su mirada reflejaba algo de nostalgia; hace unos meses supe que el mar nunca le hizo daño, que en realidad ella abandonó a mi abuelo y a sus tres hijos, entre ellos mi padre, nadie quiso entrar en detalle sobre la historia, como si ya a nadie le importara, solo una tía me logró decir entre lágrimas, y lo que queda de sus recuerdos, que mi abuela nunca fue feliz ahí, que un día cuando creyó que sus hijos ya estarían mejor sin ella, solo se marchó y nadie la buscó.


Yo aprendí a nadar de niña y lo que más me gustaba del mar era ver como el viento crea las olas de diferentes tamaños y forma la blanca espuma que se deshace en la orilla al tocar la arena; a mí siempre me dio tristeza la historia de mi abuela, sobre todo cuando me sentaba a contemplar los atardeceres como ahora, pero ahora ya no siento esa pena, ahora estoy siendo un poco más valiente.

El día que escuché la verdadera historia sobre ella y su ausencia en mi vida, me dio mucho coraje, más bien por no tener su valor para irme también, porque como la suya, mi mirada estaba perdida en la nostalgia, y deseaba en mis adentros ahogarme en el mar, pero tampoco podía, en su lugar me ahogaba el aire que respiraba en un hogar al que no pertenecía, tenía tantas ganas de hacerle mil preguntas, de que me abrazara y me llevara con ella.Estuve tanto tiempo triste, buscando respuestas en todas partes, menos en mí, me la pasé tantas noches llorando bajo la regadera intentando ocultar mis lágrimas entre las gotas de agua fría, con mis ojos puestos en la nada, extrañando cosas que ni siquiera conocía y cultivando hábitos que nunca fueron míos, que solo necesitaba saber una verdad, saber que en otro tiempo, en otro espacio, alguien había sido valiente, que alguien también tuvo miedo, lo tomó y se marchó. Sé que el solo hecho de haberse atrevido a tanto ya es un gran logro, deseo que haya podido alcanzar lo que su alma, como a mí la mía, le reclamaba.


Lo último que guardé en la maleta fue una fotografía de ella, está seria, tiene el entrecejo marcado tratando de evitar el sol y una flor morada puesta en la oreja izquierda, algún día quiero una foto como esa, y es que ahora quiero tantas cosas, hace tiempo había dejado de querer, de ansiar, hasta de amar, había dejado de ir al mar. Ahora también me gusta sentir como las olas golpean mi cuerpo y disfrutar todos los colores que se cruzan ante mis ojos, ávidos de ver más paisajes, más puestas de sol, desde otros lugares, conmigo y con la valentía de las abuelas que nos acompañan a través del viento.

Foto de viveroagronomia.com.ar

 

2 thoughts on “Una flor morada

  1. Con esta lectura recordé a mi Yaya (abuela paterna). En alguna de mis relaciones de pareja donde viví violencia física, abuso emocional, me quebraba continuamente en llanto y en una ocasión recordé la experiencia de la Yaya (sola logró sacar adelante a sus 5 crías, porque a su lado tenía al -violador y secuestrador- que por si fuese poco, fue de los que olvidan el camino de regreso a casa). Algo me dije que me impulsó a retirarme de esa relación, yendo en contra de mil ideas del famoso «amor». Ella me quedó como referenta de valentía; supo que mucha gente la criticó porque años después, Yaya se reusó a cuidar a su esposo (tras haber sido baleado en la cabeza). ¡Amo a mi abuela!

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