Lesbofeminismo

Soy lesbiana. No celebro el mes o día del orgullo gay.

Itzeltal

En mi vida he transitado por varios espacios abanderados en posturas que al final han resultado lo mismo pero más sofisticado.

Desde que me declaré lesbiana de manera abierta y hasta los 25 años, esos espacios eran totalmente despolitizados, espacios GBT sostenidos por discursos de la igualdad del feminismo liberal y después, habré estado un año más o menos, atravesada por el feminismo posmoderno en sus expresiones queeristas y trans.

En los primeros espacios (GBT) no me detenía a reflexionar en mi vida, a historiarme, a narrarme, no sabía que lo personal era político más que por algún comentario descontextualizado, como si fuera algo de moda y tuviera más que ver con la marcha del orgullo gay que con una realidad concreta. A la marcha gay (porque para todo mundo éramos gay-así-en-general, nótese la misoginia-lesbofobia) fui un par de veces y así como no me historiaba, tampoco podía reconocer claramente a qué se debía el malestar que me provocaban los carros alegóricos repletos de hombres semi desnudos gritando a diestra y siniestra “pendeja” o “puta”, el ambiente de carnaval y besos de todos contra todos y la culminación del evento en cualquier bar de zona rosa en donde todo mundo seguía bebiendo y buscando con quién follar.

Ahora me pregunto qué de transgresor o radical tiene una súper juntada de hombres en su mayoría (porque siempre fue lo mismo, por cada 100 hombres, había 1 mujer), besándose y demostrándose amor… si los hombres siempre se han amado, si la civilización patriarcal se ha generado a partir de pactos y consensos amorosos entre hombres. No hay nada de especial o novedoso.

Sí había en mí un malestar, si había incomodidad, sí había mi cuerpa tratando de decirme algo, pero vivía despolitizada, siguiendo los discursos dominantes provenientes de la clase dominante (hombres), que aunque ahí fueran gay, bi, heterocuriosos, trans, seguían siendo profundamente misóginos, lesbofóbicos, clasistas, racistas, gordafóbicos… porque hombres. Entonces, no era capaz de escuchar atentamente eso que Lorena Cabnal llama las sospechas cosmogónicas.

Cuando me moví a los espacios queer-trans, según la yo de esa época, lo viví como una evolución. Sí, si antes era Jigglypuff ahora sería Ditto (referencia pokemonesca para las de la época).

Mi yo de ese entonces pensaba que si el espacio anterior estaba despolitizado y no se podía conversar con nadie si no era de fiestas, alcohol y ligues, este “nuevo” espacio prometía encuentros cultos, lecturas y debates. Pero es un espacio, que como el capitalismo; nos prometió bienestar, salud y abundancia y sólo nos ha traído malestar, enfermedad y empobrecimiento.

Sí comencé un proceso de pensarme, escribir mi vida y plantearme preguntas. Pero el pensamiento había sido ocupado por Preciado, Butler, sus referentes foucaultianos y en general la historia de los hombres.

Sí había espacios de debate, pero eran todos ocupados por hombres, las mujeres que estábamos presentes, o estábamos calladas o hablábamos de nuevas masculinidades, de otras corporalidades y de nuevas y más er(x)óticas formas de sometimiento heterosexual.

Entonces ¿qué sentido tenía historiar-me, escribir-me, narrar-me, si lo hacía ubicándome en una historia que me ha enajenado, si lo hacía desde el lenguaje de los hombres, con sus referentes y con sus propias preguntas, en sus espacios académicos o culturales en los que por lo demás siempre había un cuartoscuro de donde conocemos historias de horror y violencia hacia mujeres heterosexuales y lesbianas?

Sus preguntas no eran las mías porque ni siquiera hablaban de mí, de las realidades concretas, materiales, que vivimos las mujeres. Sus argumentos, teorías y propuestas no respondían a mis cuestionamientos existenciales. Sus autores o autorxs seguían negando-borrando a las mujeres, pero ahora como gran aporte performativo post estructuralista liberador emancipador deshacedor del género.

Yo fui ampliamente reconocida en ese contexto, pero sólo porque me nombraba en masculino, porque citaba a san Michel Foucault, porque me definía como pansexual (y esto aseguraba el acceso de los hombres hacia mi cuerpa) y porque les seguía haciendo la chamba política, de investigación y documentación, siempre en sus términos, con su lenguaje, sus herramientas.

Simplemente seguía presente la misoginia, la lesbofobia, el racismo, el clasismo… La explotación, el uso y desecho de mi cuerpa, de mi tiempo y de mi trabajo.  

No tenía historia. No tenía referentes. No tenía preguntas propias.

Lo que ellos admiraban no era mi pensamiento, mi trabajo, mis escritos, porque no eran míos, eran suyos. Ellos seguían admirando el espejo.

Pero nada de eso era visible para mí, como no lo es para ninguna de nosotras, porque el pensamiento masculino obnubila. Nos despojan de historia, de referentes de mujeres y desprecian nuestros saberes. En mi caso fue tanto el impacto de esto, que llegué a pensar e indagar en las intervenciones para una transición sexo-genérica como una posibilidad para mi vida.

¿Qué tantos procesos tenemos que pasar para llegar al punto de mutilar nuestras cuerpas, de enterrar nuestros nombres, de olvidar nuestras historias  y de pretender que ocupamos el lugar del amo?

Me parece que es un punto cúspide, un nuevo récord de este sistema que ya nos ha mutilado la palabra, el clitoris, los lazos con otras mujeres, que ya ha enterrado los saberes de nuestras ancestras, sus legados y que se sofistica tanto que nos hace creer que también podemos comprarnos un kit del amo que incluye una nueva voz, unos nuevos vellos corporales, una no-menstruación, shots hormonales de por vida. El kit del amo, no desmonta la tienda del amo.  Más allá de la cuestión capitalista farmacéutica que esto contiene en sí, este nuevo récord implica un proceso de borrado muy efectivo que se ha blindado, amurallado en leyes, derechos, speeches cada vez más difíciles de detectar, se amparan en la igualdad o performatividad, la liberación sexual, la tolerancia, de tantísimos discursos buenistas que no han hecho sino encubrir sus raíces, sus intenciones, su rostro feroz. Ocurre un lesbicidio simbólico masivo.

Yo, como muchas compañeras lesbofeminsitas, estaba encaminada a ser un hombre trans, una transmasculina. Yo, como muchas de ellas, logré resistir (o salir) primero a la cooptación y despolitización del mercado gay, del feminismo liberal y de sus discursos de la igualdad y después a la cooptación y despolitización del mercado queer-trans, del feminismo posmoderno y de sus discursos de deshacer el género. Ambas posturas son la misma, la segunda simplemente es más sofisticada. Ambas nos borran a las mujeres, nos siguen negando, mutilando, haciéndonos consumidoras de sus ideas, de sus aparatos, de sus teorías, haciéndonos re-productoras de su cultura, de su civilización masculina, patriarcal, misógina…

Yo estaba destinada a ser heterosexual, como todas, como parte de la obligatoriedad, de la coerción de sendo regimen, pero no lo fui, decidí ser lesbiana y aún así estaba encaminada al matadero, a celebrar este mes como el mes de la diversidad, a ir a la marcha ya sea como una lesbiana liberal, como unx queer o como un “hombre trans”, pero presente, comprando el pin de la bandera arcoiris o rosa/azul/blanca, pensando qué ropa usar, a qué bar ir, a quién conocería para ligar, decidiendo si hablar de la farmacopornografía, performatividad o el panóptico, mostrando alguna prótesis genital, un binder o enseñando con orgullo las cicatrices de mis senos mutilados, y en el cuello seguramente estaría exhibiendo un dije en forma de cápsula que contendría una microdosis de mi primer inyección de testosterona.

Pero no.

No.

No.

Y no.

Soy mujer, resisto a ser mutilada histórica, simbólica y corporalmente…

Soy lesbiana, rompo con el mandato de la heterosexualidad, la misoginia y la enemistad entre mujeres…

Soy lesbofeminista, me niego a ser cooptada y despolitizada por el feminismo liberal y el posfeminismo…

Ilustración: Sally Nixon

Celebro, siempre, el amor entre mujeres, la ternura con una misma, el que nos alejemos de espacios que nos hacen daño, de quienes nos hieren y de que nos acerquemos a otras mujeres para recuperar/reacuerpar los saberes de nuestras ancestras, compartir con las contemporáneas para volver a la creatividad y la alegría de vivir y construir legados y utopías para las futuras.

Eso es de todos los días, no es algo mediático, no es parte de un mercado, ni requiere consumo de bebidas alcohólicas, banderas, pines o cuerpos. No es algo que quepa en las Instituciones, en los bares, los cuartos violeta o Paseo de la Reforma dirección Zona Rosa.

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