Feminismo

Sa’sa Ijtkuy: Una historia desde las mujeres zoques

Por Ambro Álvarez y Grego Álvarez

La historia de la cultura Otetzame (zoque) en Chiapas está profundamente ligada a la fuerza de las mujeres. Se atribuye a Pyomwazyuve (Mujer ardiente) la erupción del volcán Chichonal o “Chichón”, que hizo que la gran ciudad zoque de Francisco León se dispersara, en 1982, a lo largo del territorio chiapaneco. Estos nuevos territorios, a diferencia de aquellos fundados con anterioridad a la erupción (que han perdido la lengua y la conexión con la naturaleza), mantienen viva la sabiduría y las prácticas ancestrales de una de las culturas más antiguas de Mesoamérica: la Olmeca.

La Mujer Ardiente dejó una gran lección: el poder de las mujeres es temido pues es el único capaz de crear movimiento y transformaciones luego de la devastación.

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Francisco León después de la erupción. Cortesía: Chiapas Paralelo

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Desde mi punto de vista como joven mujer indigena, hablante zoque, expreso lo que veo y lo que vivo. No solo hablo por mí, sino por otras como yo.

La división del trabajo desde el seno familiar determina que las mujeres dediquemos más tiempo a este a lo largo de la vida, en relación con los varones. Lo anterior garantiza menores posibilidades de acceso a educación para nosotras, el papel de amas de casa como destino y menor derecho a opinar por el hecho de ser mujeres.

Quiero narrar la historia de una mujer, una mujer que da vida, que nunca descansa: una mujer que se preocupa por todo el mundo pero menos por ella.

Mientas ella está trabajando una doble jornada que incluye el cuidado de lOs hijOs, animales, organización de la casa… el hombre está mirando televisión, anda en la calle con los amigos o está en casa exigiendo la comida. Para ellas nunca hay espacio para pensar, para estar consigo mismas sin que nadie las moleste.

Es difícil ver y no hacer nada al respecto: nadie dice nada del maltrato que sufrimos como mujeres, de que por el hecho de serlo no tengamos derecho a salir, a la educación, pero un varón sí pueda hacerlo, mientras nosotras nos quedamos a hacerles de comer o lavarles…

El trabajo que una mujer desempeña al interior de una comunidad es injusto. Como mujeres sufrimos maltratos, somos violentadas y esto sigue impune.

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Grego y mujeres jóvenes zoques. Foto: Ambro Álvarez

Estoy más decidida sobre el hecho de que debemos hablar de las cosas que nos pasan, de las luchas que damos día con día, del esfuerzo que hacemos para salir adelante con la familia, o más que con la famila, con nosotras mismas: buscar nuestro espacio.

Como mujeres somos mucho más valientes que los hombres… Creo en los trabajos que hacemos y es importante visibilizarlos, tomar fuerza para seguir trabajando para nosotras, acompañar las luchas de muchas otras mujeres que no son conocidas, pero que están impulsando transformaciones en la sociedad, en sus comunidades o localidades. Hay que transformar juntas, unir nuestra fuerza como jóvenes y cambiar el escenario para las que vienen.

Juana: el origen de una lucha

Hace 11 años empezó este gran viaje encabezadao por una mujer zoque valiente y guerrera, quien por fin decidió salir de su casa para seguir aprendiendo, pues estaba convencida de que estar encerrada no le permitia, igual que a muchas otras, ser algo más que ama de casa. Su nombre es Juana.

Hija de Victoria, una sabia partera reconocida por toda la comunidad que al día de su muerte la gran mayoría llamaba “abuela”, comenzó a asistir al curso de herbolaria impartido por la Coordinación de la parroquia de Marqués de Comillas: “nunca es tarde para seguir caminando y aprendiendo”, dice.

Se va de tres a cinco días, una vez al mes, a diferentes comunidades cercanas a Barrio San José (donde ella vive) para tomar el curso. Siempre regresa para realizar prácticas en casa, donde además comparte con sus tres hijas, la organización de la casa y el cuidado de Rafael, su esposo.

Tuve la oportunidad de acompañarla alguna vez a la comunidad de Chajul, en donde pude compartir aprendizajes con las mujeres de diferentes comunidades; ahí vi la relación que ella tejía con otras mujeres, sobre todo la facilidad de conectarse con ellas, que es algo que yo no había hecho consciente sino hasta ahora. Para mí, su manera de relacionarse con otras es muy sanadora.

Juana es mi mamá.

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Juana Álvarez. Foto: Ambro Álvarez

Cada vez que nos platicaba de sus cursos y de lo bien que se la pasaba, se veía muy contenta; decía que estaba aprendiendo mucho, que le servía estar con otras personas. Entre esas pláticas y reflexiones, decidió que era mejor compartir todo lo aprendido con otras mujeres: “a mí no me sirve de nada lo que sé si no lo comparto”, suele decir desde entonces.

Así es como empezó a reunirse con otras mujeres zoques. Formaron inicialmente un grupo de 20, quienes poco a poco fueron saliendo por diferentes causas: falta de dinero para cooperación y compra de material o falta de tiempo por la presencia de hijas o hijos pequeños en la familia, principalmente.

A pesar de lo anterior, seis permanecieron: Francisca, Florencia, Lucía, María del Carmen, Florentina y Feliciana. Poco a poco empezaron a reconocer cada una de las plantas que hay en la comunidad y cómo se pueden convertir en medicamentos para curarnos; actualmente elaboran jarabe, tintura, pomadas y jabón.

Un espacio para nosotras

A partir del crecimiento del trabajo, vieron la necesidad de tener un espacio propio; ahí, además de seguir creando, también podrían almacenar todo el producto preparado.

Francisca dice que el espacio “también [les] puede servir para reunirse y hacer otros trabajos, además de hacerlos sin presión”. Entre esas pláticas y reflexiones, Juana también les comparte que para ella “ha sido difícil poder salir de casa y que su marido lo entienda”. Dice además que “es verdad, en los cursos luego [le] costaba mucho entender porque se [le] dificulta comprender el castellano y luego escribir, pero eso no evitó que aprendiera y hoy en día pueda trabajar junto a ellas”.

Es importante poder construir este espacio porque nunca las mujeres han encabezado un proyecto de tal magnitud; esto no quiere decir que no hayan participado en el espacio público, solo que cuando se toman decisiones, sus voces no están; y, sin embargo, son quienes más trabajan, aparecen en todos los escenarios y espacios para servir… y ellas, como lo han manifestado de hecho, ya no quieren esto. Se reconocen capaces de liderar un centro de salud, o de hacer cualquier otro trabajo: es una gran lucha librándose ahora mismo, que solo siendo visible puede invitar a otras mujeres a seguirse sumando.

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Taller de herbolaria en Barrio San José. Foto: Ambro Álvarez

Como todo, también hay que decir que para que la colectiva Sa’sa Ijtkuy (Buen vivir) lograra tener un terreno, costó mucho. Nosotras, colectiva Yomo ijtkuy (Espacio de mujeres) que somos hijas de estas luchadoras, estuvimos ahí para acompañarlas y hablar con los representantes de la iglesia. Logramos que donaran un terreno para construir el centro comunitario, lo que constituye un gran avance, pues de esta manera se visibiliza el trabajo que están haciendo y se respalda su importancia, lo que hace necesario transformar cosas para que continúe.

Todo este esfuerzo y logros son de todas las mujeres que estuvimos ahí.

La unión real nos hizo fuertes, las mujeres hablaron de por qué es importante tener el espacio, lo hicieron con mucha fuerza; escucharlas así, como hijas, nos empuja a seguir trabajando y a no tener miedo a luchar.

Después de la reunión, María del Carmen comentó: “queremos que nuestro trabajo se amplíe, que se suman más mujeres y jóvenes, porque estamos convencidas de que lo que hacemos es muy bueno para nosotras; los medicamentos que hacemos nos está ayudando mucho. A veces sentíamos que no teníamos curación, pero ahora que ya solo tomamos las plantas, nos sentimos mejor”.

Nuestra lucha

Ahora mismo tengo el privilegio de poder escribir y tener laptop para hacerlo, y ese es un resultado de la lucha de mi madre: cuando yo tanto quería estudiar aun sabiendo que no teníamos recursos y ella me impulsó, pues me dijo “yo estoy contigo ¡vete! Estudia si es lo que quieres”. Ella siempre creyó en mí, cuando muchOs, sobre todo, criticaban mi salida.

Y sí, ahora estoy acá apoyándola a ella y a otras mujeres, porque estoy convencida de que las cosas pueden cambiar y de que es necesario no perder nuestra autonomía y defender nuestro espacio como ellas ya lo están haciendo.

Me ha costado estar en una ciudad racista, clasista, patriarcal, violenta, porque muchas veces me he sometido a cierto espacios que me dan privilegios y a veces he preferido quedarme allí para no ser lastimada o señalada por mi condición de mujer de pueblos originarios. A veces conviene estar en esos espacios, hasta cierto punto, pero mientras vas despertando te das cuenta que donde estás o donde estabas no precisamente es que no te lastimen, solo que quizá las cosas te caen suavemente, pero igual duelen.

Como hija de Juana, su lucha me impulsa a ser más fuerte, a no darme por vencida, a ser luchona, sobre todo a fortalecerme más. A aliarme, pero con las mujeres, tal y como ella lo hace.

¡Ah, por cierto! Les dejamos la página del proyecto que encendió a este texto. Ojalá y se animen a donar. NOS QUEDAN 4 DÍAS PARA FINALIZAR LA ETAPA DE RECAUDACIÓN.

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Francisco León, 2015: recordando el pasado desde la transformación del presente. Foto: Ambro Álvarez

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