Feminismo

Revisando mi andar y sanando mi cuerpo

Victoria

Partamos con algunos datos históricos de las mujeres de Guatemala…

En Guatemala de los años 1944, en un régimen autoritario y represivo al mando del presidente Jorge Ubico, se conoce la participación de mujeres en los movimientos sindicales y el gremio magisterial, conocemos desde ese tiempo el nombre de una de las mujeres que muere en la marcha de mujeres vestidas de luto frente a la Iglesia de San Francisco exigiendo libertad, democracia y renuncia del presidente; los soldados y policías respondieron con disparos cayendo el cuerpo de la Maestra María Chinchilla.

Los contextos de la participación de las mujeres surgen entonces desde 1945, con la llegada el voto universal para las mujeres que sabían leer y escribir, fue hasta el año 1965 que llega el voto para las mujeres que no sabían leer y escribir.

En los pueblos indígenas como los mayas de Guatemala la realidad es distinta, mientras de 1992 a 1994 una mujer mestiza ocupa el cargo de presidenta del congreso de la república, la primera mujer diputada indígena ocupó el cargo en l986, Ana María Xuyá Cuxil, aunque no es muy conocida y recordada.

Durante el conflicto armado interno inicia el surgimiento de nombres como Rigoberta Menchu, premio nobel de la Paz, y Rosalina Tuyuc, fundadora de la coordinadora de mujeres viudas CONAVIGUA, dos mujeres que abren las brechas de la realidad de las mujeres indígenas de Guatemala, exponen la violencia sexual, psicológica y política que sufren durante la década de los 70, 80 y finales de los 90 en Guatemala (conflicto armado interno).

Quizá me quede corta con los datos proporcionados en estos apuntes históricos de la participación de mujeres indígenas en Guatemala.

Fuente: google

Mujer indígena, el patriarcado y la religión

Crecí en una familia religiosa, maya Tz´utujil, mi primer contacto con el feminismo fue quizá a mis 8 años, en una clase del catecismo, eso que se hace previo a la primera comunión. Al escuchar sobre los sacramentos de la iglesia veía y pensaba ¿Por qué a los hombres se les da privilegios? ¿Qué pasa con las mujeres? ¿María Magdalena es qué? Algunas de estas preguntas revoloteaban en mi cabeza, ¿la muerte, el pecado, el cielo y el purgatorio?

A mis ocho años comencé a cuestionar el papel de hombre y el sacramento del sacerdocio porque yo como mujer no puedo ser SACERDOTA. Simple, entendí en ese momento que las mujeres éramos y somos las pecadoras según la biblia y la sociedad: Eva al comerse la manzana, Magdalena por ser «puta», no teníamos capacidad y la pureza de los hombres.

Mientras la Iglesia me llenaba de miedos y de ideas de culpa, en mi casa se solía hablar de política, de los movimientos campesinos, de la lucha de los zapatistas, me entretenía escuchando a los visitantes que pasaban al comedor que mis madre y padre atendían.

Una vez escuché a una española hablar sobre Rigoberta Menchu, quizá era 1996. Recuerdo que mi hermana estaba muy pequeña y me tocaba cuidarla mientras mi madre y padre atendían el pequeño negocio familiar, dijo que ella era el referente de las mujeres indígenas y pueblos indígenas y su lucha por evidenciar el conflicto armado interno que había pasado en mi país; a esa edad podía darme cuenta de la diferentes formas de exclusión y represión hacia los pueblos indígenas y la poca participación de mujeres de mi pueblo.

Mi padre lleno de sueños e ideales revolucionarias. Mi madre un poco más reservada con sus ideales políticos. Veía una familia distinta, un padre que no asistía a la iglesia, mi madre fervorosa a su fe y dogma. Así, crecí en un ambiente de fiesta, trabajo, religiosidad y espiritualidad.

En el negocio de mi familia solía ver y escuchar a mujeres tatuadas, jamás las vi como suelen decir en mi pueblo “cualquieras o putas”, siempre admiré su coraje y valentía por hacer arte en su cuerpo, mujeres libres, que se divertían con sus parejas, amigas y que decían lo que pensaban sin temor alguno. De alguna manera, por ellas me propuse ser libre, estudiar…

Recuerdo de entre esas mujeres a Laura. La veía siempre alegre, pero un día la encontré llorando con mi mamá, no entendí qué pasaba, después de un par de años comprendí que su compañero la golpeaba; ella lo dejó y regresó a su país, juré con toda mi fuerza no ser de esas mujeres, se alimentaba en mi un sueño que muchos no creían posible.

Mi abuela materna Elena fue quien me acercó a los misterios y valores espirituales del pueblo Tz’utujil, me enseño a hablar con el fuego, cómo pedir permiso cada día al despertarme; mi madre me enseñaba frente a una imagen católica, mi abuela frente al fuego, me enseñó cómo interpretar los sueños, los miedos, los temblores, el aire, los tiempos. Fue mi abuela la que comenzó a darme luz y esperanza, aunque veía que también sus miedos eran mis miedos, cómo la religión nos presentaba formas de dejar nuestra espiritualidad.

Crecí entonces en un ambiente en el que la mujer indígena era muy poco valorada, era discriminada; el miedo de mi familia generó que aprendiera a  hablar el español y dejara de hablar mi idioma, por miedo a que no fuera aceptada por los “demás” “discriminada y excluida”. En ese tiempo no comprendí que nuestra espiritualidad e idioma son parte fundamental para transmitir la sabiduría y el conocimiento de mi pueblo.

El amor romántico en mi vida

Creo que mis ideas fueron tomando forma en la adolescencia al darme cuenta que este mundo no era justo, que los hombres siempre ocupaban la cancha de la escuela, eran los primeros en la fila para la refacción, ellos podían gritar, las mujeres no, ellos podían decir “sht , sht, te quiere mi amigo”, “me gustas”. Todo lo contrario con mis amigas, sabíamos que si nos gustaba el mismo compañero, eso podía generar enemistad o competencia, nos enamorábamos del patojo más brincon pero machista (se creía que era lo más normal), nosotras nos enemistábamos porque si él elegía a una de nosotras, las demás éramos la perdedoras.

Con el pasar de los años comencé a cuestionar los privilegios de los hombres sobre mi cuerpo, mi palabra, mi pensamiento, ideas y silencios.

Mi forma de amar también la cuestioné. Crecí con ideas de que el AMOR EXISTE y que es dar lo mejor de una, aunque no recibamos nada, de buscar a un hombre que nos llene de detalles, nos ruegue, nos pida matrimonio, nos hable bonito, que nos respete hasta el matrimonio.

Que tenía que casarme por la iglesia, cumplir con ese amor que se promete en el altar, en mi realidad eso nunca pasó. Viví durante 7 años con un «hombre distinto» y me di cuenta que el amor que se dice que existe en realidad no es verdad, que el amor en verdad es lo que se construye con comunicación, no existe el hombre que nos llegue a salvar, en su gran mayoría los hombres nos violentan. En fin, descubrí también que hay otras formas de amar, que puedo dar amor a mis amigas, mi madre, mi hermana, que el amor es un sentimiento y es acción, y que busca transformar no callar.

El precio de ser una mujer diferente

Lloré muchas veces para ser escuchada, grité un «para», pataleé muy pocas veces… ahora que recuerdo, puedo decir que muy pocas de las que yo consideraba mis amigas llegaron a acuerparme, siempre sentí que por pensar y sentir como pienso me rechazaron, me excluyeron de grupos de compañeras y amigas, me vieron como la anticuada, la desarreglada, la no bonita.

Mi paso por la universidad fue muy desapercibido, para mí era mejor no hablar en lo público y las veces que lo hice fui diplomáticamente callada, mi grupo de amigas fueron una monja y una paisana (del mismo pueblo) con ellas pensábamos que la psicología debía liberar y genera cambios sin olvidar nuestro origen, conservar nuestra identidad ¿pero como podíamos lograr eso si al final la educación superior estaba y está hecho para generar ganancias para las universidades y desvincularnos con la realidad? …la realidad para nosotras.

Con mis dos colegas parecía que me fluían las ideas, mis sentimientos, pero de allí para las demás parecía muerta, podía tener las mejores ideas, pero no las podía llevar a la práctica. Trabajé de 2007 a 2012 con grupos de mujeres víctimas de violencia, yo seguía cuestionado en ese momento el rol del Estado, se supone que era el de dar protección, pero no contábamos con proyectos que garantizaran nuestra seguridad.

Por esos años, me separé de mi compañero. En los grupos de autoayuda escuchaba siempre “no puedo dejarlo”, se referían a sus compañeros de vida, me afectaba mucho, trataba de buscar formas, medios de protección, pero nunca fue posible, me removía todo cuando escuchaba sobre la violencia que ejercían sobre sus cuerpos y su decisión, me prometí por eso y por otras situaciones de mi vida no ser sumisa, nunca más callada.

Mi amistad política

Pintura: Cathy Chalvignac

Fueron pocas las amistadas que pudimos tejer, contadísimas. Recuerdo hace dos años, llamé por teléfono a mi amiga Irma, llorando le dije que ya no podía más, hablamos de lo que sentía en ese momento, mi coraje, decepción, molestia, cólera, ira, fue esa tarde-noche que me sentí de nuevo escuchada y aceptada, comprendí lo que Margarita Pisano define como amistad política “la amistad política , me parece, se construye con un pie en lo privado y el corazón, y el otro, en lo público –político del pensar … del pensar juntas, con todo lo que esta dimensión con lleva de valores y de responsabilidades sociales y humanas”

Hace dos años aun no sabía que a eso le llamaban amistad política y aún no tenía claro el ser feminista, aunque mis prácticas fueran feministas. Lejos de mi casa, de mi familia, amigas y de lugares de reflexión, me veía tan pequeña en medio de hombres que esa tarde, cuando llamé llorando a Irma, ella sin pensar llegó, la recuerdo entrando a mi cuarto en su cuatrimoto; recuerdo su rostro viendo el mío, yo tratando de disimular mi miedo a evidenciar que en mi organización aún se cuestionaban mis procesos formativos con mujeres (pensaba también que me cuestionaban por ser mujer).

Llegó justo en un momento que me sentía mediocre en mis resultados para los proyectos, desilusionada, enojada, con mucho dolor, le contaba una y otra vez mi enojo con mis compañeros y cómo ellos, según yo, inocentemente me decían que no había avances en la participación de las mujeres. Mientras recuerdo esto, me pregunto ¿me afecta siempre lo que los otros piensan de mí? ¿cómo avanzar con la participación de las mujeres si sus compañeros son los violentadores? ¿es trabajo mío hacer que los hombres cambien de opinión? Esa tarde-noche, supe que quienes tenían la culpan eran los hombres, lloré mucho, recuerdo.

Irma, serena buscaba las palabras idóneas para hacerme ver que estaba haciendo mucho en un pueblo alejado de todos, de mi red de apoyo, de las gente que me daba cariño. Pasamos como una hora hablando, justificando las prácticas de mis compañeros, al final de la conversación llegué a la conclusión de que Irma se volvía mi hermana en medio de mi tormenta, que ella también tenía los mismos objetivos, el mismo camino, las dos queríamos hacer cambios desde diferentes espacios para las mujeres de este pueblo, hacer cambios profundos aunque nos veíamos rechazadas por las otras mujeres “profesionales”.

Desde aquél tiempo comenzamos a reunirnos, a hablar, a tomarnos una cerveza, a reírnos y llorar, a burlarnos de nuestras formas de ser. Con Irma no me sentía tan sola. Aunque Irma era de pocas palabras, cuando hablaba algo de ella impregnaba en mí su fuerza y temple para hablar, por mi lado aún estaba buscando otra forma de ser más digerida por las demás. Discutimos sobre el poliamor, sobre el amor romántico, sobre los proyectos dirigidos a mujeres que creaban asistencialismo y nos preguntábamos cómo caminar en mejores procesos autónomos para mujeres.

Con Irma puedo decir sin miedo que forjamos una amistad política, porque aunque nuestro trabajo nos alejara por los resultados que nos exigían, algo dentro de nosotras seguía en sintonía con la liberación de las mujeres, la erradicación de todo tipo de violencia, la prevención de la violencia sexual en niñas.

A pesar de que muchas veces nuestros métodos no fueron los mismos, durante esos 2 años que trabajamos juntas, buscamos generar esos cambios, nos distanciamos un tiempo, pero creo que cada una sabía que su aporte contribuía en nuestro proyecto personal, político y laboral; creamos un vínculo tan fuerte que aunque ella no esté ahora, sé que la amistad y la hermanada se vuelve más fuerte aunque yo esté aquí y ella por allá.

En mis días de descanso después de mis días laborales, solía buscar a mis amigas de universidad para salir a tomar una cerveza, bailar; molestas, siempre en nuestras conversaciones estaban los hombres, sobre cómo USAN nuestros cuerpos, sobre las mentiras de las relaciones amorosas, sobre las dificultades de ser mujer, de ser profesional, de nuestros sueños, nuestra música. Aunque pareciera que somos distintas, existe un vínculo de hermanada, existe la sororidad entre nosotras, nos hablamos como debe de ser, nos autocriticamos y generamos formas de comunicación entre mujeres y para mujeres. Alegría tenerlas en mi vida.

Actualmente sigo en el pueblo alejado, sola, sin mi familia, hijos, amigos, lugares, sabores, aun con mi sueño, mi convicción, de ser yo misma aunque sin Irma y sin mis amigas, pero llena de luz. No miento, existen días tormentosos y me cuestiono aún mis practicas con mis compañeras, me pregunto ¿por qué? ¿para qué? ¿cómo? Con estas preguntas me doy cuenta a quien favorezco con mis actos, a quien beneficio, a quien fortalezco porque debo de hacerlo.

He comprendido que cada una asume su papel en este mundo, que cada una toma su tiempo para sanarse; toma tiempo encontrarse con amigas como Irma, como todas mis amigas. Y me ha tomado un chingo más, deshacerme y construirme de nuevo en la distancia, para ser lo que soy y no perder mi objetivo “ser una mujer libre”…

La amistad política es ese vínculo de hermandad que nos permite encontrarnos en los ojos de otras mujeres que nos acuerpan. Hablamos y lloramos para deshacernos de las practicas machistas y generar nuevas formas de amar, sentir, de liberar y resistir… de ser mujeres de luz.

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La Crítica