Feminismo

[Relato] La actividad física como forma de resistencia

Ilustración de Rebecca Sugar

Por Marcela Olguín

A las mujeres nos han robado nuestro cuerpo. Nos han quitado lo único que realmente le pertenece a un ser humano, su propio físico. Nos han enseñado que nuestro cuerpo está para decorar las calles, las casas, los trabajos. Debe estar limpia y arreglada, no por higiene, si no por presentación, sin importar la circunstancia.

Nos han enseñado que nuestro cuerpo está para servir a los demás. Debe tener bien atendida a la pareja y a las crianzas, a la familia y amistades, a las y los compañeros de trabajo, a los enfermos y los ancianos.

También, para arrebatarnos más nuestro cuerpo, nos han enseñado a sentir asco por él, por sus procesos naturales: la menstruación (para las que menstruamos), los pelos en lugares determinados, las axilas, las piernas, el bigote, la barba, los genitales; las estrías y la celulitis en nuestra piel, las lonjitas de grasa que no debería estar ahí. Nos han rebajado a un conjunto de órganos sexuales específicos y, aparte de todo, la educación sobre dichos órganos es casi nula y estigmatizada: la variedad de vulvas, lo que es y cómo es el clítoris, la diferencia entre la uretra y la vagina.
Es por ello que conectar con nuestro cuerpo y amar nuestro cuerpo es un acto de resistencia.

Yo encontré ese amor y conexión por medio de la actividad física. Pero no sólo hacer alguna actividad física me llevó a amar mi cuerpo, desde muy pequeña he sido una niña muy activa, clases de ballet, tap, jazz, un poco de gimnasia, un poco de yoga, entrenadores personales. Amaba bailar como una forma de expresión, pero siempre en competencia con las otras chicas, y observaba con envidia el progreso de las demás, sin enfocarme en mí. Iba al gimnasio para perder el exceso de grasa en mi cuerpo, corría todos los días como forma de castigo. Hacía estas actividades sin realmente conocer mi cuerpo, lo hacía odiando mi cuerpo y porque odiaba mi cuerpo.

Fue hasta que tomé una clase en la que la maestra nos invitaba a prestar atención a cada músculo, articulación, ligamento. Nos invitaba a agradecer a cada parte de nuestro cuerpo, los pies, las piernas, el vientre, el torso, la espalda, los brazos, y dar gracias a nosotras mismas por haber llegado a la clase. Desde ahí, observé un cambio en mi práctica física, también observé un cambio en mi autoestima, ya no era necesario compararme con las demás, respeto mi propio proceso corporal y me alegro de ver a mis compañeras crecer dentro del suyo. Ya no hago ejercicio para estar delgada o “por salud”, ya no bailo para ser mejor que las demás, lo hago para conectar con mi cuerpo. Me re apropié de mi cuerpo y aunque la sociedad me lo quiera arrebatar, cuando estoy sola conmigo o en estos espacios, nada ni nadie me puede hacer sentir que no soy mía.

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