Karina Vergara Sánchez

Hoy comencé a escribir esta columna, Legalidad Patriarcal, sobre cómo lo que llaman “justicia restaurativa” es un romántico planteamiento, pero, a la hora de su implementación, está resultando una trampa que presiona a víctimas a emitir un perdón judeo-cristiano y no está abonando a la justicia para ellas.

Quería reflexionar sobre cómo se aplica en el caso de los violadores menores de edad. Para ello, entrevisté a madres de dos víctimas. Sin embargo, releyendo lo que una de estas madres expresó, decidí, que no hay análisis más profundo, más honesto y necesario que el que ella ha hecho. Así, cedo este espacio para poner íntegramente lo que tiene que decir. Ahí tienen a quien está padeciendo la justicia “restaurativa”. En las líneas siguientes van las palabras, desde la digna rabia, de Vanesa*, madre de Elsa, una niña de 16 años, una de tantas, que fue violada en la Ciudad de México:

“Es frustrante que todo el proceso ha sido demasiado largo y doloroso para mi hija y para mí, el vivir las agresiones de las abogadas del Centro de Terapias de Apoyo (a víctimas de delitos sexuales), de nuestra asesora jurídica pública y de la Ministerio Público. Ha sido una cuchillada que cada vez, en vez de ir sanando la herida, la hace sangrar y doler más.

Después de año y medio de levantar la denuncia, apenas notificaron al tipo. O sea, nosotras sufriendo el mal trato de todas estas personas y él, de mayo hacia acá -apenas unos meses, ha estado notificado-. Claro, sin detención, aunque la ley por el tipo de delito dice que así sea, pero, pensando en su bienestar, está viviendo el proceso protegido en su casa.

Después de toda la violencia vivida en el proceso de la denuncia, de qué sirvió pasar por tanto si, al final, las opciones que nos plantean de ninguna forma equiparan el daño cometido por el tipo.

Veo todas las medidas de protección al adolescente a favor del delincuente y no de la adolescente víctima.

Proponen dos soluciones alternativas para no ir al juicio. En las dos, obviamente, el violador es el más beneficiado, sólo dando un poco de dinero, una cantidad de risa, con eso “restaura” y se acaba su problema. Estipulan una cifra como reparación del daño, una cifra ridícula. Además, es “negociable”, como si estuviéramos hablando de compras o de ventas.

Y eso, para comprobar los gastos que se han hecho, hay que presentar los comprobantes, ¡todos! ¿Dónde tiene una cabeza para guardar los comprobantes en una emergencia?

Ilustración: Estelí Meza

Si nos vamos a juicio, la parte más difícil la lleva la víctima, porque tendrá que estar presente en todas las audiencias, y soportar que la revictimicen, difamen y maltraten. Eso sí, aunque logremos que sea declarado culpable, que es lo que queremos, no lo van a castigar. De todos modos, le impondrán una reparación del daño. Que el sujeto, si no quiere, no pagará y, según me dice el M.P., en su experiencia difícilmente pagan. Además de que la ley dice que él tiene que pagar, no sus papás ni familiares. Con sus medios, si es un hijo de papi que puede juntar 100 pesos nada más: eso es su reparación del daño, porque es lo que tiene.  Si no trabaja, pues cómo paga el inocente. Esa es su reparación de daños, una burla.

Entonces, después de tanto sufrimiento durante el proceso, ¿en dónde está la justicia?, ¿en donde está la protección para las víctimas?, ¿a quién protege la ley para adolescentes? …A la víctima, obviamente no.

¿Por qué los legisladores aprueban leyes sin pensar en las implicaciones hacia quien solicita justicia ante una agresión? No es lo mismo robar un teléfono, pintar una pared, o algo así, que violar, matar o secuestrar. Esas no son cosas que hacen los niños, esos actos son realizados por hombres llenos de maldad, acostumbrados a obtener lo que quieren a costa de manipular, amenazar, agredir y violentar de mil formas. ¿Por qué se les considera tanto? Sí, son delitos graves, pero la ley dice: “son niños, hay que cuidar su crecimiento”, pero no piensan en que las víctimas se han quedado estancadas, perdidas, sin alma, sin luz.

Ver a mi hija sin verla, es el dolor más horrible que haya destrozado mi alma, y digo “sin verla” porque todo en ella se fue: su seguridad, su alegría, sus proyectos, sus ganas de vivir. ¿Cómo se repara eso?, ¿cuánto dinero se necesita para intentarlo?, ¿cuántas lágrimas?, ¿cuántos años?, pero no les importa porque sólo es una carpeta de investigación más, un pequeño error del adolescente. El problema principal para ellos, no es la “equivocación” del joven, el problema son una madre y su hija que no paran de pedir justicia y castigo para su violador.

Después de todo el camino andado, ¿qué nos queda?, ¿aceptar dos pesos e ir a casa, o irnos a juicio en busca de que se digan la palabra: “culpable”, aunque mi hija sea aún más revictimizada?

¿Cuál es la justicia del caso? Ni siquiera quedará en los antecedentes penales del tipo porque es un menor de edad. Estábamos con la idea de que denunciar serviría para que, justamente, en la próxima agresión del tipo -que estamos seguras de que así será ya que está protegido por la ley y por su madre, que vendería su alma al diablo con tal de que su criatura no sufra-, tuviera antecedentes y ¡ni eso va a quedar! Pensábamos que así las mujeres que se cruzarán en su camino tendrían una oportunidad de justicia, pero tampoco va a pasar.

Para su buena suerte, el tipo puede pagar y tiene una asesora que, por lo que he visto, sabe hacer bien su trabajo, cosa que nosotras no tuvimos hasta que encontré a una abogada feminista. Lo malo es que para eso ya se habían hecho la denuncia y la ratificación. En cambio, para la asesora pública que nos asignaron, realmente sólo somos un caso más en el que no quiere emplear ni desgastar su tiempo. Ella, se supone que es especialista en adolescentes y no sabe ni que es un paidopsiquiatra.

Entonces vienen a mi mente las palabras que varias veces mi hija me ha dicho: «Te dije que no quería denunciar, porque yo sabía que me iban a tratar así, pero tu insististe…»

Y ahora, ¿qué hago?, ¿cómo lo reparo, cuánto tiempo, dinero y llanto se necesitará para que se reconstruya?, ¿cuánto, cuánto y cuánto?, ¿y el violador? resguardado bajo las faldas de su madre por orden de un juez, planeando cómo perfeccionar la estrategia para realizar su próximo ataque.

*Nombre modificado para seguridad de la entrevistada y de su hija.

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