Reportaje

Para las que nos pasamos de tueste: los discursos de odio no nos van a destruir

Las Anónimas

Escribo estas palabras porque ya no puedo detenerlas más en la punta de los dedos. Si preguntan, pues se tenía que decir y se dijo…

Ante el surgimiento fortuito del #MeTooMx como forma alternativa para que niñas y mujeres mexicanas rompieran el silencio sobre la violencia sexual generalizada que vivimos, lo último que esperaba de las y los periodistas era un debate de discursos de odio.

A mí la cadena de tuits me puso la piel chinita. Fue doloroso ver que la violencia que sufrió una en silencio a lo largo de su vida es exactamente la misma que sufren miles más. Me duele ver tanto odio y violencia hacia las mujeres por el simple hecho de ser mujeres.

Pero por otro lado, fue un subidón de alegría e ilusión saber que no estamos solas, ver todas las muestras de solidaridad y pensar que otros mundos son posibles.

Me interesó mucho cómo se desarrolló este movimiento. La inspiración fue el #MeToo en Estados Unidos cuando las mujeres empezaron a denunciar casos de violencia bajo hashtags como #RopaSucia, #MiPrimerAcoso y #SiMeMatan. ¿Te acuerdas?

En México todo empezó un 21 de marzo con una denuncia pública bajo el hashtag #MeTooMx. Esto fue suficiente para que más mujeres expusieran con nombre y apellido a sus abusadores. Para ofrecer anonimato a las denunciantes, se abrieron diversas cuentas en twitter que sirvieron para clasificar las denuncias por el área o lugar laboral donde se desempeña el acusado.

Rebeldía a admirar. Como semillas debajo de la tierra, cada tuit de denuncia germinó inclusive en estas tierras donde se reconoce la alerta de violencia contra las niñas y las mujeres. Traté de imaginarme el camino recorrido y por recorrer de las niñas y mujeres que habían solicitado la publicación de su denuncia. Me preguntaba si tendrían miedo de ser identificadas o cuestionadas, ¿tenían el apoyo necesario para denunciar?, ¿qué pasaría después de que se publicara su denuncia?

Fotografía: Carmen García

Y pasó lo que pasó, en pleno Siglo XXI

En los primeros días, el #MeTooMx no generó mucha discusión entre los principales medios informativos del país, ello a pesar de que develó una cultura machista en la que se justifica y naturaliza la violencia contra las mujeres.

El tema no fue relevante a pesar de que en México las mujeres llevamos más de dos décadas de posicionar nuestros derechos en el marco del derecho internacional y 12 años de haber logrado la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Pero en las redes sociales la discusión estaba en su punto álgido. Las que estábamos ahí no sólo miramos, sino que acompañamos con hashtags como #YoLesCreoAEllas, #MujeresJuntasMarabunta, #NoEstasSola y #SeVaACaer y más mujeres se unieron a la ola de denuncia.

Yo, de verdad que no lo podía creer. Se me iluminaban los ojos al ver la fuerza de mis compañeras, de la sororidad y el feminismo. ¿Podría ser esto el inicio de la revolución feminista en México?

Nosotras las anónimas

Parecía que caminábamos hacia ello cuando la discusión se volvió en nuestra contra. ¿Ahora las feministas hacíamos la “cacería de brujas”? Esa empezó a ser la línea narrativa de muchos de los discursos que siguieron a continuación.

Los comentarios se centraron en cuestionar el derecho de anonimato que tienen las víctimas por considerar que es un peligro para la reputación de los acusados. En pocas palabras: en un país feminicida se le cree más en la presunta inocencia de un hombre que a la denuncia de una mujer.

Y para prueba un botón. Para que el #MeTooMx brincara a los medios de comunicación se necesitó el suicidio de un hombre famoso en el medio musical: Armando Vega Gil. Su decisión de quitarse la vida trajo a la mesa la denuncia de una joven que aseguró que el músico la acosó cuando ella tenía 13 años.

Vega Gil se aseguró de dejar su declaración en el debate a través de una carta suicida que hizo pública en su cuenta de Twitter para negar la acusación en su contra y decir que se quitaba la vida como una “radical declaración de inocencia”. Y esto, su perspectiva y posición, fue lo que se puso al centro de la discusión; no las historias de ellas, no, sino la de él y cómo el movimiento ya se había pasado de tueste.

Y desde este momento, los medios de comunicación brindaron el espacio a los discursos de odio en contra de las mujeres. Esto fue en contra de la Convención Americana sobre Derechos Humanos y la Declaración y Plataforma de Acción de Beijin que establecen la eliminación de los discursos cuando intimidan, oprimen o incitan al odio o la violencia contra nosotras.

En este caso, los discursos de odio se revistieron en discursos “neutrales” y “críticos”, legitimados principalmente por las voces de tres periodistas de larga trayectoria y que se autonombran feministas: Blanche Petrich, Marta Lamas y Elena Poniatowska.

Marta Lamas, Elena Poniatowska, Blanche Petrich

¿Quién se atrevería a cuestionar sus planteamientos cuando en su trayectoria se les ha reconocido su mirada alterna y en ocasiones subversiva? Pues pocas, ¿no? Así les fue fácil presentarse como voceras de las mujeres cuando en realidad no fueron más que un coro más del patriarcado.

Un día después del suicidio de Vega Gil, las tres periodistas tuvieron de qué hablar. El 2 de abril Petrich publicó un artículo de opinión en el medio para el que trabaja La Jornada; Poniatowska escribió seis tuits en su cuenta de Twitter; y Marta Lamas apareció en entrevista con Carmen Aristegui.

Los mensajes se viralizaron a partir de estas piezas, tanto en los medios digitales como en la prensa y televisión. Como seguimiento, las periodistas ofrecieron entrevistas a medios nacionales e internacionales; inclusive Marta Lamas participó en debates televisados por Noticieros Televisa el 3 y el 11 de abril.

Los tres discursos brillaron por sus similitudes. Los principales argumentos fueron: cuestionar la veracidad de las denuncias por su carácter anónimo, describirlas como desmesuradas, responsabilizar al movimiento por el daño potencial a los acusados y resaltar la necesidad de que el movimiento cese.

La perspectiva de Vega Gil sobre el acto de suicidio fue el hilo conductor de estos argumentos. Primero surge la voz de Marta Lamas poniendo en tela de juicio las denuncias anónimas aunque por derecho las mujeres pueden hacer uso de la confidencialidad para protegerse de sus persecutores.

“Me preocupan las denuncias anónimas, no porque piense que todas son falsas pero sí pienso que dan cabida a venganzas y resentimientos y que pueden incidir de manera negativa”, resaltó la investigadora.

Así como Lamas, Petrich también se otorgó las credenciales para decidir lo que es y lo que no es válido en las denuncias que hacen las niñas y mujeres: “Me pareció que muchas veces se confundían torpes e indeseados intentos de seducción con acoso, relaciones de pareja tóxicas con violaciones”, acusó.

Nosotras las “puritanas hipersusceptibles”

A las mujeres con denuncias “inválidas”, según las periodistas, les nombraron “manipuladoras”, “exageradas” y “vengativas”; además de “puritanas hipersusceptibles”. Todos estos adjetivos construyeron un orden simbólico que demerita las exigencias y las violencias que las mujeres sufrieron.

Cuando las periodistas en lugar de señalar la violencia generalizada que viven las mujeres en México ponen el dedo en los tipos de denuncias y en el cómo ellas creen que muchas de éstas surgen de una motivación revanchista, exponen a las mujeres que denuncian al escrutinio público y a más violencia. Y no, a los abusadores no. A ellos los protegen.

No vamos a entrar en detalle en lo que estas periodistas llaman abuso o acoso, porque bien sabemos que cualquier tipo de acto sexual sin consentimiento es violencia y punto. Pero, es este recelo infundado y persistente en sus discursos como ellas justifican priorizar la simpatía con los acusados. Así las autonombradas feministas revictimizaron a las mujeres que publicaron sus denuncias, mismas que sin forma de comprobarlo señalaron como falsas.

Nosotras las víctimas convertidas en victimarias

Pero la cosa no acabó ahí. No contentas con acusar como si fueran juezas del Tribunal Supremo, voltearon la tortilla olímpicamente. Y sí, en este país feminicida, las denunciantes se convirtieron en responsables directas de daños morales y físicos de los presuntos inocentes.

“La acusación de acoso sexual a tontas y a locas puede lastimar el buen nombre de un hombre perfectamente honesto. Soy feminista pero me duele mucho el suicidio de Armando Vega Gil por una denuncia anónima”, tuiteó Poniatowska. Qué aberración, disculpen pero el responsable de la violencia no es más que quien la ejerce.

Revictimización y criminalización a las denunciantes de violencia sexual, o los modos mismos del patriarcado para sostener su mecánica del poder. Y por supuesto, la apuesta por estos discursos se dejó ver al final de estos al llamar la necesidad de parar el movimiento. “Una hoguera fuera de control” le llamó Petrich al #MeTooMx.

¡En qué país vivimos las mujeres en México sino en uno de hombres, donde nuestras palabras no cuentan si no cumplen al interés masculino! ¿Por qué en la agenda periodística está el debate de si las denuncias de niñas y mujeres son lo suficientemente creíbles? ¿Por qué no se cuestiona al abusador y sí tanto a las mujeres que denuncian como a las que luchan por abrir espacios de denuncia?

Me pregunto qué pasará cuando las mujeres vuelvan a romper el silencio. ¿La misoginia irá primero que nuestros derechos constitucionales bajo el manto protector de los medios? ¿La misoginia, enmascarada como feminismo y autoridad periodística, intentará de nuevo destruir el esfuerzo de lucha de niñas y mujeres?

Fotografía: Juliana Alvarado

El ser feminista

Ser mujer y auto autorizarse las voceras de las feministas no es suficiente para asegurar que la persona mira por los intereses de las mujeres. Ser feminista no es un título inamovible a través del tiempo y que se gana como cuando una finaliza un curso.

Ser feminista requiere un entendimiento profundo y actualizado de las relaciones poder en las que vivimos y en las que las vidas de las mujeres están en peligro. Ser feminista es reconocer que existen diversas luchas situadas y que no por ser mujer puedo hablar en nombre de todas las mujeres.

Nos quisieron hacer creer que por la presión de sus debates el #MeTooMx dejó de existir, las cuentas se desactivaron y la ola de tuits se rompió. Pero lamento informar a aquellas voces del patriarcado que este episodio sólo hizo más fuertes a las mujeres que luchan.

Los chats privados se abrieron y los encuentros de mujeres aumentaron. Es un placer habernos encontrado y ahora mirarnos, compartirnos y dialogar. Como primer prueba, el foro #MeTooMx se organizó y ahora está en espera a que este 6 de junio las autoridades “brinden información sobre el cumplimiento de sus obligaciones ante los casos de acoso, hostigamiento y otras formas de violencia sexual contra las mujeres, perpetrados en espacios públicos y privados”.

Compañeras, este solo es el inicio de un movimiento que germina fuerte. Reunámonos, hablemos, organicémonos porque la lucha sigue. Porque somos las nietas de las brujas que no pudieron matar, el patriarcado no se va a caer, ¡lo vamos a tumbar! Y si es necesario, ¡lo vamos a quemar! Si en este mundo al revés proteger nuestros derechos es considerado un acto radical, pues radicales seremos.

Petrich advertía en su artículo que el #MeTooMx, “un tribunal sumario, histérico y acrítico”, también la mandaría a la hoguera por sus declaraciones. Y no es que te mandemos a ti, a Lamas y Poniatowska al fuego, sino a la misoginia y a cualquier atentado contra a la vida y dignidad de las mujeres. Esta es la lucha contra el patriarcado.

*Reportaje realizado en el curso "Reporteras Feministas" de Ímpetu Centro de Estudios A. C. La autora buscó evidenciar cómo a través de los discursos periodísticos también se difunden narrativas de odio que sirven al sistema patriarcal, pero que se difunden en voz de mujeres que se auto designan voceras del feminismo para ganar más legitimidad.  

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2 thoughts on “Para las que nos pasamos de tueste: los discursos de odio no nos van a destruir

  1. desafortunada defensa de mujeres extraordinarias…. pero que devela la complejidad de las conviciones y las coyunturas

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