Patricia Karina Vergara Sánchez

Me niegas el derecho al nombre.
No puedo llamarme “poeta”.
No lo merezco.

Dices que no soy buena,
que no tengo técnica,
que no cumplo reglas
ni estándares académicos.

No te declares mi enemiga.
Estamos de acuerdo.
No soy buena,
no tengo técnica,
no cumplo reglas
ni estándares académicos.

Mira, que a mí no me sirven las palabras constreñidas,
las que están encerradas en un aula
o en el salón de los reverenciados.

No busco,
no quiero,
no necesito
los premios y reconocimientos que son todos tuyos.
Los otorgan los hombres en el reino de los hombres,
no soy yo quien vaya a intentar complacerlos.

Estoy en otro sitio.
Desde aquí escribo del lenguaje del vientre nuestro.
De esa palabra secreta y evidente,
de aquello de lo que el patriarcado no entiende nada.
Ni metáforas complejas
ni polisemias
ni adornos dorados en salas iluminadas.

Mi palabra es la que late con nuestras voces.
El canto sencillo de la niña,
el aullido de la madre,
la furia contra el canalla.
Esas cosas que a ellos no les importan,
mucho menos les significan.

Soy, apenas, un grito en la marcha,
un verso pintado en la pared de una villa,
una lectura con el megáfono en la boca,
un acto callejero de quien busca sanar,
el alarido de una garganta agotada.

No pierdas la paz conmigo.
Mis letras son humildes,
palabras desde la insignificancia.
Si no te gusta llamarme “poeta”, no pasa nada.
Mira, que soy tan pequeñita
que no necesito tener un nombre autorizado,
Puedo llamarme de cualquier modo y seguir aullando.

Me gusta, por ejemplo,
cuando me llaman “panfletaria”.
Me visto de consigna política y voy versando por los barrios.
Cuando me nombran “loca”,
por las noches,
mis gritos psiquiatrizados les erizan de miedo la piel
sin que puedan evitarlo.
Y, cuando me dicen “desadaptada”,
me les carcajeo a boca abierta
para salpicarles de saliva toda la cara.

Arte popular, si así más te gusta.
Podría ser yo una artesana de versos.
Fábrica de jicaritas para contener
agua de palabras,
para la sed de otra munda
que es con las que me acompañan.

Lo cierto, señora, es que tienes toda la razón.
Brillante como la razón pura.
Habita el Olimpo, disfruta.
No te lo disputo.

Me quedo en donde estoy, a mí me basta.
Me gusta ser ésta,
apenas una escribana de mi rabia
y de unas cuantas victorias de mis revoluciones ya logradas.

Tomado de: Esta boca mía (21 de marzo, 2019)

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