Feminismo

[Opinión] Tenemos derecho a la rabia- Por Montserrat Pérez

rabia

Por Montserrat Pérez

Tenemos derecho a la rabia. Cuando nos matan diario por nuestro derecho a decir no, por ir a la tienda, por mirar mal a alguien, por salir con un primo, por respirar, por caminar, por no ponerle sal a la comida, por ser mujeres. Tenemos derecho a la rabia. Cuando nos violaron a ti, compañera, a mi amiga, a mi vecina, a mi carne. Tenemos derecho a la rabia. Porque al salir a la calle aprendes a bajar la mirada cuando un tipo babeante se te acerca y te susurra al oído “sabrosa” y no dices nada porque tienes miedo de que te haga algo peor. Tenemos derecho a la rabia. Porque ni María Fernanda ni Eli ni Rosa regresaron a su casa y no sabe nadie dónde están. Pero dice la policía que se fueron con el novio, qué más da, luego vuelven, regrésese a su casa, guarde la foto, no nos importa, una desaparecida y ya. Tenemos derecho a la rabia. Porque todavía le temo a estar a solas con amigos cuando beben, porque no sé en qué momento se les va a olvidar que me quieren y van a ver un agujero, una presa, una oportunidad.

Tenemos derecho a la rabia. Porque los medios nos quieren calladas, nos quieren hambrientas, nos quieren sumisas, nos quieren vírgenes, nos quieren putas, nos quieren suaves, nos quieren depiladas, nos quieren sin olor, nos quieren invisibles, nos quieren borrar. Tenemos derecho a la rabia. Porque me piden que perdone, pero no perdono nada. Carajo. No perdono que hayan tomado la vida de mis hermanas, que hayan bañado la tierra con su sangre, que esa sangre se vuelva océano y los ahogue.

No, no perdono. No perdono que a una niña de año y medio la hayan arrojado del balcón después de abusarla. No, mil veces no. No perdono que mi cuerpo haya sido usado y mancillado, a pesar de que dije NO.

Tenemos derecho a la rabia. Nos merecemos la rabia. Nos merecemos puños levantados, ropas desgarradas, gruñidos salvajes, cuchillos afilándose, pies que golpeen tan fuerte el suelo que en todo el mundo se sienta un terremoto, que las aguas se revuelvan, los cielos se nublen, caigan rayos y el rugir de los truenos se vuelva ensordecedor. Nos merecemos lágrimas que terminen en ríos, que se hagan huelgas, que las calles se llenen de vidrios rotos, de lamentos, de sed de justicia, que se pudran de dentro para afuera todos aquellos que abusaron de nosotras. Merecemos verlos caminar sobre campos llenos de hormigas rojas, nadar en lagos infestados de sanguijuelas, verlos sangrar.

Merecemos no saber nada de ellos, no verlos nunca más. Que se hagan cárceles en el infierno donde se quemen, pero nunca se mueran, como yo, como ellas, que vivimos cada día saltando cuando vemos a alguien que se te parece, maldito, a alguien que tiene el mismo color de ojos, cabrón. Cuando sentimos que está alguien demasiado cerca, no importa si nos quiere, no importa si nos ama, algo se nos hiela en las entrañas, ya no hay vuelta atrás. Nosotras no olvidamos, no perdonamos, no nos tragamos los discursos vacíos del gobierno que nos hacen institutos de la mujer donde nadie nos hace caso, donde a sus mismas trabajadoras las violentan. Escupimos su caridad, sus intentos baratos de callarnos.

No nos callamos nada, gritamos, somos la rabia histórica, que clama por no ser reprimida, por salir, hacer erupción, quemar todo y volverlo a regenerar. Somos las abuelas, las bisabuelas, las que nos enseñaron a no confiar en extraños, llevar un pasador a la mano, huir de noche, mientras duerme la borrachera, hacer una vida nueva, somos las tías y las primas que tomaron el coche, que dispararon con el arma guardada en la alacena, que clavaron el cuchillo de cocina porque estaban cansadas, porque estaban golpeadas, porque ya no podían más. Tenemos derecho a la rabia, somos la rabia y vamos a ganar.

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