Feminismo

[Opinión] Lo que hay dentro

«Sobrevivientes de violencia,

mamá solteras:

hermanas feministas del planeta tierra»

Mujer Lunar, Rebeca Lane

A Olga, porque me habló de amor;

A Carolina y Marcela, porque me enseñan a resistir;

A Ana, porque me impulsó a crear;

A Luisa, porque diario me sigue enseñando a no abandonar;

A Ambro, porque me «obliga» a decidir.

Mamá vino de visita hace casi un mes. De regreso a San Cris, le platiqué sobre Ella. Al escuchar la historia sobre los papeles escondidos debajo de la tierra cuando los militares entraron a la comunidad cuando Ella tenía unos 7 años, mamá, con una cara de sugerente angustia, me dijo: «Ella es una muchacha con historia».

Durante todo esto que muchas denominan «el proceso (feminista)», me he encontrado con singulares opiniones. Una de las que quiero traer a la mesa ahora es aquella en la que la gente asegura que el feminismo que no es asimilacionista/igualitario, entonces sigue siendo «victimista» (una forma ‘polite’, quizá, de desligitimar el feminismo radical).

Mientras caminaba hacia «la chamba» en la que ahora decido estar porque no me atrevo a abandonar los privilegios de clase y de raza que históricamente he detentado en este sistema de mierda, pensaba en eso que mamá dijo antes de conocerla: «Ella es una muchacha con historia». Para mamá, la historia significa lo que el patriarcado como discurso, como ethos, como episteme, han querido que creamos: que historia es violencia.

Porque historia han sido guerras (o ‘guerrillas’); historia han sido genocidios y sometimientos epistémicos; incluso hoy, quienes dicen que hacen historia, es porque están confrontando cuerpo a cuerpo, o a través de la palabra, a quien se construye como la otredad-antagónica. La construcción de la historia, probablemente, solo se constituye si es capaz de identificar, como me decían en las clases sobre materialismo-marxista, si existe «lo bueno y lo malo»: la tesis y la antítesis. Lucha, justicia, búsqueda de dignidad… en los libros, en los discursos desde casa y en los medios, se nos han enseñado como sinónimo de «violencia»; y la violencia, cuando no la ejerce «quien-debe-ejercerla», es ‘mala’. Recientemente a mí, por dislocar simbólicamente la construcción machista de los machos que me rodean, me han llamado ‘misándrica’ (sentí entonces la rabia de aquellas a quienes ya les ha pasado)… y comprendí que el sistema tiene a sus mejores militares en nosotras, las que condenamos a las otras cuando desobedecen, cuando somos VIO-LEN-TAS.

No es fácil asimilar la violencia cotidiana. Como tampoco resulta fácil desarmarla. Menos aún, y en este punto quiero ser enfática, CURARNOS DE ELLA.

Nadie elige la violencia. Tampoco es verdad que la elegimos «libremente» («es una pendeja si se queda sabiendo que la golpean»). Simplistas son los discursos que siguen atribuyendo el aborto a decisiones basadas en un real suelo parejo que implica fuerza, autodeterminación y conciencia: dejan de lado, quizá, que el somentimiento y el miedo en un sistema introyectado pueden más que solo saber que «debes» exigirle usar condón o negarte a parirle hijos. Nadie elige ser víctima, pero incluso así, la víctima existe.

Y lo que quiero no es enarbolar un discurso de víctima para decir que el feminismo tiene sentido. Lo que quiero es hablar de que aunque no lo elegimos, tampoco es la peor decisión nombrarnos desde las heridas que el sistema, a través de los muchos aparatos que tiene para hacerlo, ha hecho sobre nosotras, sobre nuestras historias (personales y colectivas), sobre nuestras mentes: sobre nuestras prácticas, decisiones y maneras de tejernos comunidad.

Las víctimas existimos y nos convertimos, como arguye Rebeca en su mítica «Mujer Lunar», en ‘sobrevivientes’ porque, aparentemente, de nada sirve seguirnos nombrando desde el dolor y la rabia. Pero es el dolor y la rabia, los elementos que generalmente nos incitan a no abandonar los caminos para cambiar la circunstancia en la que nos ocurrió aquello que nos convirtió en combatientes: es la condición de víctima la que nos insta a ser sobrevivientes y, desde el sobrevivir, elegir que RESISTIMOS y NO ASIMILAMOS la violencia que sigue ocurriendo a nuestro alrededor.

Por eso ELEGIR SER LESBIANA FEMINISTA es autodeterminación y resistencia desde la reafirmación cuando te cuentan que hace unos días, en un hotel en San Cristóbal, la amiga de una amiga tuya fue asesinada por un tipo que la llevó hasta ahí «para coger». Por eso es resistencia moverse de lugar y ser incapaz de soportar discursos patriarcales sobre de dónde viene y cómo distribuir el dinero, sobre las formas de manipular a otras mujeres que tienen en algunas acés de mujeres ricas/elitistas/blancas/heterosexuales (en las prácticas, incluso si se asumen ‘lesbianas’); por eso es resistencia denunciar y posicionarse lejos de una ética feminista basada en el poder de unas a costa de la precarización de otras. Por eso hablamos de racismo, de clasismo y de machismo, pero también de adultocentrismo, que a final de cuentas, es el mismo sistema encarnado en nuestros actos, suponiendo que a caso nos damos cuenta que los sistemas se convierten en cuerpo y acciones y entonces son ética que no cambia y que interminablemente vuelve a ser lo mismo.

La cosa aquí es, entonces, que toda esa violencia que asumimos «la historia de algunas», es también nuestra propia historia, marcada por formas distintas de vivir esas violencias y opresiones diarias que el sistema nos hace encarnar dependiendo de qué contexto venimos, pero al final, «nuestra historia son nuestras violencias».

Ser capaces de identificar las claves en las que todo esto ha ocurrido, asumir que hemos sido víctimas y que con tecnologías cotidianas de improvisación y buen adiestramiento, también hemos violentado, es apenas un primer ejercicio que NECESITAMOS para sugerirnos buen trato y dejar de creer que ‘ser políticamente correctas’ es un acto real de sanación, porque NO LO ES: ni para nosotras, ni para las otras.

Politizar la violencia implica reconocernos históricamente en ella. Es reconocer que nosotras también la aplaudimos y avalamos sobre nosotras mismas y respecto a otras. Es identificarla en nuestros espacios cotidianos: es denunciarla, y posicionarnos críticamente frente a ella. Es dejar de creer que existe solo en los machos como cuerpos sexuados, sin ser capaces de darnos cuenta que el machismo también está incorporado a nosotras; que nuestros contextos son racistas: que nosotras somos racistas; que mi familia es profundamente conservadora, elitista y lesbófoba: ¿yo ya no lo soy?

Tejer comunidad, estar colectivamente desde el buen trato, desde el ‘buen vivir’, debe implicarnos más que los discursos. Pero tampoco significa abandonar la rabia, el enojo, la desazón ante lo que ocurre cotidianamente y nos sigue resultando indigno. La violencia debe subvertirse y sí, el miedo debe cambiar de lado. Solo en eso, en ese proceso de justiciabilidad real, situada, la que nos confronta en las calles reales de todos los días, y no en la academia o las oenegés que reclutan cual empresa, está la verdadera condición a trabajar: el verdadero TRABAJO DE BASE que subvierte y quebranta la violencia feminicida, etnocéntrica. Capitalista y colonial.

Discutirnos las estrategias es un paso, pero dejar de deslegitimar la denuncia y el coraje de quienes resisten las condiciones en las que hemos crecido y se vuelve tan difícil resistir, quizá sea un reto que desde cada apuesta feminista tengamos que revisar. O quizá no, porque es desde ese cinismo que todavía seguimos cobrando dinero y sosteniendo el poder que tenemos.

De mientras, aquí y ahora, marchemos nuestra propia historia: ojalá que cada vez más podamos atrevernos a abandonar, críticamente, lo que duele y autogestionarnos las propias maneras de resistir.

Con amor a todas las que me han enseñado que la violencia solo es un fragmento.

ENTRE NOSOTRAS ES URGENTE REGRESAR AL INICIO: A APRENDER A AMARNOS. ASÍ, SIN MÁS.

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La Crítica