Lesbofeminismo

[Opinión] Devenir lesboterrorista

Por Mariana C. Bertadillo

Hace algunos días leía con atención las líneas de un ensayo de Gladys E. Tzul Tzul en Aproximaciones críticas a las prácticas teórico-políticas del feminismo latinoamericano; en ellas la autora guatemalteca esgrime:

“Retomando las palabras del reconocido y criticado Foucault acerca de que la labor de hacer análisis reside en desactivar los estudios reduccionistas que buscan presentar una historia triste y deprimente –tal como lo hace la derecha-, o de la dominación permanente –como lo ha hecho la izquierda-, […] apelo a la complejidad del pensamiento foucaultiano…”

¿Por qué me interesó, precisamente, este extracto de la línea argumentativa de Gladys? Porque en ella, aunque parezca que la reflexión sustancial proviene del pensador francés, la autora exhorta a aterrizar en una forma particular de recreación de la izquierda: el feminismo como movimiento e ideología. Cuando habla de la tendencia de la izquierda por erigirse desde un discurso de “dominación permanente”, Tzul Tzul está convocando a revisitar las formas, pero sobre todo los fondos, de las luchas que hemos decidido librar, en el ámbito personal, y en el colectivo.

 La búsqueda incesante por resignificar desde el discurso sobre dominación permanente no es lo mismo que abanderar nuestras luchas con él, manteniéndolo estático: no habría que reivindicar el recordatorio de “dominación permanente” como hábito discursivo y único “plan de acción”, pero es un hecho que requerimos problematizarla. Al hacerlo, sin embargo, habría que asumir un reto imperante: revisar, como rasgo ético de nuestra lucha, ¿desde dónde estamos problematizando? Decidir cómo construir el campo no es lo mismo que hablar de él: para escribir no basta la pluma, sino saber qué queremos hacer con ella.

 Para construir una movilización, para consolidar cambio social, para concatenar prácticas que construyan empoderamiento y nuevos procesos de acción, requerimos de herramientas que puedan describir su campo, propuestas de cómo éstas son capaces de intervenirlo, pero sobre todo, el espacio donde nosotras nos estamos situando frente a las problemáticas y, por lo tanto, el lugar de enunciación de nuestras “soluciones”.

 Hablo de que articular y concretar praxis, requiere pensamiento, pero que un proceso reflexivo que desencadene acciones es inseparable de la clave en la que leemos el mundo. El devenir no es más que un desdoblamiento del panorama que estamos eligiendo mirar y esa es ya una deliberación: como tal, una construcción social. Lo que elegimos mirar no es fortuito: es producido por contexto social, político, económico y cultural. Está construido por ideología. No es “inocente”; mucho menos “natural”.

 “Cuestionar las categorías que nos oprimen a diario”, como recita aquel rap feminista creado desde el pensamiento lesboterrorista de Menstruadora, una de las expositoras de esta propuesta de lesbofeminismo situado, no es más que una invitación a abandonar el confort que regala asumirse neutral o, peor aún, crítique de un planteamiento que no se entiende y que, en todo caso, se reflexiona y cuestiona desde la lógica empatada con el sistema en el que vivimos, misma que, dicho sea de paso, es la que en acto de refuncionalización, permite que las cosas sigan tal y como están.

Pensar que la invitación del lesboterrorismo a “alesbianar a mujeres despistadas para encamarlas después” es una afirmación producto de una elección patriarcal y, ciertamente, misógina y lesbófoba de ver el mundo porque implica que 1) resulta que devenir “lesbiana” es un asunto de confusión o “despiste” (lesbofobia); 2) porque devenir “lesbiana” implica acostarse con mujeres, dejando de lado toda la carga política que ello lleva implícito (argumento desde el pensamiento heterosexual obligatorio que naturaliza regímenes de opresión mediante su nombramiento como “orientación sexual”, reivindicando su circunstancia periférica, “fuera de lo normal”: lo normal es aquel régimen de opresión); 3) porque las relaciones entre lesbianas van más allá del sexo (¡tranquilas! Las lesbianas feministas no sólo follamos: muchas de nosotras reconocemos que el erotismo no cabe en la lata que nos vendió el heteropatriarcado o, como diría Audrè Lorde: no destruimos la casa del amo con las herramientas del amo).

¿Qué significa LESBOTERRORISMO? ¿Por qué hablar de TERRORISMO en un momento social y político donde ése es, más bien, un concepto que reactualiza la acción bélica que tanto daño ha causado a las sociedades alrededor del mundo? ¿Que para ser TERRORISTA hay que estar lo suficientemente preparadas o, de lo contrario, no andar cargando una bandera que nos queda demasiado grande?

El Lesboterrorismo es un conjunto de reflexiones situadas, de sentires compartidos y de propuestas articuladas en conjunto y en constante diálogo y construcción. Pero construcción no implica que toda la crítica recibida deba generar, por fuerza, un cambio interno en el discurso, porque eso implicaría que nuevamente nos colocamos como interlocutoras de una ideología a la que estamos renunciando y que, por lo tanto, nos coloca ante el reto constante de configurar nuevos paradigmas para la acción.

Lesboterrorismo, como consecuencia de un lesbofeminismo situado, quiere decir que se renuncia a “hombre” como significante cargado de todas las construcciones sociales que le colocan como una de las más violentas categorías de opresión y que, por lo tanto, nada de lo que se origina a partir de la consideración de “hombre” como centro nos interpela. Por lo tanto: también estamos renunciando a las dicotomías que justifican que uno manda y las otras obedecen; que no, un baile puede ir más allá de “la pareja” y que tampoco es necesario pensar que uno tiene que llevar y la otra “dejarse llevar”, metafórica y literalmente hablando.

Consideramos el adultocentrismo un derivado histórico y necesario del patriarcado en el que la edad produce relaciones de poder basadas en “la experiencia” y la posibilidad de oprimir subjetividades a razón de su “inmadurez”. Vemos en la clase una clave en la construcción de las relaciones sociales de esclavitud históricas y actualizadas, así como una relación indivisible entre ésta como parte de un sistema de acceso a herramientas y circunstancias de producción dentro del marco legitimado, y la raza en tanto categoría que permite la distribución de trabajos en función de marcadores étnicos que determinan en quiénes recaen las responsabilidades de ciertas tareas, relaciones económicas, herramientas y capitales simbólicos y culturales por aportar al aparato que mantiene de pie a las sociedades tal y como las conocemos.

Lesboterroristear es renunciar también a los modelos hegemónicos de belleza, problematizando la gordofobia, cuestionando el fondo del tramposo discurso de la erradicación de la gordura como un problema de salud que está lejos de abundar en sus causas estructurales, una de ellas, la pobreza.

También des-organizamos críticamente la hipersexualización de corporalidades disonantes que, centradas generalmente en construcciones estéticas erigidas desde la episteme occidental, miran “hermosa” una diferencia que pone a prueba su capacidad de gobernar lo distinto, de ejercer poder sobre lo que reconoce inferior a propósito del ethos de la conquista como posesión. Esta reflexión coloca sobre la mesa la premisa feminista de revisitar el cuerpo como el primer territorio político.

¿Lesboterrorismo es una forma de despistar mujeres para encamarlas? No, compas, no se confundan: lesboterrorismo es una posición política y una propuesta de acción. Prácticas y un constante ejercicio de intercambio que alimenta la historia colectiva y el pensamiento desde comunidades imaginadas que cada vez son más grandes y rebasan la virtualidad. Pero también es, sobre todo y fundamentalmente, una invitación a abandonar las normas que nos determinan como mujeres interpeladas por un sistema que participa con factores cómplices, a distintos niveles, en los asesinatos y violencias hacia nuestras corporalidades y subjetividades todos los días, en casi todas las sociedades del mundo (nos reservamos el derecho a pensar que por ahí exista alguna que no se base en nuestra muerte y opresión para poder existir, aunque francamente, sabemos que este sistema lo hace casi imposible).

El lesboterrorismo es una respuesta ética de autodefensa, de activismo radical promotor de procesos de empoderamiento, frente a una realidad que, literalmente, está cobrando nuestras vidas, nuestras esperanzas y nuestra salud mental. Y que no coloca sólo a las mujeres como centro, sino a subjetividades oprimidas por la serie de categorías arriba desarrolladas que irrumpen directamente en nuestras vidas, prácticas y elecciones de manera cotidiana, justificando obediencia incuestionable, violencias, pobreza encrudecida, muerte e impunidad porque, para ese sistema, nuestro valor es moneda de cambio y utilidad, recurso. Nada más.

Nombramos terrorismo el acto mismo de crear terror a un espejo que no nos reconoce y que, por lo tanto, se va quebrando al vernos sin poder descifrar nuestras formas.

No creemos que para ejercer un terrorismo que nos resignifica como sujetos de acciones propias articuladoras de herramientas, estrategias y prácticas para nuestra defensa y emancipación, necesitemos estar listas. Más bien, necesitamos estar lo suficientemente hartas y conscientes de que es la organización, la mirada entre nosotras y la confianza en lo que podemos hacer desde nuestras singularidades, lo que nos ayuda a construir un poder y hacer colectivo en relación con el mundo. Y no, no invitamos ni a un ghetto, ni a la configuración de acciones individualizadas.

Lesboterrorismo es, prioritariamente, una convocatoria permanente al “hágalo usted misma” en procesos que sumen y se basen en acciones compartidas y de impactos colectivos del día a día.

Nuestra forma de incidir no se basa en las leyes, porque al final de cuentas, ellas no nos están mirando la cara, ni reconociéndonos como luchas cotidianas. Nuestra incidencia es una performatividad del día a día que “hace cosas con las palabras” (devenir “lesbianas conversas”; construir el “noamor”) y que, en el nombrar, va articulando sus propios procesos de resistencia y activando otras formas de hacer, pero sobre todo, de crear: impacta aquella retórica que se atrevió a decir lo que había que decir, pero lo dijo escribiendo un verso que nadie pudo dejar de escuchar, porque habló de manera distinta.

Es nuestra creatividad, pero sobre todo, nuestra posición y radicalidad alimentada con las formas en que hemos decidido mirar e ir consolidando otro mundo, nuestro mayor canto de rebeldía, nuestra propuesta, nuestra esperanza, pero aún más importante: la vivencia de la creación de nuestra circunstancia.

Ser lesboterrorista ha constituido aprender otras formas de organización, de pronunciamiento, de crítica, de formulación de propuestas, de vinculación, de apoyo, de encuentro: de miradas. Devenir lesboterrorista no me ha obligado a encamar a más mujeres, sino a construir la horizontalidad en mis relaciones y a cuestionarme el por qué de no poder hacerlo ahí donde la interlocución ha sido negada o la inercia es tal que disloca los intentos por seguir hablando. De paso me ha enseñado, incluso, a follar distinto. A Noamar. A cuestionarme privilegios. A renunciar a mis construcciones de amor romántico, justificador de celos sin descanso que desquiciaban, sin poder complejizar, los trazos de cualquier relación.

Devenir lesboterrorista ha consistido en una práctica de emancipación que, sin creer que en la sola lectura de posturas inscritas en libros habré de encontrar las respuestas a una realidad que toda la teoría no podría ayudar a leer, me ha enseñado que citarnos como principales pensadoras de nuestra realidad, crear nuestros medios de comunicación y estrategias de vinculación, es una de las principales armas que no debe dejar de lado la munición más importante: en este terrorismo elegido, la premisa fundamental es construir con baile y alegría, porque “felicidad” es nuestro fin, pero también nuestro principal medio.

Devenir lesboterrorista ha sido volver a reír.

 

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