[Opinión] Mi cuerpo, tierra sagrada… territorio político

 

Por Karina Vergara Sánchez

Incluso desde una definición muy básica de diccionario, se puede entender que lo sagrado es aquello “que está dedicado a una divinidad o a su culto o que está relacionado con esta divinidad, con la religión o con sus misterios. Por extensión, también es aquello que merece veneración o un respeto excepcional y no puede ser ofendido”.

El neoliberalismo en su rostro más feroz, niega la sacralidad de los recursos naturales. Esto quiere decir que niega la veneración, respeto excepcional, inviolabilidad e importancia que deberían ser irrenunciables y los niega porque es necesario para poder devastar la tierra, para poder señalar de ignorantes, de contrarios al avance y al progreso a quienes la defienden. Lo hacen para posibilitar el contaminar el agua de beber, si eso genera ganancias, o para dinamitar los suelos para obtener minerales, aun cuando mueran todas las especies de un ecosistema. Desacralizar la tierra es necesario para quienes quieren mantener el concepto de que ésta es propiedad privada, lo cual debería ser inconcebible, es inconcebible e inaceptable para quienes entendemos que la tierra no es nuestra, que somos de la tierra.

Negar el lugar sagrado de la Pachamama, Tonanzin Tlalli, Coatlicue, sirve para permitir el asesinato y criminalización de mujeres como Berta Cáceres y otras defensoras de la tierra. Hablo del horror de casi 200 personas defensoras de los recursos naturales asesinadas el año pasado, de acuerdo con Global Witness. Esto sirve, también, para legitimar el lugar social de quienes explotan a la naturaleza y que se les trate llamándoles “empresarios” en lugar de escupir a su paso señalándolos como los depredadores de la vida que son.

De forma muy paralela, la semana pasada leí una cita en donde desde el neoliberalismo mandan decir que “hay que desacralizar el coño para que avance el feminismo”. El mismo discurso en nombre del progreso y el “avance” que utilizan para hacer concebible la industrialización de todo.

Yo digo que, por el contrario, hay que regresar su lugar de lo sagrado a las vulvas, a las vaginas, a los anos, a los úteros, a nuestros ojos, a nuestras manos, a nuestras fuerzas, a nuestras vidas enteras. No desde la sacralidad religiosa de los que inventaron un dios para dominar al mundo. Sí con la sacralidad de lo venerable, respetable, irrenunciable de nuestros cuerpos, de nuestras vidas, de la tierra y del agua.

Los recursos naturales no existen para ser explotados, nuestros cuerpos tampoco y los discursos del “progreso” y el “desarrollismo” ya no tendrían que engañar ni a nuestros pueblos ni a las mujeres.

La tierra no es para ser devastada.
Mi cuerpo no es territorio de conquista.
Mi cuerpo no es territorio para las industrias proxenetas.

 

Coatlicue/Fotografía de arcomuseo.com

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