Beatriz

Cuando era una niña, me decían que una niña bonita “se porta bien”. Yo trataba de hacerlo y aun así, nunca me sentí lo suficientemente bonita. Como era de esperarse, cuando entré en la adolescencia, todas las inseguridades sobre mi cuerpo se me vinieron encima. Mis caderas eran más anchas, mis muslos frondosos y comenzó el cambio en el que sino podía ser lo suficientemente bonita, como esperaban que fuera; entonces tenía que ser lo suficientemente lista, pero tampoco sentía que lo estaba logrando. 

Entonces comencé a devorar libros pero no cualquiera. Libros en los que me sentía diferente. Porque no sólo bastaba ser culta, también había que ser diferente y salirse del estándar. Comencé a refugiarme en mis libros y en esa afanosa necesidad de sentirme especial, porque solo así podía mantenerme relativamente a salvo. 

Nada funcionaba y al contrario, todo fue empeorando con el paso de los años. Porque siempre había más exigencias. No bastaba ser inteligente, ahora tenía que ser exitosa en mi profesión. Pero es que tampoco lo era. Bueno, entonces exitosa en la maternidad. Pues tampoco, porque siempre estaba la límite. 

Reventé

Comencé a tener tanto odio a mi cuerpo que no podía siquiera mirarme al espejo. No podía tener una mirada de compasión hacia ese cuerpo que salía todos los días a trabajar no sólo para ella, sino para los demás. No me reconocía. Aún tengo registro de las fotos en las que me ocultaba de mi misma y sí, aún me duele verlas y termino en llanto. Porque no quedaba rastro de mi ni de la manera en la que YO me soñaba. 

Fueron años los que me mantuvieron al borde de mis emociones. En las que el más mínimo halago, se convertía en detonante para que todas mis inseguridades se me vinieran encima. ¿Era lo suficientemente bonita? ¿Qué voy a hacer con toda esta gordura? ¿Realmente se merece alguien como yo? Siempre prensando en función de las expectativas ajenas. No quedaba rastro de mí. O eso parecía. Me abandoné tanto, me tenía cansada la vida más no vivir. Porque ninguno de mis intentos funcionaba, ni ser bonita, ni ser lista, ni ser exitosa valían. 

Me vi vulnerable y violentada de muchas formas. Parecía que ya había llegado al límite hasta que una de mis exparejas, utilizó fotos desnudas mías, sin mi autorización;  para publicarlas en sus redes sociales. Fotos en las que mostraba una etapa en la que sentía que si podía, que lo iba a lograr: mi embarazo. Me cansé de pedirle de muchas formas que se detuviera. Me cansé de pedirle fotos que nunca me entregó. Me cansé.  Pero también fue uno de los muchos fondos que toqué. Necesitaba encontrar mi propia paz. 

Muchas veces puse en riesgo mi cuerpo, me puse en riesgo. Pero ¿Cómo o quién nos enseña a amarnos de forma tan incondicional a nosotras? 

Bueno, pues es que eso también se aprende. Y es un acto de amor inigualable hacia nosotras. Sí, también influye y muchísimo la forma en la que vivimos nuestra niñez. La forma en la que nos hablaron, la forma en la que nos dijeron: eres bonita. Todas tenemos nuestra propia historia y eso está bien. Pero también vamos construyendo la nuestra, esa en la que si nos sentimos bonitas, majestuosas y en la que también, podemos con todo. 

Yo logré encontrar un acto de compasión, una vez que tirada en la plancha de un hospital, desnuda, la Doctora me dijo que me tenían que retirar mi útero porque ya no servía. Yo terminé llorando (como lo estoy haciendo ahora) de forma inconsolable. El primer acto de compasión que tuve para conmigo fue decirme que mi cuerpo aún servía, que mi cuerpo aún trabajaba y abrazarme llorando. El siguiente acto de compasión que tuve, fue cuando la doctora se me acercó y tomó mi mano,  me dijo que la vida continúa. Y me contó su experiencia, tan similar a la mía. 

Después de esa noticia hace casi ya dos años, pensé que realmente no tenía mucho que perder.  Logré reunir un poco que tenía ahorrado y pagué un viaje para mí y mi hijo. Porque si me iba a arriesgar a muchas cosas con el tema de la salud, pues por lo menos sembrar buenos recuerdos. Y así fue. Ahí me di cuenta de que si soy algo y de que no me importa si eso es especial o no, o diferente es que soy un SER sumamente sensible. Que no es lo mismo que vulnerable. Aunque eso me deje expuesta. 

Entonces, como ya no había mucho que perder, comencé a coquetear con el espejo. A asombrarme de lo que veía, a redescubrirme. Y debo ser honesta, la enfermedad por la que atravesé me dejó como 12 kilos menos y tuve que adaptarme a mi nuevo cuerpo. Luego comencé a recuperar peso. Y ahí venía, la lucha interna de nuevo. El de ser y no. El de querer y no. Tuve que tocarme más, tomarme mil fotos de las partes que más me gustaban. Aún no logro hacerlo con la misma seguridad con las partes que no me gustan. Pero todo eso es mío y de nadie más. Y todo eso soy yo, de miles de formas distintas, SOY YO.

Vi indicios o señales en las fotos de los árboles. En las plantas, en lo más cotidiano y que tenía a mi alcance. Porque así me gusta pensarlas. Entonces comencé a imaginarme como un árbol, de un tronco frondoso. Con ramas que buscan la luz del sol y el calor. Que ofrece jugosos frutos o hermosas flores y que se extienden también a la sombra en momentos de quietud. Después imagine el otoño en sus hojas y la manera en la que caía de las ramas. Tan sublimes y delicadas, y tan necesaria su caída. Porque sólo así reverdecerá de forma tan majestuosa, en todas sus tonalidades.

Poco a poco comencé a darme cuenta que el cuerpo nunca es el mismo y que todo el tiempo, todos los días está en un cambio constante del que ni siquiera nos damos cuenta. Un día tenemos los senos inflamados y al día siguiente la barriga. Otro día los pies hinchados y al otro los ojos por tanto dormir. Pero nosotras, pero yo soy la que habita ese cuerpo y la que encuentra su propio refugio en el o la que huye. Que somos una con LA CUERPA y que no somos entes lejanos como nos quisieron creer que somos. Que está ahí para nosotros, para nuestro gozo y placer. 

Antes de este retrato en el que me asombro, en el que empiezo a mirarme con ojos de amor compasivo, en el que empiezo a reconocer todas las partes como una sola, tomé muchas otras fotos. Todo iba en función de mi razón, de pensar si seré lo suficiente como para mostrarme en abundancia, con el follaje que me caracteriza. Pero también con todo lo que puede representar. 

Afortunadamente, estaba mi hermana y le conté de este curso. Le conté de mis fotos. Lejos de buscar su aprobación, encontré el apoyo y el impulso para hacerlo. Me enseñó las fotos de una activista y me contó que su novio le robó fotos de unos desnudos de ella y que denunció hasta tipificar ese acto como un delito en Yucatán. Ana Baqueando Celorio, feminista luchando por el respeto a la intimidad. Me inspiró mi hermana y me inspiró Ana. 

Después de pensar y pensar, me permití sentir. Porque necesito  reconocer esa parte de mi ser. NECESITO saberme que en todas soy yo, que nunca soy la misma en muchas situaciones, porque no siempre se deber ser igual, pero SOY YO. Entonces, después de pensar que eso se siente “SER UNA MISMA” sentí que me debía algo. Mirarme con respeto, mirarme con amor y que esta forma de hacerme tan mía debería ser mi acto de RESISTENCIA.

*Texto escrito en el curso "En busca de mi autorretrato: fotografía feminista" de Ímpetu Centro de Estudios A. C.

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