Feminismo

Los centros laborales, un segundo espacio para la defensa de la autonomía y la dignidad

Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

No es sólo la violencia en los hogares o en las calles. A las mujeres se nos arrebata cada día la oportunidad de construir autonomía y libertad cuando estamos en espacios de trabajo opresivos, desiguales y violentos. Es ahí donde prevalece un enorme pendiente, una deuda histórica con nosotras y con las otras: la defensa de nuestra dignidad laboral.

Históricamente, a las mujeres se nos ha negado el reconocimiento de nuestro trabajo. Durante el periodo Posclásico de la época prehispánica, en el caso de las mexicas “las labores textiles constituían una fuerte carga tributaria impuesta para las mujeres y de cuyo prestigio se beneficiaron las autoridades políticas masculinas”, de acuerdo con la investigadora Walburga Ma. Wiesheu en su texto “Jerarquía de género y organización de la producción en los estados prehispánicos”. 

La arqueóloga y antropóloga María J. Rodríguez-Shadow, quien ha estudiado la condición de vida de las mujeres en la época prehispánica, también aseguró que “la opresión femenina se basa en la necesidad de controlar a las mujeres tanto por su capacidad de producción como de reproducción”. 

Actualmente, la brecha más grande en las condiciones de vida entre mujeres y hombres en México es la del salario y el empleo. De acuerdo con la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, sólo 4 de cada 10 personas con un trabajo remunerado en el país son mujeres; además, aunque la Ley Federal del Trabajo obliga a dar igual salario por trabajo igual, durante el  primer trimestre de 2020, las mexicanas ganaron al mes mil 228 pesos menos que un hombre por los mismos trabajos, pero por más horas. Esta diferencia es mayor que la brecha por sexo que hay en el acceso a la educación, a la alimentación o la salud. 

Esta desigualdad en el empleo genera relaciones de dependencia para las mujeres. Es claro que muchos de los bastiones más importantes del patriarcado a lo largo de la historia están en los espacios en los que las relaciones personales están mediadas por el dinero y la producción de bienes y servicios. Aquí el patriarcado y el capitalismo se corresponden.

En los centros de trabajo se establecen relaciones patriarcales en las que se hacen ejercicios abusivos del poder contra las mujeres con el fin de obtener lo que ellas producen sin dar nada a cambio y, al mismo tiempo, despojarlas de sus recursos para restarles oportunidad de sobrevivencia.

Foto: Freepik

Si bien la ausencia de un piso económico impacta directamente las decisiones de vida de una mujer y disminuye su capacidad de respuesta y protección de su vida, cuando hablo de los recursos de sobrevivencia no me refiero sólo al dinero. Los daños de trabajar en un espacio laboral opresivo para las mujeres no son menores.

Así como el feminicidio, el hecho de que una mujer no pueda abandonar un espacio de trabajo en el que está siendo violentada es un peligro inminente para su vida. 

De acuerdo con una investigación de Margarita Pulido Navarro, experta en medicina del trabajo en la Universidad Autónoma Metropolitana, los daños más frecuentes contra la salud que generan el acoso sexual, el hostigamiento y otras formas de violencia en el mundo laboral son diabetes, hipertensión, infartos, cáncer y hasta suicidio. 

Tras documentar las condiciones de trabajo del personal educativo, de informática, administrativo, de salud y turismo, la experta encontró evidencias de que la violencia en el trabajo (ya sea física, sexual o “moral”) tiene consecuencias directas en la salud de las mujeres.

No obstante, la precarización del trabajo puede ser aún más grave. No es coincidencia que los sectores donde prevalecen las peores condiciones laborales son también los más feminizados. Por ejemplo, la maquila, el sector de limpia y el trabajo jornalero –con más de 70 por ciento de mujeres en la plantilla– tienen los salarios más bajos, nula protección social, poca regulación, baja representación sindical, alta tasa de accidentes y el mayor récord de abusos y demandas por abusos. 

Esto tiene consecuencias graves. Por ejemplo, tanto en la maquila, como en el trabajo del hogar y el trabajo agrícola migrante se ha documentado la ocurrencia de delitos graves como extorsiones, fraudes (se pide a las personas que paguen para poder trabajar) esclavitud y desapariciones. El documental “23 años de impunidad en Ciudad Juárez”, que elaboró Cimacnoticias, demuestra que los feminicidios ocurridos en Ciudad Juárez, Chihuahua, en 1997 estuvieron vinculados directamente con el asentamiento de fábricas en la frontera norte del país tras la firma del Tratado del Libre Comercio y la condición de vida de las trabajadoras: mujeres migrantes y con dependientes.

De hecho, una de las formas más frecuentes de enganchamiento para la trata de mujeres en México es a través de ofertas laborales engañosas. Muchas mujeres que son engañadas terminan en contextos de prostitución. 

La defensa es colectiva

Por años, los hombres se han apropiado del trabajo de las mujeres, no lo remuneran, minimizan su poder de transformación y sostenimiento de la sociedad, niegan su aporte en las economías de las comunidades y las Naciones, lo precarizan al máximo y cometen, solapan y encubren abusos y delitos. Esto ha condenado a generaciones de mujeres a la pobreza, la marginación y la violencia. 

Por ello, los derechos y las libertades laborales son un tema que no podemos postergar más dentro de nuestros espacios políticos que busquen transformar las condiciones de vida de las mujeres. Los centros de trabajo, tan centrales en la vida de las mujeres, son hoy un territorio de disputa en el que nos corresponde definir nuestra estrategia de lucha y resistencia.

Si bien el acceso al empleo formal y el aumento del salario es una de las principales demandas del movimiento feminista que se encarga de esta agenda, la realidad nos está demostrando que, una vez dentro, los centros de trabajo no son por sí mismos un espacio en el que las mujeres consigan autonomía y libertad. Muchas veces, emplearse significa anclarse a un nuevo ámbito de despojo, explotación y violencia.

La clave está, como siempre, en la historia de las trabajadoras. Muchas mujeres víctimas de los peores abusos en sus centros de trabajo consiguieron transformar su situación, pero no a través de negociar un aumento salarial para ellas, sino gracias a que se organizaron colectivamente y, lo más importante, construyeron alternativas laborales independientes. 

Un ejemplo de esto es el Sindicato Nacional de Costureras 19 de septiembre, que se conformó luego de que cientos de trabajadoras murieron atrapadas tras el terremoto de 1985. Las trabajadoras que sobrevivieron conformaron el primer sindicato liderado por mujeres, cuyo propósito fue negociar colectivamente las condiciones laborales de las obreras. Actualmente muchas de sus representantes ya murieron y algunas otras aún padecen la precarización en las maquilas, sin embargo, visibilizaron las condiciones de explotación que viven las mujeres en ese sector y construyeron una escuela de derechos laborales en donde aún se brindan asesoría a las y los trabajadores. 

La lección es: una vez que consigamos descifrar la opresión en los espacios de trabajo, construyamos juntas nuevas formas de trabajo, sin despojo y sin abusos, en las que, además del sustento de vida, potenciemos nuestros saberes creativos. Es ahí donde podríamos consolidar una autonomía más plena y nuestra dignidad. 

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