Feminismo

[Letras Púrpura] Por la rebeldía de mantenernos vivas. Relatos de la abuela

Por María Luisa Camargo
María del Refugio Hernández. Abuela.
A los espíritus de las hermanas de Guatemala…asesinadas por el estado…
Nos acompañarán… siempre.

Cuando mi madre nos lo contó, se hizo el silencio. Nosotras, cuatro hermanas y yo, tuvimos miedo.

Sí, así fue”, dijo. “Cuando nació y al ver que nació mujer, sacó el machete, picó el estómago de la niña y después el de la mamá. Las mató. Lo que no imaginó es que, después de eso, ninguna mujer lo quiso como marido, así que, murió solo”.

Da un sorbo a su café y calla. Terror. Pasan unos momentos, mis hermanas y yo seguimos jugando. Nunca olvidaré esa plática.

Mi abuela enviudó a los 36. Mi madre tenía 6 meses. Cada vez que llegaba a la casa, sus (¿seis?) perros nos avisaban que estaba cerca, porque aparecían en la puerta de la cocina brincando. Mi madre nos pedía poner el café en la lumbre, para recibirla con una taza caliente. Llegaba la abuela, instantes ceremoniosos: ella, toda hermosa, sus grandes trenzas grises, pasos largos, firmes, rebozo guinda, gastado, descalza, con machete en el hombro, un poco encorvada, segura de ser y estar. Entraba, se sentaba. “Muchachas cabezonas” nos decía. Ya fuera a mí o a cualquiera de mis hermanas, nos pedía un tizón “quiero encender mi cigarro”, sacaba su cajetilla de alitas, sin filtro. Ponía el cigarro en sus labios, acercaba la leña encendida, que comenzaba a crujir y se ponía más roja cuando ella aspiraba. La retiraba y se quedaba callada unos momentos. Comenzaba a hablar, nos contaba historias, relatos… pasaban minutos y el humo del cigarro no salía… más historias y, finalmente, el humo.

Cuando vayan al monte a traer leña, nunca vayan solas, sean serias, porque el espíritu del cerro las puede escuchar y se las puede llevar. Recuerden, él es el que decide qué se hace, porque es su cerro. No jueguen con las plantas, no corten árboles verdes, sólo recojan la leña seca, la que está tirada o corten los árboles que ya murieron, se puede saber que han muerto porque están ligeros, los golpeas un poco y se escuchan un poco huecos. Muchacha, así se agarra el machete, corta de abajo, con cuidado, que no se te caiga encima el tronco, porque te parte la cabeza. Dale duro, en un solo lugar. Verás que cae pronto. Consejos de la abuela. Estamos en el monte, en Tzilontzingo, el cerro que tiene vida, donde habita uno de los espíritus más fuertes y a quien hay que temerle, entre la Sierra Alta y la Huasteca de Hidalgo. Cerca, están las piedras pintadas, llamadas así porque tienen grabadas algunas figuras. Mi hermana y yo hemos sido castigadas, por lo que nos toca ir a cortar y cargar la leña, andamos cada una con machete en mano, cortando y buscando leña seca. En ocasiones se escuchan ruidos extraños “es un conejo”, dice mi madre. Se escucha el murmullo del monte, hay vida, tiene vida.

Finamente está el tercio completo, la leña está amarrada con un lazo y, con ayuda del mecapal, lo cargamos. Cada una de nosotras, mi madre, mi hermana, mi abuela mi tía, una prima y yo, llevamos en la espalda la leña. El regreso es pesado; subir los cerros que nos llevarán a casa. Estoy contenta, porque la abuela siempre lleva tacos en el mandil, una botella de café… alimentos que están destinados a comerse cuando hagamos un descanso. Como soy pequeña y padezco de los huesos, decidimos descansar después de un rato. Mi abuela observa la posición del sol y dice: “Tenemos tiempo, descansemos un rato”. Nos acomodamos bajo las sombras de varios árboles, encinos en su mayoría. Café, fresco, rico, de la cosecha reciente. Tortillas con un poco de salsa y huevo… comemos mientras dejamos que el viento nos refresque. Estamos a un costado del potrero que pertenece a uno de los hombres rancheros, es enorme. Podemos ver el ganado que está pastando, pero llaman la atención dos caballos, negro y blanco, que pastan justo frente a nosotras. Son hermosos, su pelo brilla. Mientras los observo, pienso que también nosotras deberíamos tener caballos, no sólo los rancheros, cuyo estatus se mide por la cantidad de ganado y tierras que tienen. Ellos afirman que sólo las indias cargan leña en la espalda. Indias, ¿qué es eso? 

Mientras comemos y los caballos hacen lo mismo, se comienza a escuchar música, tamboras. Vemos que los caballos se agitan, el alambrado de púas comienza a moverse, se siente un ligero temblor que va aumentando en intensidad. Los caballos comienzan a relinchar, sus crines se erizan, muestran los dientes y corren en círculos, la tierra se mueve, el sonido de las tamboras es cada vez más fuerte. La abuela dice, “creo que es música que viene del pueblo que está cerca”, la observamos, de repente nos dice, “tomen sus tercios de leña y vámonos, rápido”. Nos vamos, casi corriendo. Me canso, ya que la pendiente es difícil, pero trato de seguir el paso. Mientras lo hago, busco en el camino piedritas transparentes, blancas, que en algunos casos forman castillos que puedo jugar. Encuentro algunas, las guardo. Por cierto, estas piedritas son muy solicitadas por la gente que llega a la comunidad, principalmente por el doctor que hace servicio comunitario y tiene ascendencia rusa. En una ocasión, mi madre llevaba una morralada de piedritas brillantes, transparentes, hermosas. Estábamos a punto de llegar con el doctor para hacerle el regalo, en agradecimiento por curarnos, pero mi madre se detuvo, me tomó de la mano y me dijo, “Vámonos hija, no vamos a repetir lo que hicieron cuando Hernán Cortés”. Me puse feliz, porque en esa morralada de piedritas ya había yo encontrado varias casitas que daban forma a un pueblito pequeño. Después supimos que esas piedritas eran cuarzos. Seguimos caminando, casi corriendo. El sonido de la música se disipa.

Llegamos a los suchiates, lugar de descanso. Qué rica sombra, ya estamos a la mitad del camino. Hay cinco árboles, pinos, enormes, que nos dan mucha sombra. Huele muy rico. De nuevo el viento fresco. La abuela saca lo que queda de la comida, un poco de café y algunas tortillas. Está pensativa. Mira la posición del sol y dice que son aproximadamente las tres y media de la tarde. “No debimos estar a esa hora en el cerro, el espíritu se enojó, probablemente quería llevase a alguna de tus hijas”, le dice a mi madre. Callamos, escuchamos los sonidos del monte. “Nunca debemos estar a las doce ni a las tres en Tzilontzingo, porque son las horas en las que el espíritu sale a buscar comida, se materializa en lo que él decida. Los animales le tienen mucho respeto y miedo. Nosotras también debemos temerle, porque es el guardián del agua, del arroyo, el cuida a los animales, a las hembras preñadas. No deja que las cacen. No debemos faltar al respeto”.

Cargamos nuestra leña, de nuevo, en la espalda. Nunca entendimos qué pasó ese día. Mi abuela, madre y tía preguntaron si había fiesta en el pueblo cercano. No, nunca hubo fiesta, así que no había música. La abuela tenía razón, por algún motivo el espíritu del cerro se acercó. Gracias abuela por las enseñanzas, por tu ancestralidad, por mostrarme que hay vida más allá de la concreción humana. Añorando el aroma del monte, del agua, el sonido del viento… te agradezco.

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La Crítica