Letras Púrpura

[Letras Púrpura] Escribir para renacer

Imagen: www.creasixtine.com

Por María Luisa Camargo

 

Me tienes abrazada, fuerte, contra tu cuerpo

Siento tu respiración en mi oído, siento tu aliento, húmedo, tocando mi cabello…

Escucho tu respirar, agitado, excitado… Siento tus movimientos de cadera fuertes…

No puedo moverme…

Te agitas, te acomodas mejor… Sigues, sigues, sigues, sigues, la velocidad aumenta…

Tu respiración ahora es entrecortada…

Con la mano izquierda rodeas todo mi pequeño cuerpo…

Con la derecha me sujetas el pecho, lo oprimes, bajas a mi vagina… tu cuerpo es tan grande… No puedo moverme…

Balbuceas…

Sudas…

Finalmente, el final… no le digas a tu mamá. Te gusta, ¿verdad?.

– Claro, se siente rico-  me dices.

Poco después… Al fin libre…

Todos los días, todas las noches, durante años …

Se llama violación, me dicen…

Sí, violada, sujetada… con el cuerpo maltrecho…

Ella lo sabe, golpes todos los días…

Tú, te emborrachas, violaciones todos los días…

Cuatro años, tengo.

Ahora, soy una adulta que escribe para morir, para dejar de ser sujeta, para dejar de sentirme atada… Escribir para suicidarme, para nacer otra, para ser otra, la que soy pero no recuerdo…

Sí, aquí estoy…

En el sistema capitalista patriarcal androcéntrico se asume que las mujeres poseemos cuerpos que no son nuestros, que pueden ser expropiados cuando sea necesario. De acuerdo a las estructuras patriarcales, será necesario cuando un sujeto construido socialmente como masculino pretenda acceder a él para obtener cualquier tipo de placer: sexual, laboral, incluso político. A las mujeres nos han tomado como botín de guerra, capital político para dar placer. En general, para el goce y disfrute masculino.

El próximo mes de abril se cumple un año que la marea violeta inundó las principales ciudades de México; la convocatoria a la marcha en contra de la violencia machista se gestó desde espacios autónomos hasta lograr convocar a todo tipo de mujeres de diversa edad y clase. Sin embargo, la misoginia y el patriarcado sumamente arraigado en la población que se asume masculina provocó ataques que fueron desde señalamientos como feminazis hasta ataques directos y personales. Tensiones que se han estado agudizando; de acuerdo a la Psicóloga Patricia Cruz[1], cuando las mujeres se organizan para defender sus derechos, exigirlos y hacer praxis, como respuesta se tendrá aumento en los niveles de violencia hacia ellas, tanto de las personas que sienten que están perdiendo sus privilegios como de aquellas que no quieren perder el status quo. Así, las respuestas que se dieron en torno a la marcha del 24A en México ponen en evidencia el arraigo del patriarcado y la misoginia en la sociedad de un país en el que los feminicidios se cuentan por día.

De acuerdo al semanario Animal Político, entre seis y siete mujeres mueren diariamente en el país (Animal Político, 28 enero 2017). Entre los principales estados en los que se comenten feminicidios de acuerdo a las estadísticas oficiales son Estado de México, Veracruz, Tamaulipas, Mexicali, Jalisco y Puebla.

Pero, ¿qué sucede en la vida cotidiana? ¿Qué sucede en los espacios en los que convive gente desconocida entre sí, pero que debe compartir un espacio tan pequeño como lo es el transporte público? El odio reflejado en la mirada de hombres que se quedan perplejos al no saber qué hacer frente a una mujer que se defiende de su acoso, el odio de aquellos hombres que asumieron e hicieron parte de su ser los mandatos capitalistas patriarcales que ordenan a las mujeres obediencia y a los hombres creer que las mujeres estamos para satisfacerlos.

El metro de la ciudad de México, hasta donde la marea violeta está intentando llegar, es un espacio de lucha, donde las diferencias de clase, raza sexo son tan palpables que se pueden dar múltiples testimonios. Pero, ¿y en la casa? Previo al 24A se hizo una convocatoria en redes para que las mujeres compartiéramos nuestro primer acoso. El resultado tan fuerte, tan emotivo, tan acompañante. Qué rabia genera saber que en situaciones de acoso, violaciones, estamos acompañadas por miles. Porque somos miles, muchas, las que hemos sido acosadas, ser mujer implica que serás acosada. Rosamaría Roffiel en su novela Amora lo dice en voz de una de las personajes “Tener cuerpo de mujer implica que eres cien por ciento violable”.[2] Triste realidad, más que triste. El acoso es una práctica común, que se genera muchas veces desde la casa. Quedan varias reflexiones. Como feministas, ¿qué estamos dispuestas a hacer para terminar con éstas prácticas? Mientras tanto, escribir.

El escribir sobre el primer acoso fue un acto de rebeldía, difundirlo lo fue aún más. Una ancestra nos hace el llamado a escribir:

“Escribo para grabar lo que otros borran cuando hablo, para escribir nuevamente los cuentos malescritos acerca de mí, de ti. Para ser más íntima conmigo misma y contigo. Para descubrirme, preservarme, construirme, para lograr la autonomía.  Para dispersar los mitos que soy una poeta loca o una pobre alma sufriente. Para convencerme a mí misma que soy valiosa y que lo que yo tengo que decir no es un saco de mierda. Para demostrar que sí y puedo y sí escribiré, no importan sus admoniciones de lo contrario. Y escribiré todo lo inmencionable, no importan ni el grito del censor ni del público”.[3]

 

Notas y referencias:

[1] Taller sobre derechos de las mujeres. Octubre 2008, Ciudad Universitaria.

[2] Roffiel, Rosamaría. Amora. Planeta, 1986, México.

[3] Gloria Anzaldúa, en Cherríe Moraga y Ana Castillo, Ed. Esta puente mi espalda. San Francisco, 1988, pág. 223.

 

 

*Los textos publicados en espacios de opinión son responsabilidad de sus autoras y no necesariamente reflejan las opiniones de La Crítica

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