Letras Púrpura

[Letras Púrpura] Calladita, ¿te ves más…?

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Por Andrea Ávila

«Calladita te ves más bonita», para la mayoría de nosotras fue una frase bastante común en la infancia. Quizás ahora al recordarla nos puede hacer incluso reír el pensar en cómo ingenuamente buscaban convencernos de que ser bonitas era lo más importante. Sin embargo, a pesar de reconocerla en su calidad de machista, injusta, desigual, misógina, patriarcal, etc., nos sigue afectando desde el inconsciente al día de hoy, en la segunda década del siglo veintiuno.

La noticia de las amenazas y ataques recientes a Menstruadora, lesbofeminista mexicana que en las últimas semanas ha recibido amenazas de muerte, supuestamente derivadas de la expresión de su pensamiento crítico hacia el patriarcado entre muchas otras instituciones políticas, es fiel prueba de esto. El calladita te ves más bonita de nuestra infancia, no sólo implicaba que nuestra belleza estaba en juego, era una amenaza, unas veces velada y otras no, de todo lo demás que podría pasar, si nos atrevíamos a desafiar el mandato del silencio.

Cuando era niña mi madre me dijo que siempre dijera lo que pensaba. Me decía que debía tener una opinión propia acerca de lo que escuchaba, lo que leía y lo que veía en la televisión. Sin embargo, esta libertad duró hasta el día que por ahí de los 10 u 11 años entré en una discusión con mi abuela acerca del matrimonio. Osé decir que yo no quería casarme. Mi abuela, incrédula, primero desestimó mi comentario con un “cómo voy a creer eso”. Ofendida por la anulación, seguí argumentando que además no deseaba tener hijos porque quería siempre ser la prioridad de mi pareja y no dedicar toda mi vida a cuidar, alimentar y llevar a la escuela a unos escuincles, ahí ardió Troya.

Mi abuela, ya molesta, me dijo que eso era imposible. Que el sueño de TODA mujer era casarse. Que el día de su boda era el más importante de la vida de TODA mujer, que TODA mujer sueña con el vestido, la fiesta, las flores etc. Afirmó categóricamente que lo que yo decía era absurdo y me pidió que no lo dijera más, ni siquiera en broma. Volví la mirada al fondo de la mesa, ahí estaba mi madre, quien me había enseñado a expresarme honestamente, mirándome de tal forma que, entendí que debía callarme.

Me sentí frustrada, enojada y muy decepcionada. Me llevó a otra habitación y me dijo que había entendido mal, que no debía decir SIEMPRE lo que pensaba, que había algunas cosas que era mejor callar, para evitar problemas. En ese momento comprendí que el camino que hasta entonces veía como compartido con ella, se volvería un camino propio, quizá solitario, a veces espinoso y, por lo general, criticado.

Cuando crecí y tuve una pareja fuera de la norma heterosexual, fue la misma reacción. Mi madre recomendó que no lo hablara con nadie de la familia extensa, que no lo iban a entender y que temía por mi bienestar. Debo confesar que ante el miedo al rechazo y sus recomendaciones adopté la medida por un tiempo. Después ya no era importante para mí compartirlo, ya tenía una vida propia y una distancia natural con mi familia extensa.

Sin embargo, la política de mantener calladas las cosas que incomodan al régimen heteropatriarcal, sigue siendo una amenaza en muchos casos, como el mío, interiorizada, en muchos otros como el de Menstruadora, real.

Quizá algunas personas vean en Menstruadora una afrenta demasiado grande. Sus declaraciones son muy francas, sus acciones trascendentes y su fuerza política cada vez más extensiva. Amenazar de muerte a alguien por expresar sus ideas, es preocupante para todas aquellas que creemos en la libertad de expresión. Y más aún para aquellas que ponemos nuestra esperanza en estas voces valientes y atrevidas, que nuestra niña interior anhelaría llegar a ser.

No todas tenemos la fuerza, voluntad y arrojo que tiene nuestra compañera, sin embargo, creo que no por eso nuestras acciones son menos significativas. Ella es voz y ejemplo de quien de verdad no tiene voz. Ya sea porque vive en un contexto que no le permite acceder a toda la teoría y práctica feminista; ya sea porque tenga seres queridos cuya integridad física sienta amenazada o la propia; ya sea por falta de acceso a medios de comunicación; ya sea por amenazas introyectadas; ya sea por miedo a dejar de ser bonita, es decir, a dejar de ser vista como mujer, y cientos de miedos más.

No todas las mujeres llegamos a ser líderes de opinión a nivel nacional, mundial o masivo. Sin embargo, siempre hay alguien que está a nuestro alrededor y que puede escucharnos, pero es necesario que hablemos. Me parece que la congruencia de nuestros actos habla por nosotros, a veces es nuestra única voz. Nuestras palabras, nuestras acciones cotidianas son pequeños actos políticos que definen nuestro lugar en la sociedad.

Si nuestra voz fue apagada en la infancia, podemos irla recuperando de a poco con nuestras acciones, con nuestras declaraciones, con nuestras abstenciones. El primer axioma de la comunicación, según el teórico Paul Watzlawick, nos dice que “es imposible no comunicar”, y es que siempre estamos diciendo algo de nosotros mismos. Cada instante es una oportunidad de expresar lo que creemos, lo que pensamos, lo que somos.

Si pensamos que calladitas nos vemos más bonitas, tal vez la primera acción sea cuestionar el estatus de belleza que esto implica. La belleza femenina en esta frase implicada, consiste en la pasividad, en esperar a que el hombre o la autoridad (que suelen coincidir) nos diga qué hacer, en qué pensar y cómo actuar: qué decir.

Si fuera cierto, como también nos han enseñado, que las voces de las mujeres no se escuchan, no resuenan, no impactan. ¿Por qué se habrían tomado la molestia de ejercer tantas amenazas a alguien tan solo por su discurso?

Esto sólo confirma, que nuestra voz cuenta, nuestra voz crea nuevas realidades, ésta es la base de la performatividad. Si queremos vivir en un mundo donde se nos respete, y podamos ser libres, tenemos que tener voz. Si bien muchas de nosotras iniciamos este camino feminista como una cuestión intuitiva, hoy sabemos que nuestra voz tiene peso, que está transformando al mundo, nuestro mundo. Me parece que el ejemplo de Menstruadora nos ha enseñado esto, y nos invita a salir del clóset y seguir hablando… Cada quien a su ritmo, en su espacio y su momento. Quizá es momento de quitarnos las propias barreras de hasta dónde podemos llegar. Hasta dónde podemos transformar nuestro miedo en luz para quien sigue bajo la sombra de su propia amenaza machista introyectada.

Terminemos con el engaño de que calladitas nos vemos más bonitas.

Calladitas no nos vemos.

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