Feminismo

Las voces de las niñas y los niños sobrevivientes a violencia vicaria

Por Patricia Karina Vergara Sánchez

En este momento histórico, en distintas partes del mundo se comienza a visibilizar la violencia vicaria.

Esta forma de violencia en contra de las mujeres se origina en las diferencias dadas en el acceso al poder que existen hoy en las sociedades occidentales u occidentalizadas, en donde, en promedio, el mayor ingreso económico, el prestigio social, los efectos de una cultura misógina e intereses políticos y el “sentido común” son usufructuados por los hombres en sus relaciones de poder sobre las mujeres. Una forma de abusar de esas desigualdades es cuando, al no poder violentar de forma directa a una mujer porque ha roto el vínculo, ha interpuesto ordenes legales de alejamiento o ha intentado poner límites a un violentador, entonces, éste ejerce violencia sobre las hijas e hijos de ella, como si fueran objetos, porque son aquello que tiene al alcance para hacerle daño en la distancia.

La violencia vicaria se manifiesta cuando el progenitor atenta contra los menores, ya sea con golpes, pasando por agresiones sexuales, manipulación, gaslight, desprestigio a la madre, inferiorización y otras violencias psicológicas, interminables litigios con intención de desgastar los recursos económicos y emocionales de la madre, así como con sustracciones de menores en donde pasan años impidiendo o dificultando el contacto, hasta poder llegar al asesinato de infantes.

Las madres que comienzan a exponer y visibilizar la gravedad de la situación, que proponen leyes, estudios científicos, recursos en psicología o en psicoterapia y estrategias humanas para tratar de detener este fenómeno, se enfrentan a sus propios violentadores y a sus cómplices, pero, esta vez, en el espacio público, en las tribunas y en los medios de comunicación que intentan silenciarlas a toda costa, deslegitimar sus dichos, sus denuncias y el gran esfuerzo que llevan a cabo por proteger a sus propias hijas e hijos, así como a los de otras mujeres que tienen vivencias similares.

Aun cuando ellas se han cansado de expresar que un violentador no es un buen padre, un sistema legal patriarcal, lento e insensible insiste en mantener a pequeños y pequeñas en vínculo con quien les daña, priorizando así el interés del progenitor, facilitando-siendo cómplices de la violencia, pero, por sobre todas las cosas, transgrediendo el interés superior del menor.

Podemos afirmar que este sistema legal en lo penal, en lo civil y en lo familiar, coludido con el “derecho”, que en realidad es prerrogativa de los padres violentadores, lo que hace es una revictimización de infantes, porque algunas de ellas y ellos han crecido, lograron sobrevivir y ahora enfrentan las secuelas de lo que un sistema mundo patriarcal y el Estado a su servicio hicieron al no protegerles, y a sus madres tampoco. Valientemente, comienzan a tomar la palabra y a exponer lo que han vivido para que no tengan que sufrirlo las generaciones venideras.

Este es el primer testimonio que se compartirá en este medio. Es el de Martina, una niña, hoy adulta, que sobrevivió a la violencia vicaria. Hay que escuchar a la niña que fue porque, junto a su madre, les debemos justicia.

*Si deseas compartir tu testimonio como víctima de violencia vicaria, escribe a pakave@gmail.com

 

MARTINA

Soy Martina S., tengo 27 años, soy latinoamericana y soy sobreviviente de un tipo de violencia del que nadie habla: violencia vicaria a manos de mi papá.

La historia es confusa por la cantidad de años que han pasado y la negación a mirar y escarbar el pasado para evitar la fatiga de revivir memorias y dolores que con el paso del tiempo han perdido fuerza, pero que siguen sin ser sanadas y merecen ser llamadas por su nombre.

Mi mamá y mi papá se conocieron, se gustaron y eligieron estar juntos. Mi papá, un hombre encantador, según mamá en su momento, puso todas las trampas para que mamá cayera en sus manos. Mamá accedió a estar con él, mamá se enamoró. Papá se aprovechó de la vulnerabilidad emocional de mamá y abusó de su confianza. Mi papá, disfrazado del hombre de la vida de mi mamá a punta de mentiras y difamación en contra de ella, provocó que mis abuelos la sacaran de la casa quedando él como el gran salvador. Mi mamá, sin muchas opciones, porque en su momento era muy joven, empieza a vivir con mi papá con la ilusión de crear una familia. Llego yo, le devuelvo la luz a la vida de mi mamá, que ya había sido sometida a maltratos físicos, verbales y emocionales por parte de papá a razón del rechazo y la misoginia que lo caracterizaba.

De mis primeros años de vida los recuerdos son borrosos, sin embargo, con el paso de los años, reconstruyendo la historia que nos fue arrebatada, mi abuela, mi mamá y más personas cercanas confirmaban que mamá siempre estuvo presente mientras estuvimos juntas. Algunos de los recuerdos que tengo se remontan a los años que vivimos como una familia: mi papá, mi mamá y yo. Papá no estaba mucho en casa porque trabajaba y era quien llevaba el pan a la casa, mamá siempre estaba en casa y estaba encargada de mi crianza. Al menos en mis primeros años de vida, parecía que por decisión propia había decidido dedicarse a ser mamá, omitiendo que cuando ella intentaba buscar trabajo para ganar su independencia, mi papá se encargada de ir a los trabajos potenciales a desprestigiar su nombre, diciendo que era una persona que no generaba confianza, problemática, mentirosa y demás, anulándole el derecho a la libertad económica y financiera.

Mi papá llegaba algunas noches pasado de copas, subía el volumen del equipo y, en muchas ocasiones, desconectaba el citófono para que ella no tuviera manera de pedir auxilio cuando él empezara a violentarla. Lleno de ira, agredía a mamá verbalmente con malas palabras, resaltando su odio y rechazo por las mujeres, y en muchas ocasiones físicamente, dejándola con golpes significativos en varias partes de su cuerpo. Todo esto ocurría muchas veces cuando yo estaba en la habitación.

Una noche, que yo recuerdo como “el vino de la discordia”, papá llegó alterado, tenía una botella de vino en sus manos y la rompió contra el piso empezando una pelea. Yo presencié todo y sentí pavor.

Otra noche, recuerdo haber intervenido en el medio de los dos para cortar una de las tantas discusiones. Fueron muchas noches de terror, en las que mi mamá era brutalmente agredida con todo tipo de violencia, en las que papá llegaba alterado, ebrio y fuera de sí, a desahogar todo su dolor e ira con mi mamá. Mi mamá, al no tener muchas opciones, decide separarse, llevándome con ella.

La fortaleza para tomar la decisión surge cuando yo empiezo a verme involucrada. Cuando empiezo a pedir auxilio gritando por la ventana cada que iniciaba una nueva discusión, cuando en una de las tantas noches eternas, mi papá me hizo cómplice de su locura haciendo que con mis manitas le tapara la boca y la nariz a mi mamá para ahogarla. Sí, yo a mis 5 años estaba siendo cómplice de un ataque violento.

Mi mamá intentó todo para quedarse con mi custodia. Cuando no lo logró, se daba consuelo pensando que mi futuro podría ser mejor con mi papá, ya que él era quien producía el dinero para la casa. Mi papá, que tiene el don de la palabra, logró manipular toda la historia para quedarse conmigo. La historia parecía sencilla: papá y mamá se separaron y papá se quedó con mi custodia. Punto final. Sin embargo, años después, indagando sobre mi infancia, me encontré con que básicamente mi papá me robó del lado de mi mamá.

Mi mamá y yo ya nos habíamos ido de la casa, era diciembre y, según mi mamá, yo le pedí que me dejara viajar con mis primas y mi tía, a lo que ella accedió. Cuando regresé del viaje, mi papá estaba por cumplir años y le pidió a mi mamá que me dejara quedar con él para celebrar su día, a lo que mi mamá no le puso mucho problema. Ella me cuenta, 22 años después, que luego de ese fin de semana nunca más volví a sus brazos.

Mi papá, aún no entiendo cómo, arbitrariamente se quedó conmigo. Mis recuerdos de esta época son casi nulos, pero se han ido despertando por las conversaciones extensas con mamá. Lo que siguió fue que yo entrara al colegio, que mi papá se hiciera cargo de todo, y que se mostrara como el padre luchador que fue abandonado, porque su mujer se fue con otro hombre. Hay un vacío en esta parte de la historia, que sólo él puede reconstruir.

Cerca de mis 7 años, recuerdo que mi papá era el centro de mi vida; la admiración y el amor por él era infinita, pura y real, todo lo contrario a lo que sentía por mi mamá. Cuando mi papá hablaba de mi mamá, se refería a “la perra esa que la abandonó”. No recuerdo muy bien sus palabras, pero de lo que no tengo duda fue de que me amoldó a su semejanza. Ahora, como adulta, veo todo y pienso que es increíble cuánto me parecía a mi papá, cómo pensaba como él, cómo mi manera de ser con las personas era tan igual a la suya, cómo su manera de ver el mundo era la mía y cómo su odio por mi mamá me habitó por años. Cómo yo no era Tania, sino Martina. Una mini versión de Martin, mi papá.

Para esa época, entre mis 7 y 12 años, en varias ocasiones mi mamá buscaba las maneras de acercarse a mí. Iba a mi colegio y yo me burlaba de ella; me escribía cartas que, si hoy las leo, se me llenan los ojos de lágrimas de sentir el dolor que había detrás de las palabras a las que yo respondía indiferente, con burla; iba a mi casa y mi papá me decía que llamara a la policía.

¡Bingo! Mi papá descubrió la nueva manera de violentar a mi mamá: yo era el instrumento perfecto para causarle el dolor más profundo, el extensor de su dolor y su rabia.

Mi mamá llamaba a mi papá suplicándole que la dejara verme, me escribía correos y cartas pidiéndome compasión:

 “Tú no alcanzas a imaginar el daño que me causa la barrera que de un día a otro pusiste entre las dos, no sé cómo derribarla si tú no me dejas acercar y cada día que pasa te siento más distante. Quisiera que tú por una vez en tú vida hablaras claro conmigo o si te cuesta hablar me escribieras y me dijeras que es lo que tanto te molesta por qué esa actitud tan dura conmigo, por qué tienes el corazón tan cerrado para tú mamá. Hija, te lo suplico, háblame que así medio loca y todo yo también sé escuchar y te necesito.”

Ante la insistencia mi mamá, mi papá pretendía que la entendía y abrió la puerta de la ilusión en múltiples ocasiones, diciéndole a mi mamá que estaba cansado conmigo, que ya no sabía qué hacer, que se vieran porque él le iba a dar mi custodia. Mi mamá, con el alma llena de ilusión, le decía que qué tenía que hacer, que ella se quedaba conmigo. En una de esas promesas, mi papá le dijo a mi mamá que fuera a su casa porque me iba a entregar, pero todo resultó ser un engaño, mi mamá llegó al lugar, y lo que recibió fue una paliza de mi papá.

Mi papá me repetía constanmente que mi mamá me había abandonado por irse detrás de otros hombres, que mi mamá había cambiado familia por “pipi” (forma vulgar al referirse a las relaciones que podría tener mi mamá), de un día a otro mi papá empezó a ponerme en contra de mi mamá, ni se cómo pasó, me lo pregunto y la respuesta que aparece es que abusó de mi vulnerabilidad, repitiendo su papel de héroe. Él es el que genera el problema y aparece como el gran redentor.

Yo me pregunto con la nostalgia de quizás nunca encontrar una respuesta qué sentí cuando de repente y tan violentamente empecé a vivir otra vida, qué sentía yo que con el pasar de los días no sabía nada de mi mamá. Cuando me robaron de su lado, ¿qué sentía, qué pensaba y qué decía? ¿Cómo transité ese momento?

Mi papá hizo tan bien su trabajo que yo resulté odiando a mi mamá, no queriendo saber nada de ella, ignorándola, burlándome de su dolor, anulándole su papel en mi vida, aprovechándome de su fragilidad, pidiéndole muestras de amor como que si tanto me quería, me regalara un carro para mi papá, y ahora que lo pienso, me digo: ¿para qué carajos iba yo a querer un carro a esa edad?

Todo esto hizo que mi mamá encontrara que la única manera de acercarse un poco a mí era por cosas materiales. Mi papá me hizo ver a mi mamá como mi beneficiaria, convenciéndome de que era a ella a quien tenía que pedirle mis cosas. Las salidas a centros comerciales se hicieron más frecuentes. Salíamos, ella me preguntaba cosas, y yo respondía cortante. Una situación y dos maneras abismalmente distinta de vivirla: para mi mamá era el gran consuelo al poder compartir algo conmigo y para mí era llegar con bolsas llenas de cosas a casa para presumir con mi papá lo bien que lo había hecho.

Mi mamá empezó a acompañarme y medio escoltarme a encuentros con mis amigos. Mientras yo compartía con ellos, ella me esperaba pacientemente en la plazoleta de comida del centro comercial en el que nos reuníamos. Mi mamá vio esto como otra excusa para que yo me ganara su confianza. Ella empezó a pedirle permiso por mí a mi papá para reunirme con mis amigos, diciéndole a mi papá que ella se hacía cargo y que ella me llevaba a casa una vez termináramos.

Un día salimos, y yo no quise que me comprara nada, recuerdo la angustia de mi mamá, diciéndome que si estaba segura que no quería nada y que si no había problema con que yo no llegara con nada a casa, a lo que yo le respondí que no, que no había necesidad, que simplemente habíamos salido a compartir. Ese fue un día mágico, luego de eso la relación entre las dos se volvió un poco más cercana y un poco más desinteresada. La manera de comunicarnos era como dos desconocidas, ella se había perdido toda mi infancia y para mí, a pesar de haber estado en su vientre 9 meses, de pasar mis primeros años con ella, ella era una recién conocida. Recuerdo ser muy fuerte, caprichosa y manipuladora con ella, a lo que ella siempre me pedía que no fuera tan dura y que la respetara porque ella era mi mamá. Así pasaron algunos años, que, aunque la relación no fuera la mejor, ya habíamos empezado a construir un vínculo de confianza y de complicidad con mi mamá. Ella me hablaba de muchas cosas con respecto a la espiritualidad que yo no entendía, y que, como enseñanza de mi papá, la juzgaba y le decía que ella tenía que trabajar en vez de estar metida en cosas hippies y extrañas, que no fuera ridícula.

Cuando cumplí 20 anos, por equivocación y ambición, y porque así correspondía, hice un curso de liderazgo asumiendo que me serviría para mi carrera profesional y sería importante para incluirlo en mi hoja de vida para ser una mujer exitosa como lo esperaba mi papá. Fueron tres días de intenso dolor, de ir a los lugares más profundos de mi alma a revivir mi historia. Recuerdo que varios de los ejercicios eran con papá y mamá. Cuando era con papá me resultaba muy fácil, sentía mucha gratitud y amor por él; cuando era con mamá, se me complicaba el simple hecho de imaginarme mirándola a los ojos, sentía demasiada rabia, no era capaz de levantar la mirada y hacer el ejercicio. A pesar de que ya llevábamos varios años de amistad, el enojo que sentía con ella era tan profundo y silencioso que hasta ese día pude verlo de frente. Ejercicios de reflexión, de tener conversaciones nunca tenidas, pero tan necesarias con ambos, de enfrentarse, de perdonar y de sanar. Recuerdo que en el último ejercicio me puse como objetivo acercarme a mi mamá, las barreras que tenía eran el enojo y el orgullo, en un acto simbólico los vencí y lo que sentí en el alma fue inexplicable, me quebré y me derrumbé en lágrimas.

La tarea después del fin de semana parecía sencilla: era tener la conversación pendiente con la persona que más nos había resonado durante el fin de semana, que en mi caso era mi mamá.

El lunes de esa nueva semana fui a la universidad, y recuerdo que hablaba con mis amigos y les comentaba que era un gran día porque tenía que hablar con mi mamá. Las manos me sudaban y el corazón me latía rápido y fuertemente. Llegué a la casa de ella, abrió la puerta, la vi, me abrazó y me rompí en llanto. Ella empezó a hacer preguntas:

“¿Estás bien? ¿Estáss embarazada? ¿Te gustan las mujeres? ¿Qué pasa?”.

Nos encerramos en una habitación, ella viéndome llorar con la angustia en su rostro y yo sin poder parar ni hablar. Cuando me llené de fuerza, le dije: “Perdón”. Ella me miró sorprendida y me dijo que ella no tenía nada que perdonarme. Yo le pedía perdón por haber sido tan dura tantos años, por invalidar su dolor, por no entenderla, por juzgarla y por maltratarla con tanta indiferencia, por usarla para mi beneficio en un estado mental y emocional totalmente inconsciente y ajeno a mí. Claro, me sentía culpable de causarle tanto dolor y de seguirle sin querer el juego a mi papá para destruirla.

Esa tarde lloramos mucho, era un día que mi corazón había estado esperando por años y que yo me lo había negado y no había sido capaz de reconocer. Ese día todo cambió, hicimos acuerdos, y mi mamá volvió a ser mi mamá.

Desde ahí, 7 años después, hemos sido cómplices y aliadas en todo momento. Mi mamá hoy es mi mejor amiga, mi mentora, mi guía espiritual. Mi mamá hoy es mi luz. Mi vida no sería la misma sin ella, y, muy seguramente, mi vida hubiera sido otra si hubiera crecido junto a ella.

Crecer con mi papá fue difícil, fue una relación muy desigual y de muchísimo miedo, con malos tratos y golpes cada vez que fallaba, con un nivel de exigencia altísimo, sin margen de error, de independencia y madurez temprana, de dependencia emocional muy fuerte porque, claro, él era mi mayor modelo, de manipulación y de violencia, porque la única víctima de sus traumas no fue mi mamá, sino las parejas que le siguieron a ella.

Yo omití por muchísimos años la cara violenta y opresora de mi papá. Yo sólo veía sus cualidades, como que es muy recursivo, inteligente, capaz, audaz, alegre, gracioso, tierno, responsable parentalmente. Compré la idea de que él me quería a su manera y de que el maltrato hacia mí, simplemente era la respuesta a un mal día, omitiendo todo el trasfondo que había detrás de esto y anulando todo el miedo y el dolor que él me había causado.

Mi mamá siempre me decía: tienes que perdonar a tu papá, y a mí me parecía una ridiculez lo que decía porque, para mí, mi papá fue, por muchísimos años, el ser más amado y vanagloriado de mi vida. Sin embargo, hoy sufro las consecuencias de todos los actos inconscientes a los que mi papá me sometió.

Creo que no fue hasta que terminé el colegio y entré en otra etapa de mi vida, alrededor de los 16- 17 años que asumí la autonomía de mis creencias y mis pensamientos, que empecé a cuestionar muchas de las creencias que habían marcado mi infancia y pre-adolescencia y que empecé a humanizar a mi papá, a bajarlo del pedestal en el que él me había hecho pensar que merecía estar. Me empecé a distanciar de él, la relación cambió y a mis 20 años empecé a vivir sola, gané independencia en muchos ámbitos menos en el económico, ese era el único punto de poder que permanecía entre mi papá y yo. A los 23, luego de una noche de insultos en la que se despertaron miedos del pasado, tomé la decisión de irme de la casa y quitarle todo el poder sobre mi vida a mi papá. Desde ahí, la relación ha sido intermitente y la comunicación muy básica.

Siento que una de las secuelas más grandes y poderosas es el miedo a repetir patrones que vengan de él. Este miedo empieza a tomar forma cuando estoy en una relación de pareja, en la que empiezo a actuar como él, violentando e irrespetando a quien en ese momento es mi compañero de vida. Hay muchas formas de ser que aprendí y que no me pertenecen y que necesitan ser depuradas, desaprendidas y reaprendidas.

Hay caminos distintos para hacer las cosas, hay formas distintas de amar, de amar sin violentar, pero para eso hay que hacer justicia por el dolor y el daño causado. Que tome terapia y me digan que soy sobreviviente de violencia, al igual que mi mamá, es impactante y doloroso.

Si bien mi historia, de una u otra manera, tiene un final feliz en medio de todo, no significa que todos los sobrevivientes cuenten con la misma suerte, que todas las mamás recuperen a sus hijos y los hijos recuperen a sus mamás. Cualquier tipo de violencia es una violación a los derechos humanos y debería ser tipificado como tal. A las cosas hay que llamarlas por su nombre y para reformar la sociedad y cambiar el mundo hay que empezar por casa. Ejercer control y poder sobre una persona no es una manera de amar, es violencia.

Los hombres necesitan espacios para hablar de sus emociones, de sus traumas y de lo que los afecta y dejar de violentar. Los hombres son responsables de ser parte y sostener un sistema que les exige mostrar su hombría, que por años ha glorificado la violencia como una forma de demostrar poder.

Las víctimas de este tipo de violencia, denominada violencia vicaria, debemos ser reparadas con verdad y justicia. Yo merezco saber qué pasó y cómo manejé la pérdida de mi mamá, yo merezco saber si desde ahí radica mi incapacidad de amar y mi frialdad en mis relaciones de pareja.

Esto no se trata de algo que simplemente hace parte del pasado y menos de una situación inusual ni alejada de la realidad, esto es una problemática social latente que cada día cobra más víctimas y en la que se deforma el concepto de familia, de amor y de respeto.

Esta es mi historia, pero no soy la única víctima, esto es un problema social que, así como me afectó a mí, afecta a mis hermanitos y a sus mamás –porque él volvió a hacerlo dos veces más- y, así, miles de casos en todo el mundo. Yo me pregunto, ¿cuál es la responsabilidad del Estado y de la sociedad civil para visibilizar estos casos y darles el acompañamiento tan necesario a los sobrevivientes? Es vital reconocer la deuda social que tenemos con las mujeres y los niños víctimas de violencia vicaria. Es necesario no revictimizar a mujeres y niños, crear leyes y programas de reparación para abordar esto desde la raíz.

Este es un correo del 24 de enero 2007 enviado por mi mamá y sin respuesta de mi lado.

“Hijita mía:

No sé como acercarme a ti, por teléfono se me hace imposible ya que siempre estás muy ocupada o muy distraída o simplemente te molesta hablar conmigo. Si te digo que te quiero ver tú nunca sabes cuándo puedes verme. Tú no alcanzas a imaginar el daño que me causa la barrera que de un día a otro pusiste entre las dos, no sé cómo derribarla si tú no me dejas acercar y cada día que pasa te siento más distante. Quisiera que tú por una vez en tú vida hablaras claro conmigo o si te cuesta hablar me escribieras y me dijeras que es lo que tanto te molesta por qué esa actitud tan dura conmigo, por qué tienes el corazón tan cerrado para tú mamá. Hija te lo suplico háblame que así medio loca y todo yo también sé escuchar y te necesito. Todos los días le pido a Dios que toque tú corazón y que me permita entrar en él, yo quiero estar contigo yo quiero conocerte mi niña yo quiero saber quién eres y que sientes. A veces las fuerzas se me van al igual que las ganas de vivir tú indiferencia me está matando de a poquitos, hija tú eres la razón de mi vida, tú eres mi todo, pero tú pareces no entenderlo yo jamás te culparlo único que deseo de ti es un poco de cariño y comprensión, parece como ganarse la lotería no sé qué numero comprar para ganarme el premio gordo de tú amor. mi pequeña que hermosa estás, como has crecido con cada centímetro que ganas es más mi angustia por no compartir contigo tu crecimiento, tú desarrollo el cambio de niña a pre adolecente. No sabes cómo me siento es como estar metida en una bolsa plástica y sentir que te asfixias sin encontrar salida o un orificio por donde respirar, no sé si me entiendas, pero es así como me siento cada día peor cada día más y más y más lejos. Hijita por favor la vida se pasa sin darnos cuenta a qué hora, déjame acercar y ser tú madre deja que te del amor que guardo en mi corazón solo para ti no seas dura conmigo porque yo soy la persona que más te ama en el mundo para la cual tú eres lo más hermoso.  Que Dios y la Virgen estén siempre contigo, recibe todas mis bendiciones mi niña linda.

TE AMO. Tu mamita”.

 

2 thoughts on “Las voces de las niñas y los niños sobrevivientes a violencia vicaria

  1. Gracias por compartir. Llore mucho. En mi papel de madre te agradezco por haber abierto tu corazón para sentir el amor de tu mamá.

  2. Se llenana mis ojos de lágrimas, estoy viviendo esto como mamá, todos me dicen llegara el momento, tu hijo se dara cuenta, al leerte pido a Dios q si sea así solo q esperar tantos años nose si yo pueda..

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