Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

En México cada día miles de mujeres sobreviven a una violencia machista, Tras esas víctimas-sobrevivientes, otras miles de mujeres dedican tiempo, esfuerzo, recursos y riesgos para estar con ellas y, juntas, conseguir libertad y justicia. 

Las madres, las amigas, las abuelas o hasta las vecinas de una víctima de violencia pueden convertirse de un día a otro en acompañantes. Se trata de mujeres que cuidan de la otra, se aseguran de que esté bien física y emocionalmente, la escuchan, ponen a su servicio lo que saben y lo que tienen, vigilan y, literalmente, caminan junto a ellas en las decisiones que tomen para mantenerse a salvo. 

Algunas de estas mujeres asumieron ese papel desde hace mucho tiempo, casi como vocación, y se han convertido en acompañantes no de una sino de varias víctimas. Muchas otras no lo eligen, se convirtieron en ello de manera circunstancial o las eligieron las propias víctimas por estar cerca, por lo que son, lo que tienen o lo que saben. 

En cualquiera de estas circunstancias, las acompañantes, todas ellas, juegan un papel clave en la defensa de los derechos de las mujeres en México y en los procesos de resistencia y sanación de cada una de las mujeres. Ellas sustituyen muchos servicios que debería proporcionar el Estado a las víctimas, pero que no lo hace porque sería reparar una violencia que él mismo genera, permite y reproduce. 

Hay diferentes formas de acompañar. En México, las colectivas feministas proporcionan desde acompañamiento legal, psicológico, económico, de alimentación, hasta apoyo en acciones directas: escraches, plantones, pintas, confrontamientos, etc.

En Nezahualcóyotl, Estado de México, hay una red vecinal feminista que acompaña a familiares de mujeres víctimas de desaparición y feminicidio. Esta red –que se conformó tras la violación de una niña– cumple tres años de organizar talleres para las vecinas sobre salud, feminismo, búsqueda de personas y otros temas; también organiza mítines y protestas afuera de las Fiscalías municipales para exigir a las autoridades que investiguen los casos; dan información a las familias sobre cómo proceder legalmente; escuchan, arropan y abrazan a las familias; acompañan físicamente a las familias en diligencias legales y, durante la pandemia, repartieron comida gratis en las colonias más pobres de la periferia. 

Como ellas, cientos de mujeres en todo el país ya están organizadas en colectivas para ofrecer apoyo de diferente tipo y acompañamiento a las víctimas de violencia. Este es un trabajo político que cada día se hace más visible.

Las menos visibles son las acompañantes circunstanciales (por llamarlas de algún modo) que, sin antecedentes en la defensa de derechos la mayoría de las veces, se levantan y caminan junto a la víctima simplemente porque la aman. Son casi siempre las madres, las hermanas o las amigas más cercanas. 

Junto a las víctimas, estas acompañantes aprenden en el camino sobre los procesos legales y los derechos de las mujeres; descubren juntas sus fuerzas y debilidades; y buscan ambas los recursos para la sanación. 

Las acompañantes circunstanciales también brindan apoyo variado: dan refugio, dinero, tiempo, saberes, amor, comprensión, escucha y, a veces, hasta libran peleas directas contra el agresor.  Al conformar la red de apoyo directa de las víctimas, las acompañantes –que en la mayoría de los casos son una familiar de la víctima, amiga o vecina– están en riesgo constante y directo de convertirse también en víctimas del mismo agresor. 

Conozco de cerca varios casos en los que las acompañantes fueron difamadas, amenazadas, intimidades y hasta agredidas física y verbalmente por el agresor de la mujer a la que acompañan. En uno de estos casos, el agresor consiguió a través de la mentira, la descalificación y la difamación que su víctima desconfiara y agrediera a quien por muchos años fue su acompañante. Con esto, el agresor consiguió dejar a su víctima sin el apoyo principal y la acompañante necesitó que alguien más la acompañara a ella. 

La importancia del autocuidado

Acompañar significa hablar en tercera persona. Al principio es un “Ella” o “ellas” antes que el “yo”, pero en algún punto del camino acompañar se transforma en un “ella y yo”. 

En el libro ¿Cómo enfrentamos las defensoras el contexto actual? de Asociación por lo Justo JASS y Aluna Acompañamiento Psicosocial, se señala que las mujeres que defienden derechos (de otras o de sí mismas) están expuestas a una serie de experiencias que, además de enfrentarlas a riesgos contra su vida, las impacta de manera emocional. En muchos casos, el miedo es el primer reflejo de los contextos violentos que habitan las defensoras y acompañantes. Al miedo puede seguirle la frustración, la ansiedad, el estrés, el cansancio y la tristeza

Varios peritajes sobre feminicidio señalan también los impactos psicosociales de la violencia contra las mujeres en la vida de quienes están cerca de las víctimas. Por ejemplo, el Informe de Impacto Psicosocial del Feminicidio de Nadia Alejandra Muciño Márquez, que elaboró la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, dice que la violencia que se ejerce contra las mujeres no sólo impacta a quienes la viven directamente sino que afecta a todo su círculo familiar.

“En este sentido, las relaciones sociales deshumanizantes que se generan a partir de la violencia penetran en todos los miembros de la familia perturbando los afectos, los valores, las conductas, los roles y las formas de comunicación”, dice el texto.

Las acompañantes también deben ser acompañadas y cuidadas, ya sea por otras mujeres o por ellas mismas. Tanto como las víctimas, las acompañantes necesitan decir qué necesitan, cómo se sienten, cuándo desean parar y tomar más fuerzas o ponerse a salvo. 

Cuidar a las que acompañan es una estrategia que fortalece, en cadena, el poder de aquellas mujeres que enfrentan de manera directa una batalla con su agresor. Cuidar y acompañar, especialmente a las que acompañan, es la fórmula para construir redes de apoyo más fuertes, más poderosas y más duraderas.

Contra el sistema de dominación patriarcal, el cuidado amoroso entre nosotras.  

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