Feminismo

La menstruación no es un óvulo no fecundado

Notas sobre la heterosexualización de nuestra ciclicidad menstrual II

Por Lara La Risa

“(…) el ecosistema del cuerpo mujer nos informa respecto de la ciclicidad de nuestra

vida y de la vida, esta lógica cíclica no ha sido incorporada jamás a la cultura” 

(PISANO, 2004. p.95)

 

En un par de otros escritos y en algunos espacios de los que he participado en los últimos años, siempre que puedo, hablo sobre cómo la menstruación no es “un óvulo no fecundado”.

¿Por qué sería interesante hacer conciencia profunda sobre eso? Yo diría que justamente porque es recurrente que todo el tiempo se hable y se imponga la “naturalización” de lo que el heteropatriarcado ha hecho nombrar “sistema reproductivo, en donde la menstruación aparece como una especie de falla, un sangrado que ocurriría debido a que “no ocurrió otra cosa” (léase, la fecundación). Una cosa externa que supuestamente haría que la liberación de la óvula tuviera sentido, ya que la menstruación es entendida, bajo los prejuicios de la heterosexualidad obligatoria como parte del “movimiento cíclico que permite la maternidad”. Además de esto, seguimos siendo definidas como la negación, es decir, nuestra ciclicidad es explicada como la NO fecundación, y la menstruación, en ese sentido, es leída como un mero desperdicio. 

Estamos conscientes de que no hay sentido en las explicaciones que nos brindan, pues nuestras cuerpas no generarían tanto movimiento interno sólo para recibir algo externo (ser fecundadas). En pocas palabras: nuestra cuerpa no existe en función del otro. 

Nuestras cuerpas llenas de sabiduría, no usarían tanta energía si no hubieran motivos profundos y propios. La menstruación se genera desde mucho movimiento, trabajo y fluidez de hormonas y células madre, entre tantos otros elementos y está claro que esto no debemos leerlo como un mero desperdicio, pues significa uno de los procesos de autocuidado más importantes que vivimos.  

La sangre menstrual es la única sangre que sale de la cuerpa llena de células conocidas como “células madres” capaces de reconstruir cualquier tejido de la cuerpa, incluso el tejido óseo. Dichas células llenas de medicina son capaces de regenerar tejidos y órganos de manera hasta 100 veces más exitosa que la médula ósea. Esta es una imagen importante de evocar como comparativa para que tengamos idea de las potencialidades que viven en la útera. 

Tomamos la libertad de llamar a nuestra útera como “primera corazona”, ya que es ahí que toda la vida empieza a moverse para nosotras mismas, sobre todo cuando vamos reconociéndonos, comprendiendo y nutriendo la medicina y la vida que somos desde y para nosotras mismas. Todo el movimiento que hace la cuerpa desde la útera se distingue abismalmente de la inmensa despolitización y heteropatriarcalización que nos han intentado imponer como mujeres.

Desde muy temprana edad, en los distintos espacios por los que pasamos y en los que pretenden formarnos, de muchas maneras nos vacían de sentido sobre qué sería ser una mujer. Para enseñarnos sobre qué sería ser una mujer, nos hacen creer que hay maneras de ser mujer que son válidas y aceptables, y nos dicen también que, a distinción, habrían formas de ser una mujer que son reprobables.

La mujer validada es la que, primero que todo, acepta el “ser mujer” como condición individual, aceptando que lo que pasa a una es únicamente producto de su vida, que no tendría ninguna relación con las vidas de todas las otras, un profundo y nada casual borramiento de nuestra existencia dentro de la clase sexual mujeres, como nos diría Wittig (1981). Esta mujer, debe aprender también a desear ser una “mujer buena” (Dworkin, 1974) para ser aceptada y comprendida como una mujer ideal, extraordinaria, distinta de las otras (Rich, 1971). Pero claro que aquella no sería una condición sencilla de alcanzar, y en este camino muchas herramientas de heterosexualización de nuestras vidas son utilizadas.

Nos explican nuestras vidas desde lo que pasa afuera, y nos mantienen prohibidas las más profundas e íntimas sabidurías de nuestras cuerpas. Es así, que en todas las instituciones de “formación” –como la familia, la escuela, el estado, la iglesia, los espacios de salud, entre tantos otros– nos van enseñar que va llegar el momento de nuestro primer sangrado. Esta menarquía va ser explicada a la mayoría de nosotras, si no a todas, como un período del mes en el que sabemos que sangramos y que esto significaría que “no hubo un óvulo fecundado”. 

La primera menstruación ocurre en general, entre los 11 y los 13 años de edad de una niña, una niña a esta edad no debería en ninguna circunstancia aproximarse a su cuerpa y menstruación desde el entendimiento venido de las explicaciones heteropatriarcales del “óvulo fecundado”. ¿Por qué naturalizar e intentar imponer esta heterosexualidad obligatoria de manera tan violenta, aliada a un borramiento de la posibilidad de comprensión del funcionamiento de la cuerpa de una misma? Este tal vez sea uno de los primeros eventos que marcan los intentos de heteropatriarcalización que sufrimos, al supuestamente explicarnos nuestras vidas por medio del vaciamiento de sentido de nuestras cuerpas-existencias.

Hay registros que en las sociedades exclusivas de mujeres, las llamadas ginosociedades, la menstruación siempre fue medicina. Utilizada como ungüentos, bálsamos, mascarillas, cremas corporales, cristales para ingestión en momentos en que se necesitan claridades y acompañamiento de las sabidurías de las ancestras, entre tantas otras aplicaciones que fueron conocidas y desarrolladas por nuestras ancestras. Mujeres que nos precedieron y que creaban desde esta herramienta oracular y sanadora.

Las pinturas rupestres, con sus más de 40-60 mil años, tienen presencia innegable de pigmentos oxidados. Apenas en los últimos 10 años fueron reveladas en su totalidad de autoría, apuntadas como hechas en más del 80% por las mujeres. Y este pigmento oxidado, rojo, ha sido comprobado por las arqueólogas feministas como sangre menstrual. Rompiendo con las mentiras que nos habían contado desde la infancia, cuando nos han intentado decir que los registros paleolíticos de pinturas encontradas habrían sido hechas por “hombres de las cuevas”.

En las últimas décadas del siglo XX, muchas mujeres han profundizado en los estudios: ¿Qué significaría entonces la menstruación? ¿Por qué ocurriría? Mujeres como Margie Profet, han hablado de cómo la menstruación sería una evolución de nuestras cuerpas de mujeres, que habrían desarrollado este ciclo como herramienta de autodefensa, frente a las violaciones reglamentadas por el coito heterosexual impuesto como manera de entrada e imposición de la presencia de los hombres en las sociedades que anteriormente eran conformadas exclusivamente por mujeres. Investigación que también tiene lugar en la sociología, por manos de estudiosas como Susan Cavin (1985). 

Mujeres que han hecho investigaciones importantes para revelarnos memorias poderosas, sanadoras y radicales, fueron “olvidadas”. Sobre ellas no nos contaron, y sobre sus preciosas y reveladoras investigaciones pocas o ninguna palabra fue dicha a las niñas que podrían aprender sobre su ciclicidad y la importancia de la automirada amorosa hacia sus cuerpas tan llenas de sabidurías.

De manera física y orgánica, la menstruación ocurre por el movimiento de hormonas a través de toda la cuerpa. Las hormonas luteinizante y foliculoestimulante, producidas por la hipófisis, promueven la liberación de la óvula y el estímulo de las ovarias para producir las hormonas más conocidas del proceso cíclico: estrógeno y progesterona. El estrógeno y la progesterona estimulan el útero y las mamas, y así es cómo ocurre primero la nutrición del endometrio y luego la descamación de esta pared interna de la útera, misma que se había nutrido todo el mes hasta tornarse un tejido suave y espeso, listo para renovarse en el momento del sangrado. 

La menstruación es un movimiento de renovación física, mental, emocional y energética de nuestras cuerpas. Es la conexión con la amora y sabiduría originaria entre mujeres. Amar a mi menstruación es hacer viva la lesbiandad, es acuerpar y hacer presente la memoria de la lesbiandad en cada una de las generaciones de mujeres que me antecedieron y también de las que vendrán. Todas esas que van tan vivas en mí.

 

“Esa foto de nosotras dos – todavía la tengo -, 

tú y yo mirándonos fijamente

y mi cuadro detrás de nosotras. ¡Cómo solíamos trabajar

mano a mano! Y cómo he trabajado desde entonces,

intentando crear según nuestro plan

de poner, contra viento y marea, toda nuestra energía

porque éramos mujeres”

(RICH, Adrienne. 1975-76)

3 thoughts on “La menstruación no es un óvulo no fecundado

  1. Me parece un tema interesante, quisiera leerlo, pero el color, la tipografía y sobre todo mi mala visión me impiden hacerlo. Ojalá pudieran publicar en un formato más amigable: letra de color oscuro sobre fondo claro, tamaño más grande, etc.

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