Cultura

La Eskina: teatro de no ficción para la acción

Por Mariana C. Bertadillo

Hace justamente una semana, en el marco de la clausura de las Jornadas “Feminismos y Lesbofeminismos descoloniales, antirracistas y prácticas de resistencia desde las mujeres en los territorios”, se llevó a cabo la primera representación de la obra La Eskina, en el Centro Cultural de España en Guatemala.

La Eskina es la historia de tres amigos en medio de un toque de queda que impone calles vacías después de las ocho de la noche. En alguno de esos días en que la calle, su espacio de encuentro y activación, pasaba a ser territorio de vigilantes, les detienen por estar fuera después de la hora permitida. Dos de ellos son asesinados. El crew se disuelve. Su único sobreviviente se encarga de convertir a su compañera y compañero caides en poesía, con aquella esquina como personaje –cómplice- principal.

La escenografía: un tambo, un paredón con lo que parecía papel bond blanco donde, durante el desarrollo de la obra, se terminaron de dibujar dos siluetas humanas de cuyos cráneos escurría “sangre”: pintura roja en aerosol. La representación de la muerte de los personajes. De lado izquierdo, un mural lo suficientemente grande donde podía leerse “HIP HOP” en color rojo y letras abombadas. De lado derecho, otro mural mediano con el rótulo “Mi eskina”. Además de los actores y actrices en escena, un DJ acompañaba sobre el escenario los pasos, bailes y piruetas de parkour ejecutados por el reparto.

La pieza consistió en una denuncia, apoyándose de los recursos artísticos de la cultura hip hop (MC, DJ, break dance y graffiti), de la realidad violenta presente en territorio guatemalteco (realidad no ajena a la del resto de países latinoamericanos) fundada en una estructura de raigambre dictatorial y alimentada en el cotidiano por prácticas como la domesticación de la conciencia, la normalización de la militarización de los territorios, la criminalización de las prácticas culturales antisistémicas, la estigmatización de las juventudes y la degradación humana en evidencia a través de la metáfora enunciada desde el público cuando parte del crew en escena invitó a las y los espectadores “¡a volar!” y de un auditorio de casi 90 asistentes, no hubo más de 15 personas de pie.

Además del baile, las denuncias en voz alta trabajadas desde la rima y el ritmo de la lírica hiphopera, las ejecuciones de parkour y el sonido pinchado por el DJ, La Eskina fue también un derroche de crítica a la individualidad neoliberal, cristalizada, entre otras cosas, en nuestra incapacidad para generar espacios comunitarios de resistencia y prácticas alternativas cuyos matices responden, con creatividad, a manifestaciones de represión y violencias estructurales en nuestros territorios.

Aquel día por la mañana, al momento de publicitar la obra, la rapera feminista Rebeca Lane, parte del reparto de La Eskina, argüía que “a veces hay que revisar si nuestras formas de problematizar la colonialidad y el racismo no son, también, profundamente occidentales”. Con ello hacía referencia a la poca disposición que existe, muchas veces, para colocar reflexiones y propuestas no sólo desde coloquios y academia como espacios legítimos de conocimiento y propuesta para la acción, sino también desde las activaciones de la colectividad misma que, en su devenir cotidiano, apuesta a favor de la vida desde la radicalidad de sus estrategias. Es decir, desde las raíces de las problemáticas que la (nos) atraviesan.

 

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