Análisis

La danza, vínculo de conexiones entre mujeres

Por Kein Kena 

En los últimos meses me he cuestionado la danza en mi cuerpa en relación con la espiritualidad. Digo espiritualidad cuando se trata de conectar conmigo misma y cuando eso hace efecto en las mujeres cercanas, conocidas o desconocidas, incluyendo a las que ya fallecieron. Visualizo la espiritualidad como una comunicación muy específica de nuestra corporalidad, una telepatía, unos gestos heredados, una conversación dentro (con los pensamientos y el sentir).

Me refiero a «la danza» como estos pasos continuos (improvisados o planeados) que se construyen en lo colectivo o en secuencia, sujetos a un ritmo o sentimiento, los cuales se bailan en el momento o se memorizan para bailarse en otro tiempo.

Pienso que no es casualidad el uso de la danza en los rituales de ciertas culturas, grupos espirituales actuales o en la antigüedad. Tampoco es casualidad que en ciertas representaciones artísticas de la realidad, como en el cine por ejemplo, en ocasiones se dé a la danza la cualidad de ser un tipo de portal entre lo humano y lo paranormal. Por mencionar algunas obras, pienso en la película titulada Suspiria: la trama nos lleva a una compañía de danza donde un grupo de mujeres (que en teoría son brujas) pactan de cierta forma con una maldad originaria nombrada como madre de los suspiros y es a través de la danza en la que las brujas logran conectar con este demonio; la danza aquí se muestra como un vínculo, se materializa en expresiones que involucran «el mal», la parte “sombría” de los cuerpos, lo profundo. Los bailes son intrigantes y cuestionables por toda la carga de la moral, de la religión en lo patriarcal.

Al pensar en esta película recuerdo una serie moderna titulada The OA, en la que, contraria a Suspiria, quienes acuden a la danza como vínculo espiritual son ángeles (eso en la primera dimensión). Se trata acerca una mujer que en su niñez muere y resucita gracias a la diosa de la vida, quien le da una segunda oportunidad, dejándole un tipo de sensibilidad (la ceguera). Ella es secuestrada por un hombre quien experimenta con humanas/os que ya han muerto y revivido alguna vez, y según la trama, en el secuestro ella se encuentra con otras/os ángeles y comienzan a crear una secuencia en baile, una danza en conjunto para sobrevivir a esa situación de encarcelamiento y para sanarse. Esta danza sería entonces la llave hacia otra dimensión más allá de la muerte. Ella logra salir, y conforme transcurre la historia, va construyendo un grupo de jóvenes a quienes elige enseñarles la secuencia en danza que había descubierto, la que sería requisito para conectar con la espiritualidad y lograr pasar a la otra vida  esperada.

Son tramas que claramente están creadas bajo una concepción patriarcal, y así también lo está la danza que ahí se representa. Sin embargo, lo que me intriga en todo eso es la capacidad de la cuerpa para conectar con otra y con ello, trascender a formas de comunicarnos que vayan más allá de lo que nos han dicho que hay. Me cautiva la danza que se muestra en Suspiria y The OA por la similitud en los tipos de movimientos corporales, y creo que históricamente lo hemos visto en otras partes donde se danza o se expone a la danza en conexión con lo espiritual o paranormal.

Me suele llamar la atención el acomodo corporal en cada paso, las manos abiertas, los giros, los saltos, el cabello despeinado, el cuello relajado… en casi todos estos tipos de danzas paranormales o que se usan en rituales espirituales, pareciera que la magia, el poder o la energía (según sea el caso) salen de un centro, ubicado regularmente dentro del estómago, o del pecho. Podríamos intuir con facilidad lo que es el centro mágico en nuestras cuerpas, y sí, me refiero a nuestra útera y a su enorme capacidad de construir memorias y energía dentro de  nosotras, a esta conexión evidente entre útera y corazón.

Sobre la reproducción del patriarcado por medio de la instrucción de la danza está claro que la distorsión de la misma es uno de sus pilares. En mi opinión, todas las técnicas dancísticas actuales, todos los tipos de danza (generalizo porque todas están dentro del sistema, pero desconozco a una mayoría en su historia y teoría) están condicionadas por la estructura socialmente dominante (la patriarcal) que se basa en el odio a nuestras cuerpas, pero algo tan potente aquí es que, como en todas las prácticas categorizadas como artes, se puede rescatar ciertos códigos de mujeres que continúan resistiendo en la práctica, lo que algunas lesbofeministas han nombrado como mensajes ancestrales. En la danza, aún siendo patriarcal, en las formas de expresiones que vemos actualmente se puede identificar algunos mensajes de la resistencia de las mujeres que nos anteceden, incluso mucho antes de que el patriarcado llegara a invadirnos con esta guerra de odio. En la danza que construimos a consciencia con una misma podemos encontrar movimientos o sentimientos que fueron originados en las sociedades de mujeres, en las ginosociedades.

Esto me remonta a pensar en danzas como la contemporánea, el butoh y el jazz lírico, en prácticas de artes marciales o de relajación como el Tai Chi, el yoga, y otras. Son técnicas que impulsan al cuerpo a regresar así mismo, a bailar desde las emociones, desde la individualidad en lo grupal, conectar con lo que hay adentro y afuera, a conectar con la naturaleza y con otros seres vivos. Menciono «cuerpo» en masculino, porque estas danzas o prácticas, a pesar de su profundidad, siguen sin salirse de la norma patriarcal. Es una realidad que la danza sigue basándose en ideologías de la misoginia, se continúa formando a partir de una heterosexualidad obligatoria, donde se refuerza los roles sexuales que las mujeres deben realizar en sus prácticas bajo este patriarcado, destinando así estos espacios dancísticos a lo mixto, a los intereses de los hombres. Todavía no hay corrientes teórico-prácticas que hagan una reflexión feminista desde filosofías que se construyan en la realidad histórica de las mujeres, de las cuerpas danzantes, de las sociedades de mujeres. Quizá haya mujeres que estén rompiendo en esos espacios, tengo la certeza que desde hace siglos ya ha habido propuestas feministas, perspectivas que surgen de la lesbiandad, de nuestra realidad histórica como mujeres, pero la danza patriarcal sigue abarcando los espacios destinados al arte y a la espiritualidad en nuestras sociedades actuales.

Con esto quiero puntualizar que la espiritualidad, las conexiones entre otras por medio del movimiento, el baile y la danza, siempre han estado ahí, nuestras conexiones corporales resisten en ellos. Me puedo aventurar a afirmar que la danza es ancestral, era parte de la cotidianidad de las mujeres en nuestro origen de la sociedad, la cual fue robada en el patriarcado para ser protagonizada por los hombres y fue distorsionada para que no nos pudiéramos encontrar a través de ella a lo largo de estos años; para que creamos que no nacimos para movernos, ni para crear secuencias al ritmo de nuestras cuerpas, ni para hacer consciente que podemos comunicarnos entre nosotras de formas telepáticas y trascendentales, que rebasan lo que nos han dicho sobre la comunicación. Los  hombres en el patriarcado nos han manipulado el sentir para que estemos perdidas, desconectadas de nosotras mismas, nos han obligado a sentir que no merecemos expresar nuestra existencia, ni vivir nuestras cuerpas; por eso compartimos ciertos procesos que nos limitan a la hora de expresar cómo la vergüenza o la culpa son emociones que probablemente no estaban desde un inicio, antes de que nos declararan la guerra, sino que se han sido creando en todo este bombardeo hacia nuestra psique y ciclos emocionales.

Nuestra cuerpa ha sido condicionada a una cultura, a una lógica que no venía de nosotras, a ciertas reglas que nos orillan a adoptar para sobrevivir. Somos resultado de una guerra entre lo que podríamos ser, lo que somos y entre lo que nos han dicho que debemos ser, por  eso la  importancia de comprender: ¿Por qué me muevo como me muevo? ¿Por qué me siento de esta forma cuando lo hago? Reconocer nuestros movimientos como lenguaje entre sociedades de mujeres. Empezar -porque nos queda mucho por descubrir dentro de nosotras- es adentrarnos en la búsqueda del autoconocimiento.  Luego, ¿han notado cómo cambian las expresiones, gestos, tonos de voz, gustos o disgustos, de una mujer que vive en México a una mujer que vive en Japón, por mencionar algunas? Nuestros comportamientos están condicionados por el lenguaje que nos domina (entre otros factores). Por lo tanto, el lenguaje patriarcal está inmerso en nuestra forma de expresión en todos los sentidos, entonces,  la forma en que nos movemos, la forma en que bailamos, también ha sido impuesta en mayor medida.

Es probable que entre tanto robo a nuestra historia, y tanta cantidad de censura a nuestra expresión, hayamos olvidado u omitido nuestras capacidades y habilidades como seres vivas.  Tengo una espinita sobre esas leyendas de brujas danzando, esos rituales a las deidades, esas caricaturas, series y películas que conectan a la danza con otros portales y dimensiones energéticas… Todos los cuentos paranormales o mágicos que involucran a la danza, quizá tengan algún grado de verdad, quizá. Me gusta pensar que así es, porque lo he  sentido, lo he vivido en mi cotidianidad cuando bailo conmigo misma y cuando danzo con las otras, he sentido cómo nos comunicamos corporalmente. He logrado escuchar esos mensajes ancestrales en el movimiento de mis manos, en la fuerza de mis músculos, en los giros, en los saltos, en los sonidos de mi cuerpa, en sus texturas, en los olores y en sus ruidos propios, en el sudor, en mi existencia.

Para terminar estos pensamientos que escribo, quiero ser muy honesta en decir que todo lo dicho anteriormente lo fundamento con mi sentir (sentir que ha sido construido por muchas mujeres al compartir sus vidas con la mía y al hacerme heredera de sus sabidurías). Lo que siento es maravillosamente coherente y es lo único que necesito para respaldar cualquier idea, reflexión, análisis, crítica, teoría y argumentación. Lo que sentimos es suficientemente racional.

Esta es la era de revolucionar en lo cercano. Ya es momento de confiar en nuestras cuerpas.

Ya lo han dicho todas las lesbianas que quieren regresar a sí mismas: “este es el tiempo de encontrarnos”, de imaginar lo que podríamos crear juntas, de recordar lo que nos han contado las ancestras, de reconocernos mágicas, creadoras, racionales, danzantes, espirituales.

La propuesta no es que empecemos danzando las técnicas que el patriarcado en el capitalismo nos oferta, sino que comencemos a movernos como nuestra cuerpa lo sienta, lo piense, lo viva, lo quiera. Saber que la danza no es algo a lo que una deba dedicarse sólo con conocimientos previos en una clase, curso o licenciatura; la danza no surgió ahí, vienen de nuestras cuerpas, de la cuerpa de nuestra madre, de la hermana, de las amigas, de las tías, de las vecinas, de las parejas, de nuestras abuelas, bisabuelas, tatarabuelas.

Somos mujeres danzantes, nos comunicamos con nuestro propio lenguaje.

Fotografía: «Brujas feministas de Tepatitlán», 2017, cortesía de la autora

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La Crítica