Fotografía: Ambro Pablo
Feminismo

[Opinión] La creación es un acto de rebeldía

Fotografía: Ambro Pablo

Por Mariana C. Bertadillo

El pasado 1 de enero se celebraron los primeros 21 años del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Desde sus comunicados y declaraciones más emblemáticas, como lo es la Sexta, pasando por las acciones directas, hasta las prácticas políticas más claras como la construcción de comunidades autónomas y liberadas de un ejercicio de imposición de los valores de occidente a través de la intervención gubernamental, el pueblo autónomo zapatista, con todas las críticas que puede convocar desde su operatividad mas no desde su posicionamiento, nos ha enseñado algo a raíz de su nacimiento: escuchar, crear, admitir los errores (abrirse a la crítica) y seguir avanzando, es sumamente transgresor en medio de manifestaciones sociales que únicamente se dedicaban a estirar las manos (asistencialismo) al Estado.

En días recientes, quien esto suscribe la ha pasado intentando encontrar claves para la vida en San Cristóbal de las Casas. Aquí, un lugar donde durante las últimas y frías semanas tanto turismo puebla las calles de un Chiapas contradictorio e injusto, al tiempo que las movilizaciones políticas y sociales aquí, y en el resto del país, no se han tomado vacaciones y, por el contrario, resignifican el momento de valor-producción detenido y convocan a escuchar, y a luchar.

Durante las últimas semanas del año que acaba de terminar, las notas sobre casos de feminicidios tendieron a generar lo más parecido a sentirnos acorraladas, rebasadas, por una realidad que seguro hace no más de dos años sentíamos lejana, allá en Ciudad Juárez. Aquí, en La Crítica, hubo un posicionamiento al respecto sobre estrategias URGENTES frente al clima misógino heteropatriarcal que respalda el devenir violento y beligerante de los sujetos y, de esta manera, valida el feminicidio en el seno de una cultura que cristaliza en el asesinato a mujeres años de destrucción del tejido social.

En un ánimo de secundar aquel posicionamiento de Nadia a propósito de estrategias necesarias para hacer frente a lo que acontece no sólo en Chihuahua, Chiapas, Guerrero, Guanajuato o el estado de México, sino en la Abya Yala entera, dedicaré las siguientes palabras a enunciarnos como sujetos de poder. Desde ahí como un piso mínimo para hablar, convoco a sentirnos con el poder suficiente para ACTUAR, además de denunciar e indignarnos. Lo que digo a continuación, empero, no es algo nuevo y, sin embargo, parte de la idea de que mu frecuentemente nos hemos concentrado demasiado en responder y reivindicar valores que, a veces, sólo perjudican u obstaculizan de alguna manera nuestras luchas por autonomía y emancipación, y no nos trascienden.

Rodeada por las montañas del sureste mexicano y a favor de la paz que Chiapas  grita al unísono desde sus frentes de lucha, convoco a ver nuestras CREACIONES como una herramienta dentro de los horizontes de lo posible que dibujamos y, de hecho, trabajamos como feministas. Crear, no destruir. Porque quizá la única manera que tenemos de ver colapsado, progresivamente, este sistema que recalcitra opresiones a través de su imbricación, sea mostrarnos vivas, actuantes y reafirmadas en el poder que tenemos para decir y hacer. Ya dese ahí, probablemente, vayamos resignificando el «destruir».

Para todas nosotras, en el primer domingo del año. Un año de lucha. Un año para estar vivas. Un ciclo nuevo para convocar a seguir defendiendo nuestra alegría, y organizar todas nuestras rabias. Para todas las que luchamos: para las que hacemos. Para las que ya no están en cuerpo, pero permanecen de pie como «estructura que estructura» nuestra defensa de dignidad y vida o, como dirían las y los zapatistas: el LEKIL KUXLEJAL o nuestra VIDA DIGNA. Una vida digna que existe en tanto nosotras luchemos, en nuestro mayor acto político que es la apropiación de los espacios, los conceptos, los debates y la construcción de epistemologías, por hacerla existir.

La creación es un acto de rebeldía…

Volteo a mi alrededor: llevo un año fuera de la casa donde crecí. Veo grandes transformaciones en mí producto de la mirada con perspectiva de aquella realidad desde donde me situaba y ésta, la de alguien que tiene que buscar la sobrevivencia ahora, que no tiene ni tendrá los mismos cien varos seguros todos los días. La de aquella que sabe que no hay una verdad defendible, que mucho menos está en las cuatro paredes de un aula de la universidad, pero que también tiene claro que no se consigue en una marcha (solamente). Miro a mis compañeras de lucha, las escucho y las siento: ellas me han enseñado que la creatividad para hacerle frente a la vida está más allá de cualquier institución, prueba de conocimiento o espacio de razón y que la autonomía es una lucha diaria por una independencia transgresora que no está en las certezas, sino en la creación constante de fuentes nuevas de recursos para sobrevivir.

Una compa me pregunta que «¿qué podemos hacer para hacer frente a lo que está pasando?», que nos sentimos impotentes y con la sensación de que no estamos haciendo mucho por nuestro territorio. Que no estamos «respondiendo» como «deberíamos», quizá. Miro a las personas que marchan, las veo desplazarse después de las marchas a cantinas o espacios de socialización donde requieren de mínimo 50 varos en la cartera para poder «convivir». Regreso a casa, compro un ponche de frutas en la esquina y me pongo a leer que han detenido a más de diez después de una marcha que culminó en el incendio de la puerta de palacio nacional cuando, quizá, estaba yo buscando que al culminar la movilización y más que un plan o un mítin como habían venido sucediendo, salga un manifiesto colectivo, la convocatoria a reunirnos en la plancha del Zócalo y discutir alternativas que trasciendan, que canalicen nuestras rabias. No hay tal. Me importa poco si quien incendiaba las puertas era un infiltrado o no: la esperanza de un nuevo país no alcanza aún la propuesta y la alternativa, pero lo que sí vi es que en esa acción, en el fuego simbólico al recinto de poder, convocó las ganas de tirar todo lo que existe, de creer -y crear- lo posible.

Leo sobre artistas y promotoras de arte feministas de mi país. Me la he pasado toda la tarde escuchando una producción radiofónica en Chile (La Arepa Chora), creada desde el lesbofeminismo latinoamericano. Escucho a Julia hablar del potencial histórico de la fotografía y a Teresa argumentar que algún día se castigará a quien busca borrar la destrucción de un recinto histórico en tanto la acción misma de destrucción constituye también un fragmento histórico. Me la he pasado riendo toda la tarde con ellas. Nos hemos cuestionado si la nombrada «interculturalidad» implica forzosamente descolonialidad. Concluimos que sí, y que en tanto la descolonialidad no esté presente, tan sólo es un multiculturalismo sin grandes diálogos. ¿Qué estamos haciendo? Creando realidades, y no puede haber otra manera que creyendo en ellas y produciendo posibilidades de que ocurran, multiplicándolas, ensayándolas y trascendiendo nuestras propias propuestas.

Apenas me convenzo de algo, descubro que a veces hemos estado demasiado convencidas de nuestras propias certezas. Que para poder detentar la radicalidad es necesario idealizar y soltar, así, nuestros pedazos de mundo nítidos en tanto constituyen un pedazo de la realidad que conocemos y que, hoy sabemos, está llena de elementos que justifican desigualdades y reproducen las condiciones en las que éstas ocurren como mecanismo legítimo de supervivencia. Para poder cambiar un poco lo que sucede fuera nuestro es imprescindible movernos de todo el pensamiento que nos mueve desde dentro: como afirma Wittig en su emblemático texto («El pensamiento heterosexual»), estamos socializadas en un mundo que lo crea todo poniendo como centro un logos heterosexual basado en la sumisión, la aceptación de un destino orientado a la crianza y el cuidado, dejando como último nuestro devenir autónomo como seres libres, pensantes y creadores. Habla de las mujeres. Cambiar, por lo tanto, nuestras condiciones de vida, pasa necesariamente por la renuncia a nuestro «pensamiento heterosexual»: es decir, al logos en el que se fundan nuestras decisiones y consecuciones prácticas de hacer las cosas. No hay, como habríamos dicho también con aquellos pensadores franceses que hablaban de la ideología, una práctica sin ideología. Y es en las ideologías en las que tendremos entonces que trabajar.

Para mí, desde la posibilidad que crea el encontrar elementos para reirnos, a pesar de nuestra proveniencia de distintos lugares de enunciación. Nuestra posibilidad de crear textos, imágenes, chistes, relatos en común que nos convierten en cómplices, fugas convertidas en idas a un café, al cine, en orgasmos que se buscan y se conectan, en palabras conectadas, en ideas que germinan proyectos, en risas, en lágrimas colectivas, son un espacio de disidencia: son una creación desde la rebeldía y la ilusión. Nuestras convicciones en que otro mundo es posible se alimentan de nuestra capacidad para mirar que hay otras posibilidades, y no basarnos únicamente en la instalada y planeada decisión de hacernos ver que el mundo es una mierda y nada podemos hacer por transformarlo, nosotras, estas de acá que ya no necesitan, como nos han dicho siempre, a los de allá. Y a otras de allá, también (hasta que ellas intenten, también, emprender esa fuga necesaria). Pero necesitamos ponerlo en práctica, hacer balances, conexiones y depuraciones. Soltar, y crear. Sólo entonces, hay episodios, espasmos, de transformación.

En una fotografía depositamos un poco del valor del pasado, pero su trascendencia será vigente en tanto podamos reinterpretar el presente de tal manera que el pasado se muestre como una puerta que convocó la transformación que constituye el presente. Que no hay espacio para la coincidencia y que por más complicado que sea gestar realidad a partir de las condiciones que tenemos, nuestro gran reto habrá de ser encontrar las posibilidades de crear otras maneras, y eso implica cuestionar desde las prácticas y los haceres cotidianos aquellas cosas que siempre nos dijeron que estaban «bien».

Que el diálogo no se nos haga imposible. Que la convocatoria a la reunión no se nos vuelva la defensa inalterable de nuestros puntos de desencuentro y que el tenor de nuestras disputas, en algún singular momento, esté abierto a la creación de nuestros puentes y no a la destrucción de las ideas que promuevan maneras distintas de trazar un mundo que quizá nunca hemos probado, pero que en ese ser imaginado, tiene tatuado que éste, donde se creó en el pensamiento de alguien, o de alguienes, estaba rebasado.

Crear lo posible está matizado de dos momentos importantes que, desde este lugar y por observación participante de algunos procesos, considero dignos de replicación y potencialmente alterables: ensayar propuestas y darles visbilidad. Crear contracultura y creernos que eso puede ser posible, luego entonces, bañarlas de la imporancia que tienen y acudir a los lugares de las propuestas, generar acciones directas de largo aliento, vaciar en las propuestas nuestra creatividad y alterar nuestras realidades desde la presencia misma de nuestras corporalidades. Hacer fotos, crear textos, producir nuestra propia música, diseñar otras metodologías de intervención, reconocimiento y comparación de nuestras realidades para analizarlas y seguir creando; construir otras categorías de análisis y marcos de referencia/de atribución en donde fundamentar nuestros hallazagos y promover, también, otros suelos desde donde construir el conocimiento: reconocer que otras epistemologías son necesarias para crear nuevas realidades. Dejar de necesitar lo mismo: convencernos de que contribuir con algo diferente puede ser profundamente complejo, pero enriquecedoramente mejor.

«Aquí y ahora se hace indispensable: presentación con vida y castigo a los culpables»: es una consigna para ellos, pero también para nosotras. Nuestra afirmación desde la vida convoca a ser rotundas y estridentes; el castigo a los culpables, como grita aquella otra consigna feminista, nuestra venganza, consiste en ser felices. Inventarnos la felicidad no es cosa fácil, mucho menos si seguimos basánadola en los parámetros de la opresión que nos la condiciona y modela. Así pues, tendremos que seguir cuestionando nuestras rutas inventadas hacia las alegrías y las contemplaciones, pero por favor, ¡no abandonemos el camino!

Nuestra creación es un acto de rebeldía, y nos necesitamos, todas, para hacerlo posible.

Sobre la fotografía: la que encabeza el escrito es una pieza visual de Ambro Pablo, fotógrafa y cineasta feminista chiapaneca. Se trata de  las manos de una artesana maya: en cada tejido, la artesana maya transmite parte de su historia por vía de la creación, inmortalizándola.

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2 thoughts on “[Opinión] La creación es un acto de rebeldía

  1. Compañera Mariana, este texto me dio un vuelco al corazón. Bailar contigo en aquél concierto de las compas raperas feministas como Mare, los Batallones Femeninos, Obeja Negra, y las Krudas Kubensi, junto con muchas otras seres, amigas, compañeras, hermanas; fue un momento de reencuentro y afirmación para mí. Entre la alegría colectiva y feminista, con la digna rabia latiendo en nuestros cántaros rojos, nuestras cuerpas danzando a ritmo de las voces y las bases. Y conocer la Comuna Feminista con su sororidad en las paredes.
    Aunque fue un día que te he visto, por ahora, el saber que vives luchando y rabiando es una semilla más para la creación dentro de esta tierra que no está del todo marchita. Espero que el día en que vaya para Chiapas podamos convivir y crear más juntas.
    Un fuerte abrazo, violeta, combativo y rebelde.
    Espero leer más de ti, pues las palabras regadas que palpitan en mi mente aportan mucho. Saludos!

  2. Creo que únicamente es posible (re)crear nuestras – y nuevas – historias, epistemologías, saberes, arte etc., si empezamos una batalla en contra del pensamiento heterosexual, que nos mantiene cerradas en las cajitas de las expectativas respecto a nuestros roles como mujeres. Desde luego, tiene que ser una (re)creación que sea desde nosotras y para nosotras (nos saltamos el eterno debate sobre la necesidad o no de apoyar a los hombres en su – más eterno aún que el mismo debate – proceso de deconstrucción), por lo menos en el momento histórico que estamos viviendo.

    Siento, cada vez más, la necesidad de reconstruirnos, desde nuestras bases más sencillas, como mujeres, activistas, creadoras, constructoras, inventoras… Siento que necesitamos hacer estallar nuestro potencial creativo – con todas las connotaciones que la palabra pueda tener, desde el arte al activismo – para repensarnos nuestros espacios de actuación, cuáles son nuestros retos como feministas ahora y después… En otras palabras, qué carajos estamos haciendo y por qué no tomamos el tiempo necesario para pensar y pensar otra vez nuestras prácticas.

    Y sí, la creación es un acto de rebeldía… Porque supone el desplazamiento a un, al principio, no-lugar, del cual poco a poco nos apropiamos y lo hacemos nuestro. Un no-lugar que permite que lo llenemos con nuestros – nuevos – significados. Y, si lo hacemos desde la crítica al pensamiento heterosexual, al clasismo y al racismo, tendremos la posibilidad de crear un espacio rebelde, desde abajo, que proponga un nuevo mundo posible.

    Creo, por último, que podríamos atrevernos más. Que todavía seguimos siendo un poco tímidas, por así decirlo, porque el heteropatriarcado capitalista de mierda nos tiene hasta el coño (¿no?). Pero si una se atreve a ir más allá, y las además la toman de la mano, vamos a romper con los silencios, las impunidades, los miedos, las desigualdades y las injusticias. ¿Qué más da? Si atrevernos es la única opción para que nos mantengamos vivas y rebeldes…

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