Feminismo

La capacidad de imaginarnos libres, la defensa que sigue

Angélica Jocelyn Soto Espinosa

La libertad de las mujeres es una de las utopías que persigue el feminismo. 

Esta frase simple, corta, directa, es contundente como llamado y consigna en marchas, mítines, reuniones, conferencias, pancartas y donde quiera que la enunciemos, pero tenemos que llenarla de contenido para que no pierda su poder transformador. 

Necesitamos llenar esa frase de definiciones y significados, de argumento político, de aclaraciones, de relatos, de imaginarios y, principalmente, de decisiones y de experiencias de vida reales en las que efectivamente haya mujeres construyendo y viviendo esa libertad.

Para empezar, ¿Qué significa que las mujeres somos libres?

Por ejemplo, yo entiendo la libertad de las mujeres como la posibilidad de hacer, decir, pensar, decidir lo que deseamos con nuestro tiempo, cuerpo, dinero, esfuerzo, creatividad y todo lo que nos pertenezca. 

Es decir, libres de obstáculos, revisiones, validación o permisos para el desarrollo pleno de una personalidad autónoma, política, creativa y feliz. 

Otra vez: una mujer libre es aquella que no necesita el permiso de nadie para ser, crear y recrearse a sí misma, en lo individual y en colectivo con otras mujeres. Simple, ¿no? 

Parece que no. Voy en el transporte público y escucho a una mujer hablar con su hija sobre la necesidad de consultar con el padre si ambas irán a visitar a la abuela. 

Una mujer quiere comer albóndigas pero compra pollo porque es lo que el hombre con el que vive prefiere. Ella se sirve una porción pequeña para mantenerse en forma. 

Un señor le dice a una niña que no cante, que no grite, que no salte porque lo irrita. 

En una fiesta, un hombre se burla de que una de las invitada que se sentó frente a él trae un escote muy grande. Otro se molesta porque otra de las invitadas no quiso bailar con él.

Una mujer quiere quedarse un rato más con sus amigas, pero su esposo no deja de llamarla por teléfono para que regrese a casa.

Otra mujer posterga su cita médica porque uno de sus hijos adolescentes le pide de último minuto que haga una manualidad que le pidieron en su escuela. 

Una amiga dice que revisará la agenda con su novio para ver si hay cabida para reunirnos ella y yo al final de la semana.

Un adolescente acosa en redes sociales y difama a una joven que lo rechazó.

Un hombre impone a su esposa que se convierta a una religión.

Un hombre grita en un calle a una joven para que voltee. No la deja avanzar en paz hasta que ella lo mira.

Un policía pretende extorsionar a dos mujeres que se besan en un espacio público.

Un cliente exige a una mujer en contexto de prostitución golpearla durante el sexo.

Un conocido de la familia abusa sexualmente de una niña.

Un conductor de un taxi viola a su pasajera y luego tira el cuerpo.

Un grupo criminal priva de la libertad a varias mujeres que buscaban empleo.

Un esposo asesina a su esposa. 

¿Por qué? ¿Por qué mujeres adultas deben consultar con otros hombres sobre actividades que sólo las involucran a ellas? ¿Por qué los deseos y necesidades de ellos van antes que las de ellas? ¿Por qué un hombre se cree autorizado para juzgar la apariencia de una mujer, para obligarla a hacer cosas que ella no quiere, para privarla de la libertad y la vida?

Porque esa sociedad no concibe a las mujeres como seres libres, sino como sujetas dependientes que necesitan permiso, control, validación y límites.

Porque esa sociedad piensa que nuestro cuerpo es parte de todos los bienes que pertenecen a los hombre para su disfrute y riqueza. 

Porque las mujeres desarrollamos nuestro aparato crítico centrado en los deseos y valores de un sistema patriarcal en el que la única voluntad que tiene cabida es la de los hombres. 

Y, lo que me parece más importante, porque esa sociedad es vigilante de que las mujeres no tengamos ningún espacio, tiempo, posibilidad ni fuerzas para crear esa personalidad y ese mundo en el que podamos ser libres, políticas , autónomas y felices. 

Es decir: lo que está en juego al final del día es nuestra capacidad creativa de imaginarnos libres.

Ilustración: Cris Sánchez

Sí, porque entonces erradamente las mujeres reconocemos como libertad esas tres horas que escapamos al novio o el esposo para estar con las amigas, para leer un libro o para estar en soledad. 

Creemos que la libertad es esa elección de fin de semana de comer vastamente y luego limitarnos mucho o hacer demasiado ejercicio. Entendemos que es libertad cuando la amiga se suelta finalmente a hablar sobre su vida en cuanto su novio se levanta al baño. 

Nos convencemos de que somos libres al escapar por unos días de vacaciones para luego regresar a trabajar sin descanso, o al adormecer nuestra ansiedad con alcohol, drogas y muchas series. 

También creemos que la libertad es la decisión de esa amiga que finalmente se alejó de su agresor para que en unos meses se reúna con otro que “es menos malo”.

Pensamos que la libertad es ese permiso, concesión, regalo, que nos da el otro de tratarnos bonito y de dejarnos vivir tranquilas por quién sabe cuánto tiempo, porque una libertad así es intermitente, esporádica, quebradiza y no depende de nosotras sino de ellos. 

Pero la libertad debería ser una condición de vida de las mujeres y no sólo una fugaz excepción, ¿no?

¿Qué significa la libertad como condición de vida?

Nacemos con las herramientas necesarias, y al paso del tiempo adquirimos otras, para el disfrute pleno de la vida. 

Sin embargo, durante nuestra socialización en sociedades patriarcales introyectamos una serie de significados sobre lo que somos, lo que debemos ser y lo que debemos desear que coopta no sólo nuestra libertad física sino también nuestra creatividad para imaginarnos en sistemas de vida no patriarcales. 

Y el contexto de violencia feminicida y precarización de la vida también restringe nuestras libertades. 

Por eso pienso que una vez que identificamos que deseamos ser libres necesitamos defender esa condición de libertad a través de limpiar nuestro aparato crítico de voluntades cooptadas o engañadas. En algunos casos tal vez haya que recuperar esa capacidad sepultada de decidir y desear. 

La libertad de las mujeres también consiste en liberar nuestro pensamiento de los valores de un sistema colonizado, patriarcalizado y cooptado por el capitalismo.

Y luego en reconstruir nuestros deseos basadas en la imagen de un mundo para nosotras, con un espectro de oportunidades y posibilidades mucho más amplio que el que el sistema patriarcal nos presenta.

Cómo construir la libertad como condición de vida en un contexto patriarcal y capitalista es una respuesta que nos toca elaborar en colectivo, pero ahora mismo ya existen en nuestro entorno algunas prácticas que tenemos que ampliar, replicar y sostener con un compromiso político y ético que no sea marginal y que no sea sólo en los pequeños ratos que nos permitimos escapar de los deseos del otro. 

¿Has visto cómo tu mamá tiene más tiempo para ella desde que dejó de vivir con un hombre? ¿Ya viste que la colectiva feminista cumplió otro aniversario? ¿Ya te diste cuenta que tu amiga dejó al tipo con el que vivía y ahora comparte su departamento sólo con mujeres? ¿Ya viste que el proyecto autogestivo de tu vecina está creciendo? ¿Ya viste que a esa niña no le importa que la callen y ella sigue cantando? 

¿Ya te imaginaste a ti adueñándote y haciéndote cargo totalmente de todas tus posibilidades de ser libre? 

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