Cultura

Juguetes sexuales y feminismo

Por Luisa Velázquez Herrera

Cuerpa

La cuerpa es el territorio que habito, con clítoris, vulva, vagina, útero, ovarios, senos, pero además es piel basta, velluda, intestinos, corazón, pulmones, huesos, músculos, grasa, hígado, riñones, piernas, pies, dedos, manos, brazos, etcétera.

Mi cuerpa es territorio político, como dice Dorotea Gómez Grijalva, un territorio vivo de resistencia de mis ancestras, de vida, de lucha, de creación. Mi cuerpa la he ido recuperando de a poco, arrebaté de los tentáculos del poder de los hombres esa creencia sembrada en mí de que mi vida la debía vivir con un hombre o con varios, a la que llaman “orientación sexual”.

Entendí con Sheila Jeffreys que la “orientación sexual” es un concepto que proviene de la sexología para impedir a las mujeres la toma de la rebelión porque las ata a creer que nacieron con algo biológico e inevitable adentro de ellas para los hombres. Comprendí con Karina Vergara Sánchez que el sistema heterosexual significa: los hombres aman a los hombres y las mujeres deben amar a los hombres, así se sostiene la maquinaria de la explotación capitalista de uso y desecho de nuestras cuerpas.

Comprendí con mi madre Estrella Herrera que la resistencia es arrebatar  nuestra cuerpa del opresor para decir “no”. No quiero, no me gusta, no te permitiré, no voy a aceptar, no voy a obedecer. Comprendí que una arrebata de las manos asfixiantes, sucias y violentas de los hombres, nuestra cuerpa y lucha por nuestra vida con los dientes y uñas.

Sexualidad

En mi cuerpa habitan necesidades y deseos impuestos por el capitalismo. La necesidad de legitimación masculina y el deseo de volverme objeto de decoración, pero lucho constantemente contra ello, para no buscar la aceptación de las instituciones (legitimación masculina) ni por permanecer atada a los regímenes alimenticios de moda (objeto de decoración). Y aunque cuesta, es posible la rebelión, rebelarse ante la atrocidad de un sistema que te quiere fabricada en serie para sus usos.

Cuando me permití cuestionarme la heterosexualidad, hace varios años atrás, supe que había estado erotizando la opresión de los hombres sobre mí: en una mirada, en un beso, en palabras «cariñosas», porque no son solo miradas, besos o palabras «cariñosas», toda nuestra existencia fue cimentada en que tú, mujer, no existes, si un hombre no te escucha, toca y oprime. Por eso en los grupos de mujeres que acompaño hay un anhelo de que un día un hombre “bueno” vendrá para escucharlas, tocarlas y oprimirlas, a eso aprendimos a llamarle «amor», pero hoy sabemos que es opresión, por eso nos reunimos a discutir y a desaprender juntas.

Liberarme de esas cadenas del opresor me ha permitido comprender mi cuerpa de otras maneras. Mi cuerpa es territorio, vida, creación. Mi cuerpa es vulva, panza, papada, estrías, celulitis. Mi cuerpa es velluda, chueca. Mi cuerpa es dolor de ciática y mi cuerpa es fuerza en mis piernas para trotar.

La sexualidad para mí es reencontrarme con mi placer desde esa cuerpa recuperada, misma que he entendido en compañía de las reflexiones poderosas de mi compañera Montserrat Pérez, con quien he aprendido el placer de respirar, de sentir el viento, de escuchar a mis amigas, de tener una conversación con las amoras, de crear a lado de mis compañeras, de besar a mis amigas, de compartirnos nuestras cuerpas, el sudor, el baile, los abrazos, los senos, los poros, los gemidos, las vulvas, la vida.

También comprendo que no hay sexualidad sin sanación, como mi compañera Itzel Díaz nos recuerda cada tanto, ella explica que hay que saber escuchar la cuerpa porque la cuerpa nos habla cosas que nuestra mente adoctrinada por el patriarcado y la heterosexualidad no quieren ver. Recuperarnos la cuerpa desde ese profundo amor y respeto a una misma, a nuestras ancestras y a las mujeres para entonces entendernos el placer desde nosotrAs y en autonomía.

Ilustración: Ana Luiza Batista

Orgasmos

Los orgasmos en la recuperación de mi placer han sido reveladores y sanadores. Conocerme a través de mí, de mi cuerpa, de la cuerpa de mis compañeras, compartirnos gemidos, vida, agua, tierra, rozar, disfrutar… ha sido un camino lleno de descubrimientos, el descubrimiento de la lesbofobia interna, el descubrimiento del placer sin heterosexualidad, el disfrute de un tiempo lésbico porque las lesbianas vivimos relaciones sexuales de varias horas de continuidad.

Esta recuperación y estos descubrimientos han llevado a reflexiones largas sobre la violencia sexual que viví en el pasado, sobre cómo puedo sanar y cómo quiero disfrutarme a solas y compartirme con mis compañeras, desde el respeto y amor a sus tiempos, a mis tiempos, a nuestra vida compartida. Ha sido un largo camino de escuchar mi respiración, mis pies sobre la tierra, incluso mi voz cuando canto o mi sudor alborotado en una rutina de ejercicio: Lo que soy, la que me hicieron, la que se rebela.

He ido también desgenitalizando el placer ya que centrarme en el placer clitoriano, el único posible, me llevó indiscutiblemente al placer corporal de toda la extensión de mi cuerpa, a disfrutar de nuestros poros alegres con una buena cumbia, al hormigueo en las piernas por querer bailar, al dulce aroma de un té que viene por la noche después de trabajar, a la mordida a una naranja para quitarme la sed, al canto de las aves que se escuchan por mi ventana. Estoy rodeada de un manjar de emociones, sensaciones, que me comparto con otras, en círculos de mujeres en que un imán invisible y delicioso nos ata a todas a platicar por horas sin sentir cansancio ni el tiempo.

El capitalismo

El capitalismo no está conforme con nuestras recuperaciones, se cuela en las necesidades que nos impone, en los dolores patriarcales que habitamos, en las viejas estrategias que cargamos para no poder hacernos cargo de nuestra historia, en el sufrimiento aprendido en las telenovelas, en la búsqueda de venganza a la persona incorrecta, acomodando en otra, los dolores que te hizo la mayoría de veces, un hombre que abusó de ti en muchas formas, pero que no puedes atacar porque el sistema no lo permite, así que lo depositas en una otra desgüanzada como tú, que poco puede hacer por ti más que ser depositaria de reclamos que no le corresponden.

Ese sistema voraz y mercantil también está colándose en el placer recuperado, nos coloca comerciales para dudar de nosotras. Un comercial sobre que en realidad eres “hombre trans” si no quieres ponerte color rosado en la primaria. Un comercial sobre cómo requieres hombres toda tu vida a través del poli amor, contra amor o agamia, da igual, «naciste para ellos» obliga el sistema. Y un comercial sobre que en realidad necesitas un artefacto de plástico para tu placer.

Foto de scarymommy

Juguetes sexuales

Hoy quiero centrarme en los juguetes sexuales, desde hace un año he visto el entusiasmo de las mujeres de estratos urbanos por comprarse un satisfyer, se trata de un succionador y estimulador de clítoris, con cabezal de silicón, con motor recargable, de cerca de mil pesos mexicanos.

La publicidad fue desbordante, supuestamente las mujeres habían salido a desabastecer tiendas, a comprar todos los aparatos del mercado, los proveedores se hacían millonarios y vecindarios enteros de mujeres blancas heterosexuales disfrutaban por horas a solas.

El mercado perfecto fue el feminismo en estos tiempos, tan heterosexual y neoliberal, unas a otras comenzaron a hacer rifas, regalos, chistes. ¿Es verdad lo que dicen? ¿Que un aparato puede hacer lo que ninguna lengua o manos? ¿Es verdad que puedes obtener ese placer solo comprando un aparato? Vi reseñas en videos y las mujeres lo anunciaban entusiasmadas por su rapidez y porque no se cansaban al tocarse, claro, porque que una mujer se toque a sí misma para sí misma, es una pérdida de tiempo para el patriarcado, así que habría que rentabilizarlo a los tiempos capitalistas.

Conocí el aparato y lo probé, no hace nada que mis manos no puedan hacer, ¿con tan poco se emocionan las heterosexuales? «Sí, con tan poco», contestaron conocidas lesbianas que me hablaron de lo sobrevalorado que está el aparato, de lo insignificante que fue para ellas, de la obstrucción entre sus manos y su clítoris que el aparato representaba. Concluimos sin más ¡quien no conoce el sexo lésbico a cualquier santo le reza! o mejor dicho: ¡quien no conoce su cuerpa con cualquier cosa se emociona!

El aparato había tenido éxito en los sectores acomodados y urbanos porque 1. Los orgasmos deben ser rápidos y mecánicos en las jornadas capitalistas, 2. Se obtiene con tan solo un pedido en Amazon, 3. Impide que te toques a ti misma con base en el ocultismo sobre nuestra propia cuerpa, es decir, impide que toques, te sientas y percibas tu textura, olor, sabor, 4. Reproduce la cosificación y frialdad al tratar a nuestro cuerpo mediante objetos externos diseñados por hombres y 5. Imita muy bien la rapidez al que se aspira en un coito heterosexual, es decir, el entrenamiento a través del juguete te permite no rebasar el tiempo de un hombre promedio porque no tienes derecho a más placer ni a más tiempo.

Esas son la causas de su éxito rotundo, en resumen, la misoginia recalcitrante sobre nosotras mismas, el desconocimiento de nuestra cuerpa, el consumismo tan enervante en las clases urbanas acomodadas, la heterosexualidad impuesta que nos refuerza una dependencia a cualquier extensión de los hombres.


La historia de los juguetes sexuales

Los juguetes sexuales han sido impulsados en el feminismo por los sectores posmodernos, es decir, las cuirs (así lo escribo a propósito), mujeres que acatan la ideología de los filósofos posmodernos y en cuyos análisis no existen las estructuras sino que hay una “agencia” del individuo que lo hace elegir lo que le oprime. Por eso, para las devotas de lo queer, no existe la prostitución sino que es “trabajo sexual”; tampoco existe la explotación laboral, la mujer explotada es “socia” de la empresa; no existe el alquiler de úteros, “son contratos que la mujer elige”; no existe la violencia a las mujeres, “es bdsm”, las viejas cadenas son limadas con disfraz de “elección”.

Las cuirs, además, han hecho monopolio de la sexualidad de las mujeres, son quienes tramposamente han tenido la difusión y recursos para hablar de nuestra cuerpa como una emulación del cuerpo de los hombres, así que usan términos androcéntricos como “eyaculación femenina” o “próstata femenina”. Su misoginia no tiene reparo ni tampoco vergüenza, al usar estos términos refuerzan su marco de referencias en donde el cuerpo de las mujeres es un ente secundario, a modo de imitación, del “verdadero” cuerpo de la humanidad: los hombres.

Cuando a las cuirs se les hace alguna crítica sobre el falocentrismo de sus juguetes sexuales, mismos que no paran de anunciar y vender en sus charlas y talleres, apuntan que se trata de una “mano” y no de un falo aunque el plástico asemeje en todos los sentidos a un pene.

En la antigua Grecia y luego en la Edad Media se usaban los dildos y consoladores para curar la “histeria” de las mujeres, es decir, las mujeres eran violadas por hombres a través de objetos. Más tarde en el siglo XIX, con el auge de la sexología, la disciplina misógina por excelencia, se volvieron a usar para violar mujeres para «curarlas» de esa enfermedad inventada por los hombres. Esa es la historia de los juguetes, aparatos de uso masculino para el abuso y control de las mujeres, usados para violentarlas en nombre de la obtención de un “orgasmo” que las «curaba» de su enfermedad “la histeria”.

Los consoladores y dildos son los juguetes más antiguos, y aunque la publicidad alrededor de estos ha sido avasalladora en medios, películas e internet, las mujeres dejaron de usarlos cuando se dieron cuenta que introducirse un pene de plástico era igual a cero placer, a menos que las emociones de la mujer usuaria del producto estuvieran tan cooptadas por la heterosexualidad que tuviera que convencerse por sí misma, a solas, de fingir para sí. Por eso la industria tuvo que innovar en los estimulados de clítoris, el poder de los hombres no iba a detenerse.


El satisfyer fue creado bajo la lógica patriarcal, su objetivo era crear una extensión de los hombres que se interpusiera en las mujeres para su propio disfrute, es un aparato que «ayuda» a las mujeres para tocarse según las reglas de los hombres y su sistema capitalista, heterosexual y patriarcal. El inventor fue Michael Lenke, quien tuvo como objetivo «enseñar» a las mujeres cómo tocar su clítoris y cómo llegar al orgasmo en un mínimo de tiempo. Por supuesto que tras su invento está una mujer de la que hablan en medios de comunicación como “su mujer” o “su esposa”, Brigitte Lenke, quien es la autora del producto que el esposo comercializó después, ya con sus modificaciones mediadas por su mirada de hombre y el mercado patriarcal.

¿Reivindicar el uso de juguetes sexuales?

Los juguetes sexuales no son reivindicables en ningún sentido desde el feminismo, a menos que ustedes sean cuirs y sabemos de sobra que eso no es feminismo, ya que borrar los sistemas de opresión para que todo quede devaluado a una «decisión personal» no puede ser liberador en ningún sentido para ninguna mujer. Y sí hablo de todos los juguetes, todos todos, y sí también incluyo a los estimuladores de clítoris ¡sobre todo en este tiempo en que se hicieron tan famosos! claro que sí.

Son una treta del capitalismo para no sentirnos a nosotras mismas, ¿por qué?, un artefacto comprado en tienda, se interpone entre tus manos y tu clítoris, ese clítoris que a duras penas nos hemos recuperado para nosotras, ese clítoris al que tampoco se reduce todo nuestro placer, porque somos piel, poros, cuerpa viva, pero aquí el punto es que tú no te toques, el punto es que no te sientas tú, el punto es que aún dependas de ellos a través de un artefacto que venden en sus estantes, es una extensión de ellos. ¿Eso creemos que es explorar la sexualidad? ¿Hacernos consumidoras de objetos inservibles?

Luego las cuirs se ponen muy «creativas» y hasta «autogestivas» cuando se les hace una crítica al capitalismo y juegan con pepinos, ¡pe-pi-nos! qué horror, cuánta cultura del falo hecha pesadilla, yo no quiero un pepino, ni un pingüino, ni un motor de pilas, quiero tocarme con las yemas de mis dedos, en mis tiempos, en nuestros tiempos si es placer compartido entre nosotras, sin prisas marcadas por un motor, sin extensiones de la heterosexualidad, porque eso es usar uno de esos artefactos, extender el poderío de los hombres a nosotras, qué profunda tristeza haber llegado al momento en que los juguetes se reivindican –sin nada de duda– como «libertad», qué despojadas estamos de nosotras mismas.

Ya lo decía Sheila Jeffreys hace décadas: «Hay que crear nuevas necesidades nunca imaginadas por las mujeres, para poder vender estos artículos y entretanto se construye una nueva sexualidad… Esta es casualmente una fiel copia de los preceptos de los pornógrafos masculinos y de los fundadores de la sexología».

Ilustración: Fotini Tikkou

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