Por Gretel Alejandra 

Pienso en las opresiones que me atraviesan y sólo identifico que no me gusto sin depilar. Me miro al espejo y convencidísima digo –sí, ya he trabajado mucho en mí–. De pronto gruñe mi panza… eso hace cuando ha estado aplastada mucho tiempo, ya sea por mallas apretadas, pantalones muy justos o (y esto me sorprendió), por tener el abdomen en contracción, sumida la panza, pues.

Tengo poco más de 20 años de estar en el ámbito dancístico. No entré al sistema más rígido, el estatal, pues nací con las rodillas chuecas y los pies planos, así que fue ya hasta muy grande que entré a bailar en la academia. Aunque no fue el más rígido, ahí una se pone un candado… la maestra lo describía como “Un calzón de castidad. ¡Imagínenlo! Será más fácil sostener el abdomen adentro” y no se lo quita una hasta llegar a la pijama.

Bueno, soy instructora de danza ahora y según yo, no repito esos dichos en clase. Confieso que es de diario estarme cuidando de la gordafobia interiorizada y de repetirla a mis alumnas… La cosa es que también me hallo frente al espejo y ante mí no he cuidado estas violencias. El mallón se bajó al pliegue, hay que subirlo porque bota la panza y se ve más grande. Aflojé la cuerpa un instante, respiro, vuelvo a la postura porque, ¿qué es eso de sacar la pelvis? Me miro al espejo y con mis manos aplasto el vientre para sentirlo liso. Enderezo mi espalda y casi puedo ver una línea perfecta, al amanecer, después de ir al baño, antes de desayunar. Pero sólo los días después de haber menstruado.

Fotografía de Gretel Alejandra

Mi cuerpa no es delgada… no en comparación con alguien de mi estatura. Más bien doy la impresión de complexión más gruesa, pues mi espalda y piernas las he trabajado desde los cuatro en natación y desde los 10 en gimnasia. Mi orgullo y ahora entiendo, escudo, es la fuerza… pero no me percataba que junto en la misma cuerpa, habita también la gordafobia a mí misma. ¿Cómo se me fue a escapar?

Parte de mis estudios académicos tiene que ver con la nutrición y tengo un desbarajuste que quiero ordenar para, si aún existen violencias a otras, no las repita, como lo hago en mí misma.

Aún se filtra.

Aún lo pienso.

Aún me he descubierto dando opiniones paternalistas.

Aún descubro en retrospectiva misoginia en mis palabras, vista normal, en mi profesión. 

Aún.

Me cuestiono si aún quiero dedicarme a hacer esto. Por ahora, sigo acomodando. Sigo buscando mi forma de consultar en libertad y ginefilia. Sigo hurgando en mis heridas para que como por ahí leí, el veneno se convierta en remedio, en medicina.

Y encontré que mirándome sin vendas y con miedos, con detalle y sin patriarcado, con otras y conmigo, iba siendo más fácil tejer amor para mí misma y para las que en mí confían.

Recibí en los días visitas de las mujeres a las que necesitaba escuchar para seguir tejiendo posibilidades, para mirarme a través de lentes de aceptación, dejar atrás el candadito y morarme desparramada, en pijama, a gusto, como quiero, en mi casa, siempre.

Fotografía de Gretel Alejandra

 

*Este texto y las imágenes son resultado del curso En Busca de mi Autorretrato Feminista impartido por Valentina Díaz en Ímpetu Centro de Estudios A.C.

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One thought on “Hurgando heridas

  1. Hay una belleza en mostrarse vulnerable, porque como tu mencionas… Con ésto nos ayudamos a tejer amor entre y para nosotras. Gracias por invitarme así, con puro corazón.

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