Por Joyce Salazar Martínez

Hola, abuelita

Esta es la primera vez que hablo dirigiéndome a ti ya que casi no nos conocimos personalmente. La pesada vida y diez hijos cansaron mucho a tu corazón y sólo nos conocimos un par de días antes de que descansaras.

Y cómo no ibas a estar cansada si desde los ocho o nueve años tuviste que trabajar como empleada del hogar en una casa de familia adinerada de tu pueblo, si todos los días casi te desnudaban «por si no te habías robado algo», donde andabas con muchísima pena porque no tenías zapatos y ponías tus pies en la sombra para que no se notara. ¿Te acuerdas de la vez que te encontraste veinte centavos y con ellos compraste dulces, miel, cañas y muchísimas cosas? Hasta puedo apostar a que valió la pena la cueriza que te puso mi bisabuela por haberte atrevido a tomar algo de la casa de la patrona.

Aquí las cosas siguen sin cambiar, apenas hace un par de meses en el último trabajo «creativo» que tuve, mi jefe inmediato me lanzó un comentario de que debía poner personas más blancas en la publicidad del mes «con todo respeto». Me dieron ganas de esconder mis pies en la sombra aunque yo sí trajera zapatos y estuviera sentada en una oficina trabajando con «mis capacidades intelectuales», volví a ser tú, la niña que muere de pena porque anda descalza.

Aquel fue mi último trabajo «creativo», renuncié a las dos semanas. Me prometí a mi misma que ningún señor de esa calaña iba a volver a ganar ni un centavo con mis ideas.

La pandemia por covid19 arrasó con muchas cosas y como siempre, las mujeres empobrecidas han llevado las de perder. Ahora soy empleada de limpieza, me gano la vida igual que tú en tu niñez y adolescencia y aunque no se burlan de mí por no traer zapatos, el sentimiento existe cuando la señora de la casa se asombra al saber que vivo en la misma colonia o porque tenemos el mismo tipo de electrodoméstico.

Tú sabías que el racismo existía, tal vez no teorizabas ni tenías una visión clara o articulada de él como sistema, pero lo conocías, lo sentías en tu cuerpo, pesado, pesado como la vergüenza de que revisen tu cuerpo para demostrar tu honestidad, lo sentías al tener que bañarte con agua helada a jicarazos a las cuatro de la mañana porque la limpieza legitimaba tu humanidad y lo sabías injusto cuando sabías que merecías todas las cosas que compraste con esa moneda.

Así se siente aún, Naty, muchísimos años después, tú y yo somos la misma, aunque nunca nos lo pudimos decir.

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La Crítica