Feminismo

[Mi historia de autodefensa] Viri

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Por Viri Prana

Tenía como cinco o seis años, me mandaron a la tienda  como a las siete de la noche y, al atravesar la plaza, había un hombre con gabardina negra que me preguntó si sabía quién vivía en el segundo piso. Le dije que Valeria y me dijo si lo podía acompañar porque no sabía dónde era… A los niños se le premia con atención y mayor afecto por ser serviciales, y adultos muy malintencionados se aprovechan de eso.

Lo acompañé… el edificio no tenía nada de luz, ya en el segundo piso me dijo que si le agarraba “esto” y, al tocarlo, grité como nunca… muchísimo muy, muy fuerte y corrí con todas mis fuerzas, pateando y gritando en la puerta de la casa. Mi reacción me salvó de algo mucho peor. Mis papás salieron a buscarlo y los vecinos se asomaron, pero nadie lo encontró…

Una correteada a los diecisiete, aún borracha en los tiempos en que buscaba morir, mi alma realmente no lo quería… mis piernas me salvaron. Me jalaron el brazo desde una camioneta, me jalé y corrí sin parar. CTM Tultepec, en el Estado de México, una colonia obrera, alejada de todo, entre baldíos y pobreza, no sólo económica. Aunque es el lugar en el que crecí y también reí y jugué como jamás lo harán los niños ahora.

Un día a los 21, llegando de trabajar… Me tocó cerrar el turno en la tienda de autoservicio, venía desde el Rosario… un largo camino, muy peligroso, aunque una a esa edad evita pensar en eso. Cruzando la calle, viene un hombre de blanco en bicicleta, a lo lejos. Entro a la plaza y ya se encuentra detrás de mí, intenta preguntar algo que yo no espere en escuchar… pueden pensar que es un invento, pero se siente la mala intención de las personas. Me eché a correr sin esperar a nada más, mi vecina estaba en la ventana, me miró la cara de susto y de inmediato salió su papá y luego el mío. No lo encontraron.

Atravesar calles entre palabras obscenas, tocamientos y miradas morbosas… Siempre, desde los 5 años. El secreto de un abuso sexual, guardado hasta los 20 años, porque fue un familiar. Una vive entre mucha confusión acerca del afecto y del cuidado y aprende a defenderse sola. Ya sea corriendo con todas las fuerzas o enfrentando, encarando los juicios, la descalificación y muchas cosas dolorosas para el alma.

En esa soledad una llega a su límite.

Un día, después de muchas veces en que malditos tipos se venían sobre mí, en el metro, en el microbús, en los andenes y trayectos. En un concierto en el zócalo junto con amigas, caminábamos entre la multitud buscando un buen lugar. Mi mejor amiga y yo caminamos juntas y nos quedamos más atrás del grupo. En eso, siento a un tipo sobre mi trasero. Esa sensación la conozco muy bien: sentí el maldito calor de su pene. Tenía el pene de fuera sobre mi trasero. Volteé, miré sus ojos y de inmediato llevó un suéter a su pene, intenté arrebatárselo, quería que todo el mundo lo mirara con el pene de fuera, forcejeamos y sucedió… la primera vez que pasé de correr, de los gritos ante oídos sordos y miradas indiferentes, de sentir mucho miedo, sucedió, sentí su carne hundirse, sentí su pegajosa piel, vi como fruncía sus ojos, al tiempo que se agachaba y más coraje me daba, decía:  «perdón, perdón, perdón»… Lo golpeé en la cara a puñetazos.

No fue mucho, pero fue suficiente para mí. Nunca había golpeado a nadie así.

Mi mamá siempre decía que era una buena niña, por obediente y tranquila, porque no era grosera ni peleonera, eso no me ayudó mucho en la infancia, la vida es muy dura y es importante que no nos quiten la posibilidad de defendernos, hablando, huyendo o enfrentándonos. Podemos defendernos.

Yo, ya lo he hecho.

Gracias por dejarme compartirlo.

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La Crítica