Opinión

¿He vivido racismo?

Gabriela Aguilera

El primer recuerdo en el que considero que viví el racismo fue cuando me encontraba en la primaria. Tendría como siete u ocho años, para ese entonces mi madre se preocupaba por mí debido a mi poca socialización durante los momentos del recreo en la escuela. Aunque a veces jugaba con algunas compañeras, recuerdo que en muchas ocasiones no querían jugar conmigo, así que pasaba la media hora comiendo lo que mi mamá me preparaba para después caminar por toda la escuela, la cual era muy grande, pues tenía muchísimo espacio para jugar, así que cuando mi mamá me preguntaba con quién jugaba yo le respondía que la mayor parte era estar deambulando sola hasta que tocaban el timbre para regresar a los salones.

En esas ocasiones llegué a encontrarme con un compañero del salón que se burlaba de mí por mi tez morena, me llamaba negra y además me insultaba junto con sus amigos que también se reían y repetían sus palabras. Eso provocó que ya no quisiera ir a la escuela. Mi madre me daba consejos para no hacer caso y acusarlo con la maestra porque yo no sabía defenderme ni encarar a ese niño tan grosero, así que buscó la manera de cambiarme de escuela, sin embargo, eso no fue posible porque no había lugar disponible para mí. Entonces, mi madre me dijo que no debía avergonzarme porque la misma virgen de Guadalupe era morena como yo, por lo que debía sentirme orgullosa, eso me dio cierta fortaleza.

Después mi madre habló con la maestra de mi salón y al parecer eso fue lo que funcionó para que ese niño dejara de molestarme. Sin embargo, en el salón también estaba una niña que era rubia, pero que también por su apariencia y sus conversaciones presumía tener dinero y muchos juguetes. Entre esas niñas, llegaron a tomar mis manos y me preguntaban por qué era yo así, de ese color. Yo realmente no sabía ni qué contestar.

Mi madre se esforzaba por argumentarme que no era razón para sentirme triste e incómoda y su estrategia fue mostrarme películas donde los temas eran el racismo. Creo que fue cuando comencé a tener conciencia de mi condición.  El resultado fue que experimenté además de tristeza, sentimiento de injusticia y mucho enojo. Lo que hizo mi madre fue comprarme lápices bonitos para mí, pero también para que los obsequiara a compañeras con las que -según ella- podría compartir para iniciar una amistad.

En aquél entonces, yo le decía que no quería tener amigas por conveniencia, pero ella me obligaba a llevarlos a la escuela y me decía que si yo quería iniciar una amistad tenía la oportunidad de regalarlos para así iniciar una conversación para después tener con quien jugar en el recreo. Lo hice en una ocasión, pero recuerdo que cuando tuve un desacuerdo con la niña a la que le obsequié los colores me enojé tanto que tuve el impulso de empujarla tan fuerte que cayó golpeándose con una silla en la cabeza. Salí corriendo. Para mi fortuna, la niña no dijo nada. Toda esa tarde me sentí fatal, tanto, que necesitaba confesárselo a mi mamá. Creo que mi madre se dio cuenta de mi arrepentimiento y de mi malestar que a partir de ahí ya no insistió en que yo hiciera amigas ni en darme regalitos para conseguir que socializara.

Con el tiempo, esto cambió, mis amistades eran tanto niñas como niños pero como a mí me gustaba mucho correr prefería jugar con los niños porque con ellos los juegos eran más divertidos porque podía jugar basquetbol, futbol, las famosas atrapadas, las escondidas y demás juegos en los que yo podía correr, saltar y competir a quién era más veloz. Yo les ganaba la mayoría de las veces y eso me alegraba tanto.

Otra ocasión en la que sentí que fui discriminada por mi aspecto, fue en colegio de las monjas. Se estaba organizando un evento de convivencia en la que debía llevar mi cooperación. Lo hice, pero el día en que fue el evento, las señoras que eran las mamás organizadoras me rodearon y frente a mis compañeras me señalaron que no había realizado mi cooperación. Sus comentarios me parecieron tan incómodos que yo no supe tampoco cómo responder aún cuando sabía perfectamente que había entregado el dinero. Entre lo que me señalaban era respecto a mi apariencia que les aseguraba a ellas el que no tenía el dinero suficiente para llevar una cooperación. No hice nada, pero lo primero que sentí fue una impotencia y frustración por sentirme sola sin poder defenderme aún cuando yo había dicho que les entregué el dinero.

Ilustración: Pinterest

Después de esa experiencia comencé a aborrecer a las personas presuntuosas y a tener también más afinidad con amistades que eran rebeldes con las monjas y con las mamás “copetonas” refiriéndonos a aquellas mamás que se sentían con cierto aire de superioridad. Así que al salir de la escuela cuando caminábamos hacia la parada de autobuses nos burlábamos de las señoras que llegaban en automóviles o camionetas lujosas, haciendo chistes, pero nunca nos atrevimos a insultar o a molestarlas. Solo nosotras sabíamos en nuestras carcajadas y bromas lo que nos hacía reír de sus actitudes groseras mientras las veíamos pasar con velocidad, cuando no consideraban que el camino que estaba sin pavimento dejaba una espesa polvareda para quienes íbamos caminando. Eran odiosas, como también sus hijas. Quisiera decir que fueron las únicas situaciones, pero no.

También lo viví con un chico que solía decir que era de clase privilegiada porque su familia provenía de España…decía que su atracción por mí era mera curiosidad porque, aunque era morena y con rasgos mestizos le parecía que era una ventaja para mí el que yo anduviera con él. Idiota. No era broma lo que decía, después supe que su familia realmente se sentía con mucho abolengo.

En la universidad creo que no viví experiencias de este tipo. Fue hasta que trabajé que volví a presenciar el racismo. Cuando comencé a trabajar en el hospital donde actualmente sigo laborando me dí cuenta que no sólo se me ha discriminado por mi color de piel sino por ser mujer. Yo estaba recientemente contratada, debía organizar un grupo de padres de familia que tenían hijos con cardiopatías congénitas. El objetivo era ofrecerles un espacio terapéutico grupal. Para ello se convocó a un señor que era el líder de una organización social que gestionaba recursos para las cirugías. Cuando me presenté su actitud fue grosera porque me miró de pies a cabeza y no me respondió el saludo. Eso no fue su única grosería. Cuando convocaba al grupo el señor se atribuía la autoridad para interrumpirme o para desdeñar lo que yo sugería para las actividades de integración. Lo encaré frente a mi jefa y el médico especialista y pude saber que sus razones eran que no le era suficiente mi trabajo porque era una mujer, él hubiera preferido que quien coordinara el grupo fuera un psicólogo. Y así, inicié otra experiencia más de discriminación.

Debo decir que el ámbito médico es muy racista. Me ha tocado escuchar conversaciones sobre su mentada superioridad por el hecho de ser médicos. Antes me interesaba dialogar, pero llevo años con un desgaste que creo es inútil hacerlo con ciertos médicos. Hoy en día me he concentrado en atender a los pacientes y desde mi lugar como psicóloga, poder ofrecer elementos para resistir, evidenciar y evitar el racismo.

En el hospital donde trabajo es para población abierta, y por lo tanto, acuden de muchas comunidades indígenas que me han manifestado que no hablan en su idioma por vergüenza o por temor a ser discriminadas. Muchas de ellas ante su condición de salud y necesidad prefieren someterse con la finalidad de obtener servicios. Desde mi alcance he orientado y en algunas veces también me he manifestado con quejas para respaldarles porque por lo general, no hay quien les pueda brindar información sobre derechos humanos. Eso me ha ocasionado enemistades, pero también satisfacciones.

Ahora que escribo, me doy cuenta que tengo también un desgaste importante en mi trabajo que me ha desmotivado en muchas ocasiones, pero que también me ha fortalecido porque he aprendido sobre el valor de la dignidad. Mi conclusión es que nos hace falta también educar sobre el concepto de la dignidad.

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