Por ItzelAvenAre

Mi cuerpa, mi cabella, mi cara, han sido invadidas, utilizadas y menospreciadas por voces, gestos y miradas violentas que me han lastimado el alma, principalmente las expresadas por mí y por las personas cercanas.

Ha sido un camino reflexivo, sensorial y de sanación donde mi percepción ya empezó a cambiar con base en cómo me veo y qué es lo que quiero expresar. He iniciado la desconstrucción de mi mirada, aunque falta seguir construyendo desde el amor hacía a mí para no volver a olvidarme frente a los miedos e inseguridades.

Fotografía de ItzelAvenAre

Comprendí que el miedo no era “desconocer alguna técnica o teoría de cómo capturarme”, sino que respondía a la imposición sobre cómo debo pensarme y verme; y la respuesta está en cómo sacudirme en la cotidianeidad de esas normas que dicta este sistema heteropatriarcal para así pensarme y crearme desde mi visión, desde mis reglas. Y no sólo eso, sino compartir esas desconstrucciones y construcciones con todas, porque es una forma de mirarnos, reconocernos y rescatar nuestras esencias.

Ya no sólo me vi como una sombra en el espejo, me volví a observar y con ello me reconocí diferente, como una cuerpa con memorias y movimientos que está en constante cambio, la cual debe rescatar su fortaleza y saberse libre de ocupar espacios. Cubierta por vellos que en muchos momentos han servido de protección porque me alertan y al mismo tiempo acompañan con armonía mis brazos, torso y piernas.

He empezado a apapachar y cuidar mis pies, a quienes dejé de admirar y agradecer por toda la fuerza y conexión que me dan, y el trabajo es dejar de exigirles que sean los únicos que me proporcionen energía porque ésta debo generarla y cuidarla en cada parte de mi, intentado soltar lo que está de más y sólo busca opacar este caminar.

Después me detengo a acariciar ese vientre que he odiado a causa de los fuertes dolores por los quistes que parece que nunca dejarán de aparecer; y abrazo a esa espalda que he lastimado por querer que me sostenga cuando sé que está cansada. Además de presionarla, así como a mi pecho, para que protejan de mis pulmones y corazón, que hace tiempo sufrieron una lesión.

Me traslado hacia mi cara y con mis dedos fríos tocó mis ojos, que en ese momento están humedecidos, porque de un tiempo para acá simplemente expresan una cuerpa cansada y olvidada, pero que buscan recuperar la luz y fluidez, incitando en ese trabajo a ese cabello avergonzado (por su textura diferente) a esponjarse y descontrolarse para así desprenderse de las ligaduras y que cada cabello se levante con rebeldía, revolucionando mi ser.

Y así entre una autopercepción donde sólo encontraba defectos ahora he podido mirar que todo este daño proviene de exigencias que poco a poco construyeron bloques mentales con la intención de provocar pesadez e inseguridad, pero que quiero desechar para moverme ligera como una hoja pero con la fortaleza de un árbol que desde hace décadas nutre su raíz. Porque no entiendo mi existencia y armonía sin cada aspecto natural que conforma nuestra tierra y universa.

Una transformación que concibo alejada de la individualidad y cercana a la colectividad porque permite rescatar y compartir las voces, visiones y luchas de las mujeres del pasado y del presente, a quienes se intentan invisibilizar y silenciar a partir de diferentes tipos de violencias, para que no nos podamos identificar, reconocer y unir a aquellas rebeldías contra el machismo, la discriminación, explotación y objetivización.

En mi caso, al aceptar que la imagen fija y en movimiento ha invadido enormemente mi cuerpa e influenciado mis ideas, con la construcción de un “deber ser” que concluye en un único modelo de “belleza” que acata a una falsa “perfección”, es donde quiero ejercer esta labor de acuerpar y comunicar nuestras inteligencias, diversidades y creatividades.

Fotografía de ItzelAvenAre

Para mí un autorretrato era la búsqueda que parecía eterna frente a los momentos esporádicos de conseguir plasmarme en una imagen porque ese día podía evadir mis inseguridades con la expectativa de gustarle a alguien.

Sin embargo, ahora significa un espacio de reflexión, autoconocimiento y aceptación donde puedo profundizar para trabajar miedos y estigmas que he creado y alimentado alrededor de mí. Es un lugar incómodo porque me observo y siento, pero que mientras pasa el tiempo me da seguridad y tranquilidad, ésta última tan buscada en los últimos meses porque no había podido refugiarme en lo único donde creía encontrar paz, que es la soledad entre los árboles, ríos, lagunas o mar.

Sé que el camino hacia la deconstrucción de mi mirada y autopercepción seguirá siendo difícil. Los análisis, reflexiones y voces de mujeres que conozco me han sacudido y enseñado mucho, aunque sé que aún me falta mucho por aprender, escuchar y ver.

Confío que frente a cualquier tipo de titubeo o retroceso puedo acudir a varias herramientas como la pintura, la escritura, la lectura, la música, la fotografía, quitándome ideas de “no soy buena en eso” y sólo fluir con lo que me apetezca en ese momento, cuidándome, descubriéndome, aceptándome y amándome.

Y entre pensamientos, textos y colores, comienzo a prestar más atención a mis sensaciones y de una forma muy peculiar mi cuerpa me dice «¡Gracias por volverme a ver, no me vuelvas a olvidar!».

Fotografía de ItzelAvenAre

 

 

*Este texto es resultado del curso «En Busca de mi Autorretrato Feminista» impartido por Valentina Díaz en Ímpetu Centro de Estudios A.C.

Comments

comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Do NOT follow this link or you will be banned from the site!