Por Abril Döner[1]

Cuando algún botón es oprimido dentro de mí, me hace sentir como en una burbuja de agua, es una sensación momentánea, pero deja resabio como si tomara un sobrecito de splenda porque sabe intenso al principio, sin embargo, hay un sabor metálico que queda por varios minutos.

Así me pasa cuando huelo algo, paso por un lugar o simplemente mi subconsciente está existiendo. Es una sensación de apachurrón entre el esternón y la boca del estómago, como cuando cuchareas con tu mano un costal de arroz del mercado.

Soy molesta en el sentido de que se me olvidan las cosas muy pronto, cosas que me pasan o diálogos supuestamente importantes. Por ejemplo, si tú y yo estamos platicando y tú me cuentas de tu vida, después se me va a olvidar lo que me contaste, puedo decirte incluso qué hacer en ciertas situaciones y si lo haces y resulta o no, cuando me lo reproches ni siquiera me podré acordar de cuál fue mi aporte, es como el audio de Cardi-B: “No, ¿yo cuando dije eso?, usted está loco”.

Será molesto para ti porque pensarás que no le tomo importancia a tu situación o que simplemente te di el avionazo. Será molesto para mí porque me arrepiento muy seguido de eso. Y esto apenas está teniendo repercusiones en mis conexiones con otras mujeres. Podría entenderse que soy chismosa o que no digo la verdad, o quizá que soy desapegada o desinteresada, pero sí me importas, siempre me importan las demás.

Necesito trabajar en esta situación porque ya no simplemente serán cosas de consejos lo que olvido; mi discurso, redacción y todo eso tiene que ser trabajado, pero sobre todo la memoria. Por eso, es tan importante escribir en estos días, hablo por mí, porque estos pensares se me van a olvidar en unos días, pero las sensaciones no.  Quizá Dory es mi espíritu animal, o quizá soy muy despistada.

 Lo malo de seguir la corriente es que no sabes el rumbo donde estás ni el destino en el cual deberías parar. Mi vida universitaria fue como esa alga que se forma en un río, se mueve constante y siempre adelante, pero porque el agua empuja, no porque el alga se mueva.

Cuatro años de inconsistencias en mi personalidad, todos los años bonitos de estudio que había experimentado se habían acabado cuando entré a la universidad. Enfrenté la separación de mis padres, viví sola pero acompañada de mi hermana, mi última relación fue un tremendo fracaso y empecé a regalar mi cuerpo por mera moda (porque eso es la liberación sexual ¿no?, tener sexo con los hombres que quieras y no sentir nada de culpabilidad por dejarlos, se oye genial, pero tú no los dejas, ellos te botan).

Me creía muy moderna con esas apps de citas. Y cosas peligrosas me pudieron haber pasado, pero gracias a la madre universal siempre tuve la intuición de irme cuando sentía que ahí no era. La mano en el costal de arroz ahora se mete dos veces.

Decidir por ti todo el tiempo es vendido como algo romántico, tus decisiones, tu independencia, sin embargo, para mí esa fue la clave para ser el agua o el alga. Y yo mucho tiempo no fui ninguna de las dos, solo era el lodo de ese riachuelo. O bueno, al menos así me sentía.

Pasaron muchas cosas que atesoro y que compensan un poquito lo terrible de esa etapa, por ejemplo, conocí a Azucena y Aime, estas dos era un dúo explosivo, al igual que mi hermana tenían el don de la risa por todo y el don de la autodefensa. Me defendían en cuestiones de enfrentamientos personales y yo les ayudaba en la escuela. Ambas eran unas filosas de la vida, yo era un cuchillito de esos que no cortan, o bueno, así me sentía.

En esos años me hice dreadlocks en toda la cabeza, y claro, ya era la «rarita». Pero también a mis entonces compañeras yo les generaba coraje porque tenía mejores calificaciones que ellas, y como buen patriarcado, siempre había una competencia entre las mujeres de esa carrera, donde solo había tres hombres y 87 mujeres.

Conforme avanzaba la carrera, menos amigas tenía. Yo veía cómo se emborrachaba la gente y convivían, a mí no me invitaban porque era muy “seria”. ¿Fiestas? A veces, pero invitada de la invitada. ¿Chismes de mí?, nunca, yo no tenía mucha relevancia. También muchos avisos de la Coordinación perdidos porque nadie me los daba o daban por hecho que ya lo sabía. La última junta con la coordinadora, llegué al último porque habían cambiado la hora y no me enteré. Muy enojada me grita: “¿Qué no tienes amigos que te pasen la información?”.  La mano en el arroz ahora se mete tres veces y mi corazón en modo chiquito le responde “no”.

Me fue muy difícil terminar esta carrera, sobre todo porque no me gusta, pero hay una pequeña parte que me asombra: el cuerpo humano. Conocer qué pasa adentro me parece realmente fascinante. Si pones a caminar a tu dedo índice y medio sobre tu brazo harán unos mini pasitos graciosos, es porque existe una proteína que se encarga de transportar otras proteínas y eso es fabuloso. O el ciclo celular, existen receptores para todo y señalizaciones muy específicas, me encanta saber cómo todo se degrada y se convierte en algo más fuerte. La forma en que todas las vitaminas tienen algo que aportar a todas las vías de metabolismo. Es como una cocina, de principio necesitas un lugar, estufa, alimentos y tu mano de obra, eso serían las proteínas, carbohidratos y lípidos. Pero también necesitas, cucharas, trapos, cuchillos, servilletas y esos vendría siendo las vitaminas y minerales, menor protagonismo, pero igual de necesarias.

Esa parte si me gusta, esa parte me encanta. Y tuve que agarrarme de ahí bien fuerte, para dejar de ser el alga y empezar a ser el agua.

Odio el ambiente, odio la parte gordofóbica de mis colegas y odio el tiempo que me ha llevado lograr ser “licenciada”.

El 7 de octubre me sentía muy derrotada porque sabía que no iba a pasar el examen y que tenía que estudiar el triple porque no fue suficiente el tiempo que le invertí a estudiar. Me sentía muy triste y enojada porque…más tiempo leyendo cosas que sí me importan, pero no me gustan tanto. Ya era un alga sin agua y toda seca.

El 9 de noviembre tuve que revisar los resultados, eran las 12:43 y descargue el documento… ¡había pasado! La felicidad fue momentánea y seguí con mis lecturas.

A la 1:16 am le dije a mi mamá que sí había pasado y empezó a llorar de la alegría, me abrazó muy fuerte como cuando exprimes una naranja seca, esperando a que le saques algo de jugo. Bueno así sentí ese abrazo, ella estaba muy feliz, pero yo no, estaba en esa burbuja de agua. Sentí alivio, pero no esa felicidad que ella desbordaba.

 Actualmente estoy tranquila, y sentada a parte me duele la espalda.

Vivo estos días esperando, pero ya no soy el alga. Ya soy Abril, que mira desde arriba el alga que fluye en el agua de la sequía.

 

[1] Texto redactado al finalizar el curso Escribiendo mi vida desde el feminismo de Ímpetu Centro de Estudios A.C.

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La Crítica