Feminismo

[Opinión] La erotización de nuestra opresión

Blanca Sauceda*

Desde pequeña aprendí -al igual que todas- a ser para ellos, a verme como un objeto para ellos. Todos los medios están inundados de imágenes de mujeres en ropa pequeña que se contonean para atraer a los hombres. Y es necesario aprender que solo aquellas que llenan ciertos parámetros y ciertas actitudes atraen a los hombres, a modo de una pedagogía de la opresión, así que situamos como meta ser esas mujeres delicadas con sonrisas amables, de cinturas marcadas y largas cabelleras, mujeres que no hacen gestos al enojarse, que siempre están dispuestas con un «sí» en la mirada y en los labios, aprendemos poco a poco a erotizar y defender nuestra opresión.

Jugué con barbies a las que les ponía la ropa de Selena Quintanilla y me imaginaba que conseguían algún galán, recortaba papel de china para cubrir con un atuendo extravagante a mis muñecas. No crean que esto se oponía a creer que la barbie podía ser abogada, doctora o maestra, ambos mandatos en el sistema capitalista son precisos y no veía ninguna contradicción en la infancia. También jugué con muchos cabbage patch y nenucos, me imaginaba que mi esposo llegaba del trabajo mientras yo cocinaba luego de regresar de mi imaginario empleo en una oficina en Alemania. Desde niña sabemos que si bien se nos exige que nuestro cuerpo sea para ellos para su consumo sexual, también debemos rendir trabajo doméstico, y además, producir dinero en los puestos que el sistema masculinista deja para las mujeres. Aprendemos bien rápidos que necesitas llenar estas exigencias para ser considerada una mujer respetable y exitosa.

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Probablemente empecé a autoerotizarme a los 13, pero no fue hasta los 15 que tuve mi habitación propia y podía mirarme en mi espejo y erotizarme con el reflejo de mi propio cuerpo, no crean que era un increíble acto de autonomía, se trataba del mercado de los cuerpos inundando mis emociones y deseos, ser considerada por mí misma como un objeto en espera de ser tomada por ellos es lo que consideramos deseo sexual femenino, incluso de eso mismo va la afamada liberación sexual de las mujeres, de seguir sirviéndoles a ellos, con monedas a cambio o sin ellas. Frente al espejo adaptaba mis faldas medianas a vestidos cortísimos con pronunciados escotes, me excitaba esa imagen de mí, la de ser un objeto en espera de servirles sexualmente  a ellos. Las imágenes que tenía en mente provenían de la sociedad en general y de los medios de comunicación en particular. Por ejemplo, en esa época me erotizaba pensar que yo era Paulina Rubio en el video “Si tú te vas”, con su atuendo rojo andando en una moto, o con su minifalda dorada bailando frente a un imaginario público masculino.

La primera vez que tuve relaciones sexuales fue a los 17 con un tal Tony, un ser despreciable quien era apenas 5 años mayor que yo, pero había un mundo de diferencias que entonces no entendía. A la forma como usaba mi cuerpo para su disfrute, por supuesto sin condón, le llamé deseo, pensaba que yo quería eso, que disfrutaba  ser usada como un utensilio que él disponía para masturbarse, que se llamaba orgasmo que él me penetrara. Pero eso no era deseo ni era orgasmo, era la violencia patriarcal que normalizamos en los poros, era el sistema heterosexual base de la explotación de las mujeres que nos ha negado tener un cuerpo y una voz, en el sistema patriarcal somos objetos y nada más.

En la universidad, yo bien adaptada a la cultura patriarcal académica, consumí tanto porno como nunca antes, mujeres penetradas por muchos hombres me parecía una escena excitante, deseaba para mi cumpleaños 21 hacer un gang bang, es decir, ser usada por muchos hombres para “mi disfrute”.  Lo cierto es que yo nunca tuve un orgasmo con un coito, pero la violencia es sexy, ser un objeto es sexy, ser un cuerpo es sexy y a pesar de que no tenía un referente vivencial de que ser penetrada fuera sexy, me parecía en idea que sí lo era y eso deseaba. Ya había culminado mi educación patriarcal para erotizar mi propia opresión, el chip estaba perfectamente instalado en mí.

En esa misma universidad fui abusada por un profesor, un asqueroso que me metía las manos sin que yo quisiera. Me alejé pronto y no supe más de él, sin embargo, se me aparecía cuando a solas en mi cuarto, al masturbarme me imaginaba siendo su asistente de falda corta y me sentía excitada con la idea de que él me volviera a tratar como un objeto, así como en las películas porno que veía. Cuando me pasaba esto, entendía que a las mujeres nos han enseñado a servir con nuestro cuerpo y que hemos aprendido a erotizar nuestra propia opresión, a erotizar la violencia que ejercen contra nosotras, pues de otra forma esto sería insostenible, estamos convencidas de que la violencia sexual que ejercen contra nosotras es sexualidad que hemos elegido y no es así. En esos días entendí que mi cuerpo deseaba estar con mi agresor porque había sido construida en una cultura feminicida y no porque algún conjunto de hormonas, esencia interior natural o un trauma me lo hiciera «inevitable».

captura-de-pantalla-2016-11-15-a-las-15-29-05Por equivocación llegué después, o más bien, no por equivocación sino bien encaminada por estos nulos cuestionamientos y normalización de la violencia, al porno feminista heterocuir. Uhhh, noooo, qué maravilla, un mundo lleno de servidumbre sexual para los hombres, pero ahora tenían un gran discurso de liberación que poca gente podía contradecir ¡mi paraíso! En esos años follé en orgías yo creo que con medio mundo, hombres y mujeres. Hace poco una amiga me preguntaba qué era vivir eso, yo le respondí que solo sentía, mientras me desnudaba frente a alguien diferente cada tanto, que mi cuerpo no era mío, sino una herramienta, que me parecía entonces que yo era dueña de esa herramienta, pero esa herramienta no era yo misma, ni me servía a mí, sino a los otros, es decir, cuando veía mis senos desnudos, mi vulva al descubierto, mis piernas desnudas, sentía que ese cuerpo no era mío, sino una herramienta, así que me podía despegar de ese cuerpo, no sentía pena ni agobio al desnudarme porque ese cuerpo era una herramienta, es decir, ese cuerpo no era yo. Luego de un par de años abandoné ese mundo, cansada de ser usada, de mirarme como un objeto sexual al servicio de otros, harta de perderme en las necesidades de los otros.

Ya desde hace un tiempo he decidido dejar de verme como una herramienta sexual, elijo estar sola, curarme de mí, seguir en mi viaje de no verme más como objeto, elijo compartirme con amor, quiero estar con quien me quiera y yo la quiera, pero eso no implica follar forzosamente, ya no para mí, quiero explorar otros afectos. Siento que ato cada uno de mis pedacitos rotos, que me los pongo a modo de un rompecabezas que rompieron y que ahora me toca pegar y curar. No soy un objeto, me detengo, desaprendo, me cuestiono, me escucho, ¿qué es lo que aún me causa deseo y no es más que la base feminicida del sistema patriarcal? ¿realmente me excita tal actitud o tal prenda o es que mi cuerpo tiene arraigada la idea de que no valgo nada? Vuelvo a pensar, exploro lo que estoy sintiendo, escucho mis poros, desaprendo.

He descubierto lo que es compartirme con otras mujeres feministas, con una de ellas, mi amiga de los últimos años, he entendido lo que significa que la excitación no provenga de la violencia, comprendo lo que es que ambas nos toquemos en un pacto consensuado en donde ni ella ni yo buscamos poseernos. He aprendido a no usar mi cuerpo como herramienta para expresar amor. Así que aquí estoy, contándoles que es posible, detenerse, repensar, sentir, experimentar, llegar a un espacio donde seamos tratadas entre nosotras como sujetas y no como objetos. Ya la propia cultura lésbica del arcoiris neoliberal y los antros enseñó a las mujeres que las otras son objetos y tampoco me interesa estar ahí, no me muevo en el mundo en términos de quién me gusta o quién no, para mí las otras mujeres existen en sus propios caminos, a veces la plática nos sucede común y podemos compartirnos, pero no me interesan como potenciales parejas sexuales, el mundo está hipersexualizado y ya todas aprendimos de sobra a valorarnos en tanto alguien nos use sexualmente y eso a mí no me interesa, lo que yo quiero es tender lazos amorosos y colaborativos, lazos que nos permitan crear otra munda entre nosotras, donde la práctica sexual suceda en marcos de libertad y no como exigencia social, por supuesto, estoy solo imaginando y contándoles mis sueños, por ahora solo me ha tocado mirarme mi cuerpo y sanarme a mi paso.

A veces miro en Facebook las selfies de las feministas con esos atuendos que el patriarcado toda la vida nos ha exigido, leo los discurso del trabajo sexual “liberado”, miro que el reggaeton es el himno de liberación feminista para muchas, que le llaman liberación a bailarle a un hombre en ropa sexy, que se dan talleres de bdsm en espacios feministas… y me acuerdo de mis épocas del porno feminista, allá donde puedes seguir siendo un objeto bajo un discurso heterofeminista, y me queda claro, más que nunca, que la erotización de nuestra opresión sigue siendo la base no cuestionada, ser para ellos se asume como natural, como algo que tiene que ver con «impulsos naturales» y que no podemos censurarnos porque eso sería «moralista», se considera que ser objeto para ellos es síntoma de nuestra libertad, pero no es así, ser objetos y defender nuestra capacidad de cosificarnos a nosotras mismas no es libertad, es patriarcado, aunque nos den unas monedas a cambio sigue siendo sometimiento patriarcal. Sin embargo, no es lo que piensa el feminismo neoliberal:

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PD. Qué pesado es para mí vivir en una época donde decir esto que acabo de escribir está prohibido por la buena conciencia feminista al servicio sexual de los hombres. Pero acabo de decirlo y me siento bien.

*Pseudónimo

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La Crítica