Cuento

En la casa de Nubia

Por Marcela Espinoza Juárez 

Nubia abrió la puerta y puso la leña en el suelo a un lado de la entrada. Corrió al fuego para calentarse las manos por un momento antes de continuar, el frío se estaba empezando a sentir afuera. Se quedó un momento al lado del fuego viendo cómo bailaban el anaranjado, el azul y el amarillo, pensando en nada. Pronto recordó en donde estaba y corrió a acomodar la leña en su lugar. La puerta se abrió.

-¡Córrele, Nu! Ya casi vienen, ya es hora.

-Pero si todavía no tengo todo listo, ¿cuánto tiempo tengo?

-Lala está bailando con ella, pero la chamaca ya está muy abajo. Yo le calculo una hora.

-Entonces sí alcanzo, no te preocupes, yo ahorita preparo todo.

Nubia puso unas gardenias en la mesita que estaba al lado de la cama. Acomodó las almohadas y colgó flores de colores en las paredes. Puso a calentar agua en pocillos y preparó toallas al pie de la cama. En una canasta puso manzanas, naranjas, pan, ciruelas y carne seca. Se sentó un momento en una silla, respiró profundo y cerró los ojos como preparándose para lo que iba a suceder. Después continuó con la preparación de todo lo que iba a necesitar.

Pasaron unos cuantos minutos y la puerta de la casita de Nubia se abrió de nuevo. Una tras otra, fueron entrando con paso apresurado una procesión de mujeres. Entre ellas estaba, jadeante y con una expresión de dolor agudo, una mujer a punto de parir. Habían recorrido varios kilómetros en medio de la noche fría. Nubia le sonrió y la tomó de las manos.

-Estamos aquí juntas para ti, contigo.

Con las manos de ella en sus manos, comenzó a dirigirla en un contoneo tranquilo de derecha a izquierda. Un murmullo melodioso compuesto por las voces de aquellas mujeres comenzó a inundar la casa de adobe. Cantaban en un idioma gutural ininteligible, pero tan sentido que los sonidos de la noche parecían acompañarlas. El murmullo sonoro impregnó el aroma de las gardenias, las danzantes llamas del fuego, las caderas de la parturienta y las manos expertas de Nubia.

Las manos y cantos de todas acompañaron los gritos guerreros de la madre que nacía, que paría, que se vaciaba para dar paso a la vida. En cuclillas, entre llanto y sudor, le dio la bienvenida a su hija. Una de las mujeres tomó a la niña y la acercó al pecho de su madre ahora recostada en la cama. Las dos se encontraron después de imaginarse por nueve meses.

La luz de la casa de Nubia llegó a las casas vecinas y todas se prepararon con sus cazuelas rebosantes de sazón y amor para darle la bienvenida a la madre y a su niña. Un grito de dolor profundo interrumpió el júbilo. El trabajo todavía no acababa.

-¿Qué está pasando, Nu?

-No puede ser, yo he estado con ella todo este tiempo, ¿cómo no me di cuenta?

-¿De qué? ¿Qué necesita?

-Necesita un té de esos que hace Romi, para darle fuerza porque todavía no ha terminado.

En ese momento, con paso acelerado, salió una mujer de la casa de Nubia. Todas tomaron sus posiciones y el murmullo de sus voces se volvió a encender. Una de ellas tomó a la bebé y dos más ayudaron a la madre agotada a pararse. La sostuvieron mientras ella, con las pocas fuerzas que le quedaban, empujaba el dolor fuera de su cuerpo. Regresó Romina y le dio de beber unos tragos de su té reparador. Después de unos momentos, se escucharon dos llantos de alivio. Nuevamente ayudaron a la madre a recostarse. Ahora el ambiente era tenso. Las mujeres en la casa cruzaron miradas de resignación y por fin una de ellas acercó el bebé a su madre. Ella lo vio y lo besó. Lo sostuvo en sus brazos y lo pegó a su pecho como queriendo fusionarlo con su cuerpo. Ese abrazo era momentáneo, ella sabía que él finalmente se iría.

Ilustración de Chloé Legay

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